¿Veremos el final de Netflix?

Kevin Spacey en la revolucionaria 'House of Cards'.

«Y es que, si en tecnología no les gana nadie ni tampoco en beneficios anuales, la única amenaza para ellos es el llamado «talento»: actores, directores y guionistas. Netflix necesita ser un sitio «guay», en el que Hollywood quiera trabajar».

Cuando Netflix más me maravilló fue cuando todavía no tenía disponibilidad en España. Fue cuando creó, de la mano de David Fincher, House of Cards y comunicó esa novedosa idea de estrenar todos los episodios de una temporada al mismo tiempo.

Siguieron creando programación muy cara para un público exigente que quisiese historias diferentes. Orange Is the New Black, The Crown, Mindhunter... En España desembarcaron un año después de lo esperado debido a los altos niveles de piratería y lo hicieron con ese fenómeno llamado Narcos. Gracias a ellos, muchas series que ya existían tuvieron una nueva vida, como Breaking Bad, La casa de papel o Suits.

Poco a poco, la marca fue devaluándose, salvo por pequeños títulos en los que a menudo Netflix nunca estaba en la producción, como Adolescencia, Ripley o El juego del calamar. Querían ser una hamburguesa gourmet, decían. Algo popular de calidad. Y de calidad saben mucho, al menos en tecnología, porque en cuanto a usabilidad, no hay comparación. Prefiero ver cualquier película en Netflix que en ninguna otra plataforma.

Por el camino y para jugar a todo (tener telenovelas populares e ir a los Óscar), financiaban los sueños locos de directores de renombre: Alfonso Cuarón (Roma), Martin Scorsese (El irlandés), Guillermo del Toro (Frankenstein)...

Y es que, si en tecnología no les gana nadie ni tampoco en beneficios anuales, la única amenaza para ellos es el llamado «talento»: actores, directores y guionistas. Netflix necesita ser un sitio «guay», en el que Hollywood quiera trabajar.

Sin embargo, en los últimos tres años ha habido un giro cultural de rechazo, al menos de boquilla, a todo lo que sea pantallas, inmediatez, móviles. Ted Sarandos, su máximo responsable, no se ha ganado amigos yendo frontalmente contra los cines: «Son algo obsoleto». Y aunque sus beneficios anuales siguen siendo inmensos (10.981 millones de dólares en 2025), su crecimiento se ha ralentizado. La semana pasada despidieron al 6 % de su plantilla, a su jefa de contenido, Bela Bajaria, y a su director del área de cine, Dan Lin.

Ha quedado claro que un éxito en Netflix no tiene el impacto cultural de un éxito en cines. Simplemente resuena mucho menos. Hay excepciones como K-Pop Demon Hunters, pero muchas veces la plataforma de Reed Hastings sirve para esconder más que para exponer. Una serie de un capítulo por semana construye audiencia y una película tiene un recorrido normal que hace que tarde o temprano impacte a su público: cines, alquiler, Blu-rays, plataformas, venta de derechos a televisiones…

Ese es el motivo, seguro que entre muchos otros, por el que grandes nombres están diciendo que no al titán del streaming. ¿Ejemplos? Margot Robbie prefirió hacer Cumbres borrascosas para Warner con menos presupuesto que para Netflix. Los creadores de su mayor creación, Stranger Things, se han ido a la competencia. Para conseguir la nueva película de Greta Gerwig (Barbie), la plataforma de «los cines no son nuestro negocio» le ha tenido que prometer 45 días en salas.

Y terminamos con el caso más importante: David Fincher. En 2012, Fincher cierra dirigir dos temporadas de House of Cards con una producción de 100 millones cuando Netflix era un fantasma de lo que es hoy. Si hay un artista detrás de la identidad de Netflix, es Fincher. Fue él quien ideó estrenar todos los episodios de una temporada el mismo día.

El mes pasado, Fincher anunció que no renueva su contrato tras 14 años debido a discusiones con el recién despedido jefe de la división de cine. Aparentemente, Fincher quería más dinero para regrabar escenas de Las aventuras de Cliff Booth.

Se cierra así una etapa para la plataforma. Yo me pregunto: ¿veremos caer a Netflix?