Aberchándales y neonazis juntos de la mano

Europa ya no es ni el presente, solo una prolongación melancólica de su pasado. Somos un pobre anciano con Alzheimer. Y eso es todo.

La Historia en directo, tú. Qué maravilla, con un despliegue de imágenes que da gloria verlas. Todo al alcance del móvil. Hay que ser un poco crítico, claro; siempre hay quien te la quiere colar. Pero, si sabes mirar, si sabes separar la paja del grano, lo tienes todo delante.

No me extraña que gobiernos corruptos y mentirosos como el de Sánchez quieran prohibir las redes, que es como querer prohibir que el ciudadano mire y decida libremente. A Sánchez le va mejor el delirio: hacernos vivir dentro de él. Y estos últimos días no iban a ser menos. El mundo está cambiando frente a nuestros ojos y él, mientras tanto, se dedica a grabarse vídeos para que le creas: “Mírame, no tengo una cardiopatía; bajo en bici eléctrica por un sendero que cualquier abuelo transitaría sin mayores dramas”.

Luego llegan los tuits que pretende que esos sí miremos y creamos. Solo esos. “¡No a la guerra!”. ¿A cuál?, preguntas. Y tampoco te dicen mucho más allá de que el régimen iraní debe sobrevivir; de que los dictadores no pueden acabarse por la fuerza, porque hay que dialogar y consensuar… mientras masacran a sus ciudadanos.

Y tú piensas un poco en ese absurdo que consiste en ver una violación en directo y limitarte a mirar: ¡eres un demócrata, cómo vas a utilizar la fuerza contra ella!, hasta que el violador deje de violar para, después, entablar un diálogo con él, siempre en nombre de la paz, para alcanzar el consenso de que no vuelva a violar a más mujeres.

Por esta vez, pase. Venga, chavala, no te quejes tanto y a tu casa, que nos ha dicho que no va a volver a hacerlo.

En España hemos llegado a tal paroxismo de la chaladura que el partido de la ETA, el PSOE, Podemos y sus escisiones, la Falange y algún grupo neonazi más han emitido mensajes prácticamente calcados. Podrían intercambiárselos y nadie sabría decir de qué perfil salió cada tuit. Así está el manicomio en el que habitamos.

Y, sin embargo, yo —que soy pesimista por naturaleza— esta vez estoy relativamente optimista. Frente a los agoreros que anuncian una tercera guerra mundial, veo algo distinto: el posible nacimiento de un tiempo más estable y menos histérico. A China le interesa vender coches, no incendiar mercados. Rusia bastante tiene con Ucrania, con la que no puede, como para abrir frentes nuevos. Y muchos países árabes parecen cansados de décadas de conflicto permanente; quieren coexistir con Israel, si no con esa paz idealizada, al menos con estabilidad pragmática. Más allá de los públicos Acuerdos de Abraham, todos están operando militarmente en la misma longitud de onda que Israel. Eso sí que es revolucionario: árabes e israelíes empujando hacia el mismo lado. Serán alianzas precarias, lo que quieras, pero alianzas al fin y al cabo.

Todo esto a Europa le viene mal. Muy mal. Puede que acabemos siendo la única región donde el islamismo salvaje siga creciendo, no te digo más de lo mal que le viene, mientras el resto del tablero busca equilibrios nuevos. Pero Europa ya no es el centro del mundo. Y quizá lo más inquietante no sea eso, sino que todavía no lo haya asumido.

Europa ya no es ni el presente, solo una prolongación melancólica de su pasado. Somos un pobre anciano con Alzheimer. Y eso es todo.