A Asirón le dan miedo los niños con la camiseta de Lamine Yamal

"Lo de siempre: no se combate al intolerante ni se controla al violento aberchándal; se limita la libertad de quien no molesta. En cualquier ciudad normal, una semifinal del Mundial es una fiesta".

Resulta que en Pamplona no puede ponerse una pantalla gigante para ver una semifinal del Mundial entre España y Francia.

No porque no haya sitio. No porque no haya dinero. No porque no vaya a llenarse.

Por seguridad.

Esa es la excusa detrás de la que se esconde el alikate Asirón. Colocar una pantalla en Yamaguchi, a dos kilómetros de la plaza del Castillo, constituye poco menos que un acto temerario.

En la capital de Navarra se pueden celebrar durante San Fermín actos de todo tipo. No hay problema mientras la reivindicación sea aberchándal. Uno puede encontrarse carteles de apoyo a los terroristas aberchándales encarcelados hasta en el chupinazo sin que el alikate Asirón mueva un dedo para impedirlo. Sin embargo, reunir a familias y niños para ver una semifinal del Mundial resulta demasiado peligroso.

¿Peligroso para quién?

El informe habla del calor, de la coincidencia con otros actos y de la presencia de numerosos visitantes franceses, pero también menciona posibles problemas de orden público. Conviene entonces completar la frase: ¿quién teme Asirón que pueda alterar ese orden? ¿Una persona con la camiseta del pamplonés Mikel Merino? ¿Las familias que lleven una bandera de España? ¿Los turistas franceses, que, si vienen un 14 de julio a Pamplona, más que para ver fútbol será para irse de juerga?

¿O está admitiendo de hecho, aunque no se atreva a decirlo, que su Ayuntamiento no puede garantizar que los de su cuerda ideológica dejen en paz a quienes se reúnen pacíficamente para animar a España?

Porque, si existe un riesgo violento, todos sabemos de dónde procede. En Pamplona, los problemas no los han sufrido quienes exhibían símbolos aberchándales. Los han sufrido quienes llevaban una bandera española o una camiseta de la selección.

Ahí están los dos radicales que estos días atravesaron la plaza de toros para intentar arrancar por la fuerza una bandera de España. Ahí están las pancartas de las peñas llamando «puta» —qué feministas son los aberchándales— a España y a la selección, masculina y también femenina, recordemos. Ahí está aquel ciudadano cubano al que rodearon en Navarrería, escupieron e intentaron quitarle la bandera mientras le gritaban: «Beltza, vete a tu país». Racismo aberchándal que, curiosamente, nunca molesta a las asociaciones antirracistas.

Y ahí está el joven apuñalado en la plaza del Castillo durante los Sanfermines en los que España ganó el Mundial por vestir la camiseta de la selección.

Ese es el historial aberchándal.

Por eso, la explicación de Asirón resulta tan reveladora. Si realmente considera peligroso instalar una pantalla, está admitiendo que en Pamplona existen sectores incapaces de tolerar con normalidad que otros ciudadanos animen a España. Durante San Fermín, además de franceses, llegan a la ciudad miles de aberchándales de los alrededores que se unen a los domésticos. Y, según parece, son precisamente ellos quienes pueden convertir una celebración deportiva en un acto violento.

En lugar de plantar cara a quienes podrían causarlo —porque pertenecen a su misma cuerda ideológica—, se retira la pantalla.

Lo de siempre: no se combate al intolerante ni se controla al violento aberchándal; se limita la libertad de quien no molesta.

En cualquier ciudad normal, una semifinal del Mundial es una fiesta. En la Pamplona de Asirón constituye un problema de orden público.

Quizá sin querer, el alikate ha hecho la descripción más precisa de la ciudad que el aberchandalismo lleva décadas intentando construir: una ciudad donde no da miedo exhibir propaganda en favor de los presos de ETA. Lo que da miedo es que unos niños lleven la camiseta de Lamine Yamal y se reúnan para celebrar un gol de España. Y eso es todo.