Del franquismo al aberchandalato
“Durante décadas se veían a sí mismos como un destino histórico inevitable y con una superioridad moral que con el tiempo se ha visto que era bastante mugrienta.”
Lo más llamativo del funeral de Garaikoetxea no fue la muerte de un hombre, sino la sensación de estar asistiendo al envejecimiento completo de un mundo.
Mi única relación directa con el PNV fue en los años ochenta, cuando yo era muy niño. Durante una campaña electoral instalaron en Iturrama un tobogán con forma de ballena. Los críos entrábamos por el culo y salíamos vomitados por la boca mientras nos daban caramelos. Pensándolo bien, tampoco ha cambiado tanto el método. Siguen repartiendo caramelos a sus votantes mientras la independencia prometida nunca termina de llegar. Algún azúcar habrá que dar para endulzar una espera que ya es solo desespera.
Todo este universo político de los aberchándales siempre me ha resultado ajeno. Durante décadas se veían a sí mismos como un destino histórico inevitable y con una superioridad moral que con el tiempo se ha visto que era bastante mugrienta. Hoy parece reducido a un teatrillo de escoltas, protocolos y señoros mayores. No faltó ni un representante del partido de Pujol, la otra gran pata del poder y del dinero de la España del final del franquismo y del régimen del 78.
Las imágenes transmitían una sensación desangelada. Había algo involuntariamente cómico en tanto aparato, sobre todo policial, destinado únicamente a custodiar recuerdos. Y, al mismo tiempo, cierta tristeza. Como una aspiradora de esas autónomas olvidada en un rincón de la casa cuando se estropea: sola, desorientada, girando sin rumbo.
No faltó ni Asirón, tan dócil siempre con el poder de los suyos. Da igual que venga de las pistolas o de los despachos. Si le hubieran ordenado ir a comulgar con una colleja, habría ido con la cabeza gacha. Para acudir a misa en honor del santo de la ciudad que representa siempre se niega; para despedir a uno de los patriarcas ideológicos del aberchandalismo no tuvo inconveniente en sentarse disciplinadamente bajo un crucifijo, humillado ante Dios, igual que esos lehendarioskaris juraban su cargo.
Menuda cuadrilla de niños bien. Gente que vivió estupendamente durante el franquismo: familias acomodadas, buenos colegios, apellidos conocidos, carreras universitarias y veraneos tranquilos. Hijos cómodos de un sistema que después convertirían retrospectivamente en relato opresivo mientras conservaban intactas sus ventajas. En fin, el rollo de siempre.
Garaikoetxea fue la primera y la última vez que los aberchándales dejaron que un navarro mandara dentro de su mundo. Y visto cómo terminó aquello, con escisiones y todo, casi que se les entiende. A los navarros desde entonces solo los toleran cuando aceptan el papel de Hualde: un Sancho Panza del régimen esperando la caricia del amo y la ínsula Barataria en alguna urbanización de la Costa del Sol, que es donde se retiran todos estos.
Solo faltó Josu Jon Imaz, el de Repsol. Supongo que prefirió no mezclarse con todos ellos. El marchitarse tiene algo contagioso y nadie quiere acercarse demasiado cuando empieza el olor ese a ciprés de camposanto.
Como llevaba tiempo fuera del foco, imaginaba a Garaikoetxea mucho más deteriorado. Pero murió nadando, de un infarto, en Larraina, ese Napardi de los deportistas, a los 87 años. Yo firmaba irme así: una mañana soleada de primavera, todavía en movimiento. En fin, que descanse en paz. Algunos trataremos de hacer lo mismo. Y eso es todo.