El gol de Merino y la pancarta de la vergüenza en San Fermín

Pancartas contra España de las Peñas de Pamplona.
"Y, con todo, lo más triste no es el insulto. Lo más triste es el proyecto humano que hay detrás. Unos construyen identidad repartiendo alegría. Otros solo saben construirla repartiendo odio".

Un pamplonés ha llevado estos días el nombre de San Fermín hasta las semifinales de un Mundial de fútbol. No te digo que lo superes, Peteuve; iguálamelo. Se llama Mikel Merino. Nació en Tajonar, creció en Osasuna y, después de marcar un gol decisivo con la camiseta de España, habló en octavos de final de San Fermín y, tras volver a marcar en cuartos, de la alegría y el orgullo que sentía por hacer felices a millones de españoles. Para eso sirve el fútbol, para ensanchar el alma disfrutando.

¿Y cómo le pagan semejante afrenta los aberchándales en Irroña? Llamándole "puta". "Puta España" y "puta selección". Nunca habían quedado tan claros dos modelos de sociedad. Por un lado, la Navarra que encarna Mikel Merino: luminosa, alegre y orgullosa de lo que es. Por otro, la Nafarroa que representan esas peñas aberchándales que desplegaron la pancarta. Y la cosa no quedó ahí: dos energúmenos intentaron agredir a una persona que llevaba libremente una bandera de España en la plaza de toros.

Algún día habrá que abrir el melón de las peñas. Son entidades privadas que reúnen entre cinco y seis mil socios, reciben subvenciones públicas y llevan años colonizadas por el aberchandalismo. Siempre han aspirado a apropiarse del nombre de las fiestas y de la imagen de Pamplona, como si representaran a toda la ciudad cuando solo representan a una parte ridícula de ella. Son como los ultras de los estadios. Durante años parecían imprescindibles; cuando empezaron a echarlos, se vio que no aportaban nada.

Y la Pamplona silenciosa, que ya está hasta los cojones de ellos, de su ideología y de sus mierdas, respondió entonando desde los tendidos hasta las andanadas, para defenderse de su violencia y su mugre, la canción más antisistema y más punk que puede haber hoy en Pamplona: el "Que viva España".

Por cierto, a los aberchándales, que tanto se llenan la boca hablando de feminismo, de lenguaje inclusivo y de micromachismos, les bastó encontrarse con algo que odian para hacer saltar por los aires todo ese discurso. Sin el menor reparo recurrieron a uno de los insultos más sexistas de nuestro idioma: "puta". Curioso feminismoak.

Si la pancarta hubiera dicho "Puta Txibite", "Puta Yolanda Díaz" o "Puta Irene Montero", hoy tendríamos manifiestos, comunicados y minutos de indignación institucional. Como pone "Puta España", el insulto pierde milagrosamente toda su carga machista.

La palabra no cambia. Lo único que cambia es el destinatario.

Nada nuevo, pero conviene seguir señalando ese relativismo moral. Si detectan que una mujer, un negro o un homosexual no son de su cuerda, no tienen problema en ser los peores machistas, racistas y homófobos.

Y, con todo, lo más triste no es el insulto. Lo más triste es el proyecto humano que hay detrás. Unos construyen identidad repartiendo alegría. Otros solo saben construirla repartiendo odio. Mikel Merino habla de unir, de hacer felices a millones de personas, de representar con alegría a su país y a su ciudad. Quienes levantan esas pancartas necesitan un enemigo permanente para sentirse alguien. Solo saben existir odiando, su verdadero y único hecho diferencial. Y eso es todo.