Javier Remírez monta el numerito en Napardi

Javier Remírez
"No soluciona nada, pero hace ruido. Y el ruido, en política, ya nos lo cuelan como acción verdadera".

Hasta los cojones del coñazo, hasta el coño de los cojonazos.

Elija su propia aventura, como aquellos libros rojos infantiles de hace 40 años: si quiere que Remírez haga el ababol, pase a la página tal; si quiere que deje de hacerlo y se ponga a currar en cosas serias —como que los jóvenes (y las jóvenas, claro) puedan tener acceso a una vivienda en propiedad—, pase a la página tal.

Eso es lo que pensé cuando vi al vicepresidente, Javier Remírez, enredado en las gilipolleces habituales. La nueva: Napardi, una sociedad gastronómica privada.

Vaya por delante que nunca he estado en Napardi y que, hasta hace relativamente poco, no sabía ni dónde estaba. Lo que sí sé es que la política no puede regular todo el comportamiento humano. Que Napardi no quiere que haya mujeres, pues que no las tenga.

Cualquier día se levanta sabrosón el amigo Remírez y empieza a regular las partidas del FIFA en la Play: quedan prohibidas las quedadas frente a la tele solo de tíos.

O los pisos de estudiantes, que es más divertido el tema. ¿Qué es eso de pisos de estudiantes solo de tíos o pisos solo de tías? No, no, no. ¡Contrafuero, anatema, fascismo! Que dice Remírez que el típico piso de Iturrama de cuatro habitaciones: dos para maromos, dos para maromas. ¡Igualdad, igualdad, o follamos todos o la compañera socialista del ministro de Sánchez, al río!

La igualdad no es que las mujeres puedan entrar en Napardi. La igualdad es que un grupo de mujeres pueda montarse una sociedad gastronómica en la que, si les sale del coño, no entren tíos y nadie se lo pueda impedir. ¿O qué va a hacer Remírez, obligar a las tías a meter a tíos, lolololooooooo…, en sus pisos?

MichicaRemírez diría mitxika, para que no se le enfaden sus socios aberchandales—, a partir de ahora, para que seas igual, tienes que dormir pared con pared con este orco que ronca como una villavesa de las antiguas, aquellas de las palancas de cambios como un palo de escoba y los asientos de madera, subiendo por la cuesta de Santo Domingo.

Cuando el político es un inútil y no sabe hacer nada para solucionar lo importante —vivienda, mantenimiento de infraestructuras, evitar que la gente siga muriendo en las colas de la sanidad navarra—, recurre a lo único que le queda: llenar el espacio público de cortinas de humo.

No soluciona nada, pero hace ruido. Y el ruido, en política, ya nos lo cuelan como acción verdadera.

Entonces aparecen debates absurdos, regulaciones innecesarias, polémicas de salón que no cambian la vida de nadie, pero permiten al político parecer ocupado, activo, incluso moralmente superior. Como si gobernar consistiera en señalar conductas privadas en lugar de resolver problemas reales.

Y aquí es donde uno se acuerda, descojonado de la risa, de la peli Amanece, que no es poco. De ese personaje que, para dar la sensación de que aportaba algo, soltaba siempre la misma frase: “¿Quiere usted que me saque la chorra?”.

Javier Remírez hace exactamente eso: monta el numerito, genera polémica y, durante unos días, parece que pasa algo. Pero no pasa nada. Y eso es todo.