Pedro Sánchez es un jetas con balcones al eclipse
El dinero pesa menos, las distancias se acortan, 62 segundos justifican horas de logística y los caprichos dejan de ser caprichos para convertirse en operaciones de Estado.
Anda, mira, pobrecito, Pedro Sánchez se ha cansado de mirar el fondo del mar y hoy quiere mirar al cielo. El presidente interrumpirá sus vacaciones en La Mareta, las suyas, las de su familia y amigos, y las de todo el personal que inevitablemente veranea alrededor de un presidente, para viajar desde Lanzarote hasta Guadalajara y contemplar el eclipse total de Sol. En el Observatorio de Yebes la oscuridad completa durará poco más de un minuto. Hay gente que se cruza España durante horas en un autobús por amor. Sánchez se la cruza en helicóptero y avión oficial, pagados con dinero público, por 62 segundos.
La excursión, con todo, tiene su coña. Explica bastante bien qué le pasa a uno cuando lleva demasiados años en el poder. Si tú estás de vacaciones en Lanzarote y se te ocurre que quieres ver el eclipse en Guadalajara, miras vuelos, horarios, alquiler de coche, regreso y precios. Al cabo de cinco minutos decides que el eclipse desde Lanzarote tampoco estará tan mal. Y te convences de que así cuidas el planeta, evitando todas esas emisiones contaminantes por un capricho.
Pero eso es porque no eres poderoso.
El poder empieza cuando Guadalajara deja de estar lejos de Lanzarote y pasa a estar a una llamada. Manolo, prepáralo todo, que quiero ver el eclipse. Un deseo privado se convierte en orden pública, con toda la infraestructura del Estado detrás: seguridad, escoltas, pilotos, conductores, coordinación, helicóptero y avión. Qué tío. Hasta su ocio necesita el aparato del Estado.
Ya lo vimos hace unos días bajo el agua. Sánchez ha aprovechado sus vacaciones para bucear y ni siquiera eso puede hacerlo como cualquier persona: contratar una empresa local, pagarla y que lo lleven a la zona de inmersión. Sus salidas han movilizado también medios y agentes del GEAS de la Guardia Civil. Ayer el Estado acompañaba al presidente bajo el Atlántico. Hoy lo acompaña hasta el Sol.
Mientras tanto, Ceuta gestiona sola las consecuencias de su última crisis migratoria. Sánchez no interrumpió sus vacaciones para volver allí. Para Guadalajara, sí. Quizá llevamos toda la vida midiendo mal las distancias: Ceuta puede quedar más lejos de Lanzarote que un eclipse de un minuto.
Y la factura no termina aquí, que suma y sigue. El Gobierno ha destinado unos 70.000 euros a distintas actuaciones de acondicionamiento del Observatorio de Yebes con motivo del eclipse. No es una cifra que vaya a arruinar un país, y precisamente por eso funciona: 70.000 euros son demasiado pocos para provocar un escándalo, pero suficientes para que un capricho privado adquiera apariencia institucional.
Si se fijan un poco, el poder termina haciendo cosas muy raras con las medidas. El dinero pesa menos, las distancias se acortan, 62 segundos justifican horas de logística y los caprichos dejan de ser caprichos para convertirse en operaciones de Estado.
Pessoa dejó escrito un consejo bastante más barato: «Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo».
Sánchez ha entendido perfectamente lo de sentarse al sol. Lo de abdicar se le está haciendo más cuesta arriba. Después de tantos años, quizá sea difícil renunciar a una vida en la que basta con desear algo para que alguien conteste: a sus órdenes, presidente. Y eso es todo.