"La Justicia determinará la responsabilidad de cada detenido, pero lo revelador no es el procedimiento judicial, sino su reflejo político. Ante las víctimas, siempre silencio. Ni una condena. Ante los detenidos, siempre comprensión".
Antes se cortaban un poco más. Ahora que el PSOE les ha dado todo el poder —son los que aprueban los presupuestos de Navarra y tienen la Alcaldía de Pamplona porque Santos Cerdán la negoció y Txibite la bendijo—, ya ni siquiera necesitan condenar la violencia venga de donde venga.
Ahora la contextualizan: «No, es que son fascistas». Ah, perfecto: a hostias con ellos. Lo normal en un Estado de derecho. La lógica aberchándal acaba siempre igual: ellos tienen derecho a repartir las hostias a quien quieran y quienes las reciben, a recibirlas y a joderse. Y cuando la Policía detiene a los presuntos responsables, entonces sí condenan: condenan la desproporción de detenerlos.
En la Navarra del aberchandalato, los aberchándales campan por calles e instituciones a sus anchas, con la seguridad de quien se sabe imprescindible para el PSOE. La única violencia que consideran intolerable es que un policía español llame a una puerta y diga: «Acompáñeme. Usted no puede ir reventando costillas y narices ajenas». No existe excusa ideológica para dar palizas en una democracia. Imagínate que un chalado dice: «Violé a aquella mujer porque era fascista». ¿A que así lo entiendes mejor, aberchandalito, tú que te agarras a una camiseta para justificar una paliza?
El 19 de julio, varias personas veían la final del Mundial en una terraza de Berriozar. Un grupo de encapuchados irrumpió coordinadamente con barras y porras extensibles. Lanzaron mesas y sillas.
Un hombre terminó con una herida abierta en la cabeza y varias costillas rotas; una mujer, con la nariz fracturada. Alrededor de media docena de heridos. En las imágenes se ven varios niños y a alguno también le cae alguna hostia. Lo de siempre, vamos: aberchándales agrediendo.
Dos meses después, la Policía ha detenido a ocho personas por su presunta participación. Y el partido de la ETA ha encontrado por fin la desproporción. No en las barras contra gente sentada, sino en el operativo para detener a los sospechosos.
El partido de la ETA, siempre encaramado al eufemismo, llama «incidentes» a lo ocurrido y denuncia una «interesada mediatización de los hechos». Lo formidable de las cámaras es que, en el siglo XXI, han dejado sin trabajo a los eufemismos.
En sus añorados años ochenta bastaba con escribir «incidentes» sobre la sangre y esperar a que secara la tinta. Ahora vemos a los encapuchados entrar, golpear y marcharse. No hace falta un traductor simultáneo: basta con darle al play. El problema, queridos aberchándales, no es la mediatización, sino la alta definición, que os ha pasado por encima, como los tiempos.
La Justicia determinará la responsabilidad de cada detenido, pero lo revelador no es el procedimiento judicial, sino su reflejo político. Ante las víctimas, siempre silencio. Ni una condena. Ante los detenidos, siempre comprensión.
Con la barra de medir desproporciones, primero te muelen a palos y te rompen las costillas. Y eso es todo.