El arte de la huida institucional

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

Si queremos madurez democrática, debemos dejar de escuchar lo que nos prometen y empezar a fiscalizar rigurosamente lo que hacen. Al fin y al cabo, ninguna máscara, por muy institucional que sea, es sostenible para siempre.

En las distancias cortas, en la rutina de las relaciones humanas, es sumamente fácil identificar al manipulador de manual. Todos conocemos ese perfil camaleónico que cambia de máscara según le conviene, distorsiona la realidad a su antojo y se toma unas oportunas "vacaciones" cuando la situación se calienta, dejando que el resto del grupo cargue con las consecuencias de sus actos. Es el clásico perfil que vive del mérito ajeno y de la culpa compartida.

El verdadero y grave problema surge cuando esta misma conducta se traslada a la presidencia de una nación. Cuando al frente de un país se sitúa un "ególatra mutante", el escándalo se institucionaliza y la anomalía se convierte en norma. Lo que en el ámbito privado tacharíamos de flagrante caradura, en la alta política se disfraza cínicamente bajo los respetables términos de "pragmatismo", "estrategia" o "sentido de Estado".

La supervivencia de este tipo de gobernante conlleva, de hecho, una preocupante degradación democrática: exigir el aplauso ciego a la amnesia colectiva y someter las instituciones del Estado a su estricto servicio personal. Este líder sobrevive gracias a una formidable maquinaria de maquillaje mediático y al secuestro emocional de unos seguidores a los que despoja de capacidad crítica hasta convertirlos en meros hooligans de su causa.

Su modus operandi es previsible: modifica sus principios según el auditorio para retener el poder y, ante las crisis más inflamatorias, opta por el silencio cómplice o la deshonrosa ausencia física. Maneja y envía a sus serviles ministros y adláteres como carne de cañón a la línea de fuego para que absorban el golpe. Si las cosas salen bien, reaparece con actitud mesiánica para colgarse la medalla; si salen mal, él nunca estuvo allí. Es la cobarde huida de un irresponsable político elevada a categoría de arte.

Frente a este Ministerio de la Mentira —nutrido por terminales mediáticas afines pagadas con el dinero de todos los contribuyentes, "tezanazos" de proyección electoral y bulos prefabricados—, la única defensa es el dato frío y la versión racional de los hechos acaecidos. La oposición, si quiere ser alternativa, debe despojar su discurso de adjetivos previsibles y evitar caer en el fango del insulto que el propio poder alimenta para victimizarse. Debe juzgar únicamente los hechos puros e incuestionables.

A su vez, los ciudadanos tenemos la obligación moral de aplicar una estricta inversión de roles: preguntarnos si toleraríamos esa misma contradicción, ese mismo cambio de chaqueta o esa misma huida si la firmase el líder del partido contrario. Si la respuesta es no, la complicidad nos convierte en rehenes.

La polarización y las cortinas de humo son escudos y herramientas de ingeniería social diseñados para que el ciudadano vote con el estómago y no con la cabeza.

Si queremos madurez democrática, debemos dejar de escuchar lo que nos prometen y empezar a fiscalizar rigurosamente lo que hacen. Al fin y al cabo, como nos enseña la psicología, ninguna máscara, por muy institucional que sea, es sostenible para siempre. Tarde o temprano, el peso de la realidad termina por aplastar el decorado de la mentira y deja al rey desnudo frente a su propio espejo.

JOSÉ LUIS DÍEZ DÍAZ – Funcionario foral jubilado