El centroderecha navarro ante el espejo de la alternancia
"En política, las alianzas perfectas no existen. Esperar a un socio mimético con el que pactar sin costes es una utopía; las coaliciones estables nacen del pragmatismo y de un objetivo superior".
El principio de alternancia en el poder constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier sistema democrático maduro. No debe entenderse como un simple mecanismo de sustitución o un impulso de confrontación personalista, sino como una garantía de estabilidad institucional y renovación democrática.
Es útil recurrir al análisis histórico del “turnismo pacífico” diseñado por Mateo Sagasta y Cánovas del Castillo en el siglo XIX. Aquel acuerdo no se fundamentaba en la animadversión mutua, sino en la convicción compartida de que el sistema requería de un relevo periódico para asegurar su propia supervivencia y la paz civil. Las alianzas estratégicas contemporáneas del centroderecha, PP-Vox y, en Navarra, UPN-PP, deben orientarse a construir una mayoría alternativa de gobierno, elevando el debate desde el rechazo a un líder coyuntural hacia la articulación de un proyecto político predecible y duradero.
La tensión actual es máxima, aunque el ministro de Transportes, Óscar Puente, ante la Diputación Permanente del Congreso, haya anunciado su dimisión. El clamor generalizado tras la tragedia ferroviaria de Urda exigía responsabilidades políticas y, como decía el progresista Mateo Sagasta, “en política, nada hay más difícil que destituir al amigo incompetente”, a lo que el conservador Cánovas del Castillo añadía: “ni nada más arriesgado que no destituirle”. La inacción o la complacencia ante las crisis internas suelen ser más peligrosas para la estabilidad institucional que la propia asunción de riesgos.
Quizás ahora pueda plantearse a la desesperada y en la maquiavélica mente presidencial y de sus múltiples asesores alguna otra salida o bulo bien montado que pueda condicionar la estrategia del bloque de centroderecha.
Este análisis de la alternancia cobra una urgencia especial ante las próximas elecciones forales, al observar la realidad de la Comunidad Foral de Navarra, origen de todas las tramas de corrupción y perversión del PSN, donde la alternancia se prevé complicada.
Históricamente, Unión del Pueblo Navarro (UPN) ha operado como el eje indiscutible del constitucionalismo en la región. Sin embargo, con la fragmentación parlamentaria y la actual mayoría progresista, Navarra volvería de nuevo a contracorriente respecto al Gobierno de la nación, con lo que ello conlleva para el desarrollo y la estabilidad institucional de la Comunidad Foral.
El bloque de centroderecha navarro se enfrenta al dilema de priorizar la construcción de una alternativa real frente a las reticencias ideológicas internas. La insistencia en mantener distancias por mero cálculo de imagen condena a la oposición a una parálisis permanente.
Para que el centroderecha tenga alguna posibilidad de pactar el Gobierno de NAVARRA, la aritmética parlamentaria dicta de forma inexorable que se debe contar con todas las fuerzas del espacio no ocupado por el progresismo; de lo contrario, se consolidaría y perpetuaría el modelo del actual Ejecutivo foral, sustentado por el bloque de la izquierda (PSN y Contigo-Zurekin) y el nacionalismo e independentismo vasco (Geroa Bai y EH Bildu).
En política, las alianzas perfectas no existen. Esperar a un socio mimético con el que pactar sin costes es una utopía; las coaliciones estables nacen del pragmatismo y de un objetivo superior. Romper con la vieja inercia de aislar a potenciales socios es indispensable si se desea ofrecer la alternancia que Navarra demanda.
Para lograrlo, UPN debe asumir el liderazgo con generosidad y audacia, dejando a un lado los complejos de siglas para articular un bloque histórico de gobernabilidad que devuelva la estabilidad y el equilibrio al futuro de la política foral.