Si París bien valió una misa, los presupuestos de Navarra bien valen setenta muertos en una infraestructura gestionada, además, por el propio PSOE. Hay quien encuentra siempre un motivo para celebrar.
Dos mesas blancas con ruedas, colocadas en uve invertida. Así celebraron el Gobierno de Navarra y el partido de la Eta su octavo acuerdo presupuestario. Una escenografía de academia de mecanografía, con seis políticos repartidos alrededor para que ninguno se quedara sin salir en la foto. Había paneles cutres, botellas de agua de bazar de todo a cien, abrazos y sonrisas de repartirse el botín. Remírez aparece en una fotografía frotándose las manos, no te digo más. Y todo en mitad de un duelo, que la gente en España seguía en shock, contando los muertos de la masacre ferroviaria, pero la foto, la foto, que no se te olvide la foto. Que se nos vea felices, abrazándonos, sonriendo.
El embrutecimiento de dos partidos acostumbrados a hacer política chapoteando sobre la sangre. ¿Pero qué estáis celebrando en el segundo día de luto oficial? Pedirle al partido de la Eta que respete a los muertos comprendo que es pedirle demasiado. Pero nunca pensé —es una forma de hablar, del PSOE siempre hay que esperar lo peor— que los socialistas se contagiaran tan rápido de esa manera deshumanizada de mandar al muerto al hoyo y subirse después sobre su tumba a masticar el bollo a dos carrillos. Si París bien valió una misa, los presupuestos de Navarra bien valen setenta muertos en una infraestructura gestionada, además, por el propio PSOE. Hay quien encuentra siempre un motivo para celebrar. Incluso cuando los demás todavía están buscando palabras para expresar el pésame.
Y los presentaron precisamente el 30 de octubre. Unos ponían el luto por el tren; los otros, el aniversario del atentado contra la Universidad de Navarra. Años antes, aquel mismo día, los aberchándales hicieron estallar un coche bomba en el campus. Un escenario de guerra fue aquello: cristales, humo, coches destrozados y decenas de heridos. No murió nadie, aunque no fue precisamente por falta de explosivo. A veces hasta los ateos tenemos que creer en los milagros.
Hay fechas que deberían provocar cierta incomodidad antes de convocar a los fotógrafos. Allí estaba Araiz, sonriente, en primera fila, acordándose, quizás, de que aquella estrategia de los aberchándales tuvo incluso un nombre firmado, entre otros, por él: «socialización del sufrimiento». Una expresión cursi para algo tan terrible como extender el miedo y la violencia a la vida cotidiana de todos. ¿Ves cómo resultó rentable socializar el sufrimiento? La foto, la foto. Que no falte nadie. Alegría.
Ayer estuve en Polloe, en San Sebastián, dejando flores a la familia. Caminando por el cementerio, me encontré con las tumbas de varios políticos asesinados por ETA y volví a pensar en las fotografías del viernes, en aquellas mesas con ruedas y en los abrazos. Lo importante son las risas. Mira cómo nos reímos repartiéndonos el botín.
Me acerqué a la tumba de Clara Campoamor y dejé una flor del ramo que llevaba. En 1937, aquella republicana que había conquistado el voto femenino denunció también la violencia ejercida desde la izquierda durante la Guerra Civil. Se preguntaba qué futuro podía construirse con quienes contemplaban aquellas violencias con indiferencia.
Después seguí caminando. Era Todos los Santos. Hoy es el Día de los Muertos. Con el PSOE y el partido de la ETA siempre es el día de los muertos. No han aprendido nada, Clara. Y eso es todo.