La sumisión interna en los partidos políticos: el pesebre
A pesar de lo que el art. 6.º de la C.E. establece de forma nítida: “los partidos políticos expresan el pluralismo político y concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular”, es evidente que en nada se corresponde con la penosa situación de polarización política, por espurios intereses de los que “controlan”, junto a serviles y palmeros, los órganos decisorios de las formaciones políticas de la nación.
La estructura interna y el funcionamiento de los partidos políticos distan mucho de ese mandato constitucional. Los órganos colegiados de las formaciones políticas —el reciente Comité Federal del PSOE es uno de sus actuales exponentes— se han transformado de forma progresiva en meros escenarios de ratificación, donde el debate crítico ha sido sustituido por el aplauso unánime y disciplinado a la dirección del partido.
Con lo que está cayendo sobre determinados personajes del entramado del Gobierno, es increíble que esa denominada “trama criminal”, según instancias judiciales, no sea motivo de crítica o de rechazo, tras la casi unánime opinión contraria del Comité Federal del Partido Socialista. Me cuesta llamarle así, pues más se asimila al partido norcoreano de Kim Jong-un.
Excepciones como las del presidente de C-La Mancha, o de la alcaldesa de Palencia, no me parecen eficaces. Ya basta de amagos —en argot pugilístico lo más eficaz es el k.o.—, y el rey, aún desnudo, seguirá siéndolo mientras los súbditos lo apoyen, como sus socios separatistas, extremistas de izquierda y nacionalistas, siempre con el poder, a costa de privilegios y desgajamiento de la unidad nacional.
Este fenómeno de sumisión y homogeneidad no responde a una repentina coincidencia ideológica colectiva, sino a un factor estructural estrictamente material: la supervivencia laboral, pues la mayoría de los integrantes de estos órganos internos dependen por completo del propio sistema político, sin una trayectoria profesional sólida y sin opción de regreso a una colocación laboral externa.
Esta alarmante devaluación democrática es extensible a todos los partidos del arco parlamentario, sin excepción, y en las formaciones minoritarias la dependencia del cargo público y la urgencia por mantenerlo se hacen notar de una manera todavía más evidente y descarnada.
Lo que viene ocurriendo en los últimos tiempos en el PSOE ya no responde a principios obreros, socialdemócratas ni de vertebración nacional; para muchos críticos y ciudadanos, la situación resulta sencillamente vergonzosa.
El ejemplo de Navarra es paradigmático: se ha asistido a una política de pactos y cesiones con partidos ideológicamente contrapuestos y de corte nacionalista, priorizando acuerdos con tal de conservar el poder institucional a cualquier precio. Las siglas y las convicciones históricas se han supeditado a una estrategia puramente pragmática y de control, orientada a mantener el acceso a los recursos públicos y a asegurar la permanencia en el pesebre de la política activa.
¿Cómo es posible que toda esta gente no tenga un mínimo de conciencia o vergüenza? Pero claro, ante todo, el sueldo y las prebendas. Ejemplo: el ansia de foto de declarados/as agnósticas o ateos/as con el papa León XIV, donde habría que analizar gestos, poses y caras de algunas/os.
Insisto en mi propuesta de siempre, pues es inútil apelar a la conciencia y ética política: “limitación de mandatos, máximo dos legislaturas —duren lo que duren—, y evitar el abuso de cargos a dedo, potenciando la Administración Pública”, pero eso parece no interesar “ni a hunos ni a hotros”.
JOSE LUIS DIEZ DIAZ – Funcionario foral jubilado