Comercio Local

Claudio, 37 años en su tienda de arreglo de calzado en Pamplona: “Soy el dinosaurio del barrio”

Claudio Ripa en su tienda de arreglos de calzado en Pamplona. Navarra.com
“Estoy feliz. Hay trabajo. Vamos viviendo y ni tan mal. Por esta zona soy la única tienda que se dedica a esto", asegura.

A Claudio Ripa Acuña se le han pasado casi cuatro décadas entre suelas, costuras, tapas y cremalleras. Lleva 37 años al frente de su negocio de arreglo de calzado en Pamplona, un oficio cada vez menos frecuente, pero que en su caso sigue muy vivo gracias a una clientela fiel que entra en la tienda con zapatos gastados y sale con la sensación de haber encontrado a alguien de confianza para casi todo.

La tienda Claudio Ripa, situada en la calle Ronda de Ermitagaña 1, frente al mercado del barrio, se ha convertido con el paso del tiempo en uno de esos comercios de referencia de Ermitagaña. En esa zona de la capital navarra, donde todavía resisten algunos negocios veteranos, Claudio ha logrado mantenerse como el único establecimiento de este tipo en los alrededores. Muy cerca se encuentra también la pescadería de Fran Itarte, conocido además por haber sido durante muchos años pastor del encierro de San Fermín.

El pamplonés está a punto de cumplir 60 años y recuerda con naturalidad cómo empezó todo. No llegó solo al oficio, sino de la mano de su padre, Alfonso Ripa García, con quien arrancó esta aventura familiar que todavía hoy sigue abierta. “Voy a hacer 37 años. Empecé con mi padre y aquí seguimos. Comenzamos los dos juntos. Soy segunda generación. Mi padre ya le puso mi nombre a la tienda. Lo hizo con idea”, cuenta.

En su manera de hablar se mezcla el humor con la experiencia de quien conoce bien el barrio y también el oficio. Claudio no oculta que el trabajo exige sacrificio, pero tampoco esconde que sigue disfrutándolo. “Estoy feliz. Hay trabajo. Vamos viviendo y ni tan mal. Por esta zona soy la única tienda que se dedica a esto. Ya se van jubilando y van cerrando. Soy el dinosaurio del barrio”, suelta entre risas.

Su caso no es el de un comerciante que simplemente aguanta, sino el de alguien que ha sabido hacerse imprescindible en el día a día de muchos vecinos. Por sus manos pasan encargos de todo tipo y clientes de perfiles muy distintos, desde quien necesita una reparación rápida hasta quien confía en él para salvar un calzado especial. Claudio lo resume con una frase sencilla, pero muy gráfica: en este oficio no basta con abrir la persiana.

“Hay algún extranjero que coge estos negocios, pero hay que mantenerlo y no es fácil conseguir clientela. Y hay que entender. Todo tiene su magia”, explica, al hablar de un trabajo que se aprende con los años y que depende mucho de la mano, del ojo y de la paciencia. No es un empleo mecánico ni rápido: tiene mucho de artesanía y bastante de trato personal.

En su tienda no solo se arreglan zapatos. También vende zapatillas de casa, alguna bota y complementos de calzado como plantillas, además de encargarse de arreglos en bolsos. Los vecinos acuden con encargos muy variados y él los enumera casi de carrerilla: “La gente demanda tapas, suelas, costuras, de todo”. Y a continuación deja una de esas frases que explican muy bien su forma de trabajar: “El zapato bueno se arregla y el zapato barato se intenta arreglar. Una cosa por la otra”.

Ese volumen de trabajo se nota incluso en algunos arreglos más específicos. Claudio conserva una sola horma, una herramienta que sigue utilizando y que, según dice, continúa dando resultado. El problema es que la demanda aprieta. “Funciona siempre. Para esto hay lista de espera como para el médico. Tengo solo una y tiene que estar un par de días puesto el zapato”, comenta.

El comercio le ha dado para sacar adelante a la familia, aunque reconoce que no es una vida sencilla. “No me puedo quejar. Esclavo porque el comercio es esclavo, pero aquí seguimos. Sigue dando para vivir”, afirma. Su jornada se alarga durante toda la semana, ya que abre de lunes a sábado por la mañana, algo habitual en este tipo de negocios de proximidad donde la atención directa sigue marcando la diferencia.

En casa, explica, también ven con buenos ojos el camino recorrido. “Nos arreglamos perfectamente. Ella es ama de casa y ahí vamos. Yo no sé hacer otra cosa. Estudié en Donapea y siempre aquí. Mi padre tenía solo 30 años cuando abrió”, recuerda. Toda su vida laboral ha estado ligada a ese local y a un oficio que ha mamado desde joven.

Lo que no parece claro, al menos por ahora, es la continuidad de una tercera generación. Sus hijos, de 20 y 22 años, están en la universidad y han tomado otro rumbo. Claudio lo cuenta sin dramatismos, pero con realismo. “De momento no. Creo que no. Los hijos están en la universidad los dos con 20 y 22 años. No les tira mucho esto. No es fácil. Esto hay que mamarlo de chiquito. Tiene que gustar porque es todo manual”.

Además de trabajar en el barrio, también vive allí, algo que ha reforzado todavía más el vínculo con la clientela. Conoce a muchos vecinos desde hace años y nota ese cariño en el trato diario y también en las reseñas que ha ido recibiendo. “Vivo aquí en el barrio y la gente está contenta”, asegura.

Algunas de esas valoraciones dejan ver precisamente esa mezcla de profesionalidad y cercanía que le ha permitido mantenerse durante tantos años. Una reseña señala: “Excelente sitio de reparación de calzado. He traído varias veces el calzado y tiene precios adecuados y trabaja muy eficientemente”.

Otra clienta destaca la precisión de su trabajo en un arreglo delicado: “Claudio es muy buen profesional y amable. Los zapatos de flamenco que llevé tienen clavos en la suela que hay que limar y los dejó perfectos. Gracias a artesanos como él y comercios de barrio hay muchas cosas que siguen haciéndose de la mejor forma”.