COMERCIO LOCAL
La navarra que ha pasado media vida entre flores en Pamplona busca ahora relevo para su tienda
“En mi familia no hay nadie que siga. Ya han elegido otras opciones que no son estas y no se puede forzar", asegura.
Karmele Yeregui Irigaray, natural de Irañeta en el valle de la Sakana en Navarra, encara la recta final de una vida dedicada a las flores y las plantas. Ha cumplido 65 años y, después de casi cuatro décadas al pie del mostrador, se prepara para jubilarse con una mezcla de orgullo, pena y agradecimiento. No le preocupa dejar de trabajar, pero sí le duele pensar que pueda desaparecer un negocio que ha funcionado durante tanto tiempo y al que ha entregado buena parte de su vida.
Desde Floristería Lislore, en el número 70 de la calle Mayor de Pamplona, Karmele ha atendido durante años a vecinos del Casco Antiguo, de otros barrios de la ciudad y también de localidades cercanas. La tienda abrió en 1983 y ella se incorporó en 1986. Desde entonces, el local se ha convertido en un pequeño punto de referencia para quienes buscan un ramo, una planta o, simplemente, el trato cercano de una profesional que conoce bien su oficio.
Más que cerrar, lo que le gustaría es dejar el negocio en manos de otra persona. Así lo plantea con claridad cuando habla de su futuro inmediato. “Me gustaría más un relevo. Me daría mucha pena que se extinguiera una cosa que funciona como esto desde hace 40 años”, explica. Incluso deja abierta la posibilidad de que el local tenga otra actividad, aunque reconoce que le haría especial ilusión que mantuviera su esencia: “Sea una floristería o no, aunque me gustaría que siguiera como floristería porque me gusta y funciona”.
En su familia, sin embargo, nadie seguirá ese camino. Karmele lo asume con total naturalidad. Sus hijos son ya mayores y han elegido profesiones muy distintas. “En mi familia no hay nadie que siga. Ya han elegido otras opciones que no son estas y no se puede forzar. Son hijos mayores que no han optado por esto. Una se dedica a la enfermería y otro a forestal”, relata.
La florista navarra resume su trayectoria con una frase que condensa bien su manera de entender el oficio: “El secreto es el amor al arte, trabajar y nada más”. Durante muchos años, en la tienda solían trabajar dos personas, salvo en algunos intervalos concretos, como ocurrió tras la crisis de 2008. Ahora está ella sola al frente del negocio, sacando adelante el día a día con la misma implicación de siempre.
No habla de sacrificio en tono dramático, pero sí deja entrever todo lo que supone mantenerse durante tantos años en un pequeño comercio. Le gusta su profesión, disfruta con el trabajo y cree que la clave de haber llegado hasta aquí ha sido precisamente esa constancia unida a la confianza de la clientela. “Me gusta mi profesión y hay gente que confía en mí. Este es el truco, el tener ganas de trabajar”, sostiene.
La noticia de su jubilación ha despertado una reacción parecida entre muchos de los clientes que pasan por la tienda. “La mayoría de la gente me dice que les da pena, como a mí que me da mucha pena, pero es lo que hay”, comenta. Y enseguida añade, con esa sinceridad que da quien siente que ya ha cumplido: “Ya me vale. Soy muy mayor. Ya he hecho mi cupo y ya está”.
Ese vínculo con la clientela es una de las partes que más valora al mirar atrás. De hecho, asegura que muchas de las personas que entran por la puerta ya son algo más que clientes. “La mayoría de la gente clientes son amigos”, afirma. Esa cercanía, explica, se nota especialmente en el entorno en el que ha trabajado durante tantos años. “Noto el cariño de todos, sin dudarlo. Hay mucha cercanía y el Casco Antiguo es como un gran pueblo”, cuenta.
Aunque su tienda está en pleno centro de Pamplona, no solo ha atendido a vecinos del Casco Viejo. También han pasado por allí clientes llegados desde Berriozar, San Juan o la Rochapea, atraídos por el trato personal y por una forma de trabajar que ha ido consolidando con el paso del tiempo. En un comercio como el suyo, esa relación cercana ha sido casi tan importante como el propio producto.
Cuando hace balance de estas décadas, el tono vuelve a ser cálido y agradecido. “El balance de estas cuatro décadas es de mucho cariño y muy positivo”, resume. No oculta que ha habido momentos más complicados, sobre todo en etapas de más presión personal y familiar. “No dudo que ha habido momentos peores criando hijos, que vas con otro agobio”, reconoce. Aun así, lo que sobresale en su recuerdo es la parte luminosa de una profesión vinculada a la belleza y a la vida. “Este trabajo me ha aportado mucha ilusión, mucha satisfacción porque es algo alegre, bonito y con mucha vida y mucho color”, destaca.
Quienes han entrado alguna vez en Floristería Lislore suelen recordar también una sensación muy concreta. “Muchos clientes dicen que huele muy bien al entrar”, comenta. Ese detalle aparentemente pequeño refleja bastante bien la personalidad del negocio: un espacio con identidad propia, muy reconocible para varias generaciones de compradores.
Lo que peor lleva ahora no es tanto la decisión de jubilarse como el hábito de seguir pensando en el futuro de la tienda. Confiesa que todavía toma apuntes con vistas a plazos más largos o incluso al año siguiente, aunque sabe que ya no va a necesitarlos. “La pena la tengo porque aún tomo apuntes para un plazo más largo o pensando en el año que viene, aunque no lo voy a necesitar, pero parece que no me voy a ir. Pero me voy”, admite. Mientras ella sigue haciendo planes casi por inercia, su familia le lanza el mensaje contrario: “La familia me dice que me vaya mañana mismo, no dentro de dos meses”.
Sobre la nueva etapa que está a punto de comenzar, no transmite ni miedo ni incertidumbre. Tiene claro que no se va a aburrir. No ha trazado un plan detallado, pero sí sabe por dónde quiere empezar. “No tengo nada concreto. Me iré al pueblo todo lo que pueda y no me cansaré de viajar. Eso lo tengo claro”, avanza.
El afecto que ha ido sembrando durante tantos años también aparece en las reseñas que han dejado algunos clientes en redes sociales. Una de ellas recuerda un ramo comprado en una fecha señalada y destaca tanto la calidad del producto como la atención recibida: “Compré un ramo de tulipanes el 14 de febrero y estuvieron adornando el salón de mi casa durante dos semanas, tenían un color precioso. Las dependientas son amables y atentas y me dieron consejos para cuidar mejor a los tulipanes para que duraran más tiempo. Sin duda repetiré!”.
Otra reseña insiste en la misma idea y pone el foco en el trato cercano que han encontrado en la tienda. “Excelente atención, nos oriento con la planta adecuada para en interior de nuestra casa.Muchas Gracias por tu buen trato y cordialidad Desde Palencia, recordaremos Pamplona con vuestra planta. Exitos !!”, escriben quienes se llevaron, además de una planta, un buen recuerdo de su paso por la ciudad.