El bar de Pamplona donde regresan con fuerza el futbolín, los dardos y las cazuelicas caseras
En un barrio de Pamplona en el que el tardeo universitario sigue marcando buena parte del ambiente, un local ha vuelto a levantar la persiana con una idea muy clara: recuperar ese aire de bar cercano en el que se mezclan las partidas, el bullicio y la cocina de siempre. El futbolín vuelve a girar, los dardos han regresado con fuerza y la barra se llena otra vez de pinchos, fritos y planes para alargar la tarde.
Detrás de esa reapertura está Bar Edurne, en el número 25 de la calle Iturrama del barrio del mismo nombre, que abrió de nuevo el pasado 6 de febrero de la mano de Ana López Chaves, una peruana de 45 años que lleva viviendo en Pamplona desde 2008. Tras años trabajando en la hostelería de la ciudad, ha decidido dar el paso y ponerse al frente de su propio negocio en un local que cerró en julio del año pasado, a pesar de que, como ella misma recuerda, “funcionaba muy bien”.
Ana no ha llegado nueva al oficio ni al barrio. Desde que aterrizó en Pamplona ha trabajado siempre en hostelería y ha pasado por varios establecimientos conocidos. “Desde que llegué he trabajado en hostelería”, relata. Ha sido cocinera en el Bahía y en la tasca de Don José, ha trabajado de camarera en Artiberri, en la Casa de Misericordia y, por último, ha estado casi cuatro años en el bar Chaves junto a Ángel Jordán.
Con esa experiencia a las espaldas, decidió emprender por su cuenta. Como vive en Iturrama, la oportunidad de hacerse con el local le encajó desde el primer momento. “Al final me he decidido a abrir por mi cuenta. Vivo por Iturrama y he cogido el bar que está en la calle Iturrama 25”, explica. Lo hizo, además, con la sensación de que el bar ya tenía una base muy definida de clientela. “Había mucha gente que venía por el futbolín y los dardos”, recuerda.
Esa es precisamente una de las claves de esta nueva etapa. Ana ha querido conservar ese tirón que tenía el local entre quienes buscaban algo más que tomar algo rápido. Acondicionó el espacio “con un poco de musiquita, unos pinchos y eso”, y ha apostado por mantener un ambiente desenfadado en el que el futbolín y los dardos vuelven a ocupar un lugar protagonista. De hecho, ya piensa en organizar campeonatos de dardos con los chavales cuando el tiempo acompañe y la terraza gane todavía más peso.
La propuesta gastronómica se mueve, por ahora, entre las mañanas y las tardes. En la barra hay “algunos fritos, pinchos, bocadillos, hamburguesas, bravas, rabas, pizzas y todo eso”, enumera Ana. Todavía no ofrece menú del día, pero los fines de semana sí prepara cazuelicas caseras y almuerzos. “Conozco bien la cocina navarra”, señala. Aunque admite que cuenta con una cocina pequeña, deja claro que sabe defenderse bien entre fogones.
La ubicación también juega a su favor. El local se encuentra en una zona en la que el movimiento de estudiantes se nota mucho, rodeado además de otros bares conocidos como el Bar Jardín y el Coyote. “Esto funciona mucho de tardeo con chicos jóvenes universitarios”, comenta. La clientela del barrio, explica, tiene mucho de universitario y de cuadrilla que busca un sitio cómodo para pasar la tarde entre consumiciones, partidas y algo de picoteo.
Desde la reapertura, el horario es amplio. El bar abre todos los días, “de lunes a domingo”, al menos de momento. Ana levanta la persiana de 11 a 15 horas y vuelve a abrir de 18 horas hasta el cierre, “hasta que la gente se vaya”, apunta. La inauguración del 6 de febrero la recuerda como “muy bonita”, con “un montón de gente”, un arranque que le confirmó que el proyecto tenía buena acogida desde el primer día.
Buena parte de ese respaldo se explica también por su trayectoria. Ana siente que el barrio y la clientela la conocen después de tantos años en la hostelería pamplonesa. “Me siento muy apoyada ya que la gente me conoce al trabajar siempre en hostelería”, subraya. También se muestra satisfecha por la respuesta que está teniendo el negocio sin haber hecho publicidad. “Estoy muy contenta. La gente se está portando muy bien y eso que no hago publicidad”, celebra.
En la barra ha apostado además por cerveza Ámbar, una elección que menciona con entusiasmo. “Tengo la cerveza Ambar, que es muy buena”, asegura. Y mientras el local vuelve a rodar, ella sigue pendiente de todos los detalles de un negocio que quiere consolidar con una fórmula sencilla: cercanía, horario amplio, ambiente de barrio y una oferta pensada para cubrir desde el vermú hasta el tardeo.
En esta nueva etapa también cuenta, a ratos, con ayuda familiar. Su hijo Aldo, de 19 años, le echa una mano de vez en cuando. Además, tiene otro hijo de nueve años. Ana se siente ya plenamente instalada en Pamplona, una ciudad en la que ha echado raíces desde que llegó desde Perú. A su país, explica, solo ha vuelto por asuntos personales.
Su vida, insiste, está ya aquí. Cuenta que en Pamplona tiene mucha familia, entre “15 o 20 primos”, mientras que sus padres y sus dos hermanos siguen en Lima. “Soy la única de los tres hermanos que estoy aquí. Les digo que vengan de visita y no quieren”, relata con una sonrisa. También recuerda que llegó directamente “con papeles, con contrato y todo” y que desde entonces apenas se ha movido.
Aunque Canarias le gustó mucho, nunca abandonó Navarra. “Vine porque tenía cuatro primas aquí y aquí me quedé”, rememora. Incluso pudo ir a Maspalomas, pero decidió seguir en Pamplona, una ciudad de la que destaca “la gente, que es muy amable, el Casco Viejo, el calor”. A eso suma su simpatía por Osasuna, los juevinchos que quiere recuperar en el bar y unos Sanfermines que conoce bien desde dentro. “Me ha tocado trabajar mucho y este año me parece que voy a trabajar mucho otra vez. Daremos almuerzos y lo que haga falta”, avanza desde un local que vuelve a abrir con una idea clara: que en Iturrama haya otra vez un bar en el que apetezca quedarse.