Madre e hija en la última pescadería de un pueblo de Navarra: "Nos están comiendo las grandes superficies"
Ana Isabel trabajó el hielo y el mostrador como quien aprende un oficio a base de mirarlo de frente en un pueblo de Navarra. A su lado, Sara colocó el género, atendió a los vecinos de siempre y midió el pulso del día con una frase que sonó a realidad pura: “Vamos tirando que es bastante”.
La escena ocurre en la Pescadería García, en Mendavia. Allí, Ana Isabel García García (59 años) y su hija Sara Armendáriz García (38) sostienen la que definen como la última pescadería del pueblo: “Así es, la última de Mendavia. Nos hemos quedado solas en el pueblo. Llevamos 14 años”.
El local está en la calle Estación 7 y abre con un horario que suena a comercio de toda la vida: de 9 a 13 horas, de martes a sábados. Ellas, además, son de Mendavia. “Nos conocemos todos. Hay mucha cercanía”, describen, y colocan ahí la diferencia que todavía empuja a parte de la clientela a entrar por la puerta.
El camino hasta aquí no empezó con experiencia previa. Ana Isabel montó la pescadería “sin saber nada de limpiar pescado”. La formación llegó de forma práctica: “Mi madre montó la pescadería sin saber nada de limpiar pescado, un chico que contrató le enseñó”, relata Sara, que tampoco venía de este mundo.
Su profesión era otra. “Yo soy administrativa, y cuando me quedé en paro ella me enseñó a mí. Estamos muy bien las dos mano a mano”, cuenta. El negocio se convirtió en un tándem familiar que, además, resolvió un problema cotidiano: no depender de una sola persona para mantener la persiana subida.
Antes de ser pescadería, aquel espacio tuvo otra vida en el pueblo. “Esto fue hace muchos años una tienda de bicicletas. Luego yo alquilé el local. Hice la obra”, recuerdan. Hoy, el contexto ya no es el mismo y ellas lo ponen en palabras sin rodeos: “La cosa está complicada. La gente consume menos pescado que antes. Está muy caro”.
En el día a día, la presión se nota en la competencia. “Las grandes superficies nos van absorbiendo. No podemos competir con ellas”, admiten. En Mendavia funcionan dos grandes superficies, y eso, explican, marca precios y hábitos. Aun así, subrayan un motivo por el que parte de la gente sigue viniendo: “Siempre hay gente que viene por el trato cercano. De momento subsistimos. No nos vamos a quejar”.
En su mostrador, la compra suele moverse por cercanía y por calidad. Ellas lo explican así: “La gente que viene a comprar es por cercanía y por calidad. Por precio no podemos competir, pero bueno… al final tratas lo mejor posible al cliente”. También notan el calendario: “A final de año se consume más pescado. La gente se estira un poquito y hay más calidad. Luego a partir de enero cuesta más”.
El origen del producto lo detallan con precisión. “El pescado lo traemos de la zona de Galicia, del Atlántico, de Francia, de Escocia el gallo y sobre todo nacional”, enumeran. Y, cuando hablan de ventas, señalan los clásicos que más salen: “Se vende muchísimo la merluza, el bonito en su momento, el calamar se vende mucho y no puede faltar el langostino”.
Para Ana Isabel, trabajar con su hija también fue una cuestión de tranquilidad. Lo explica con un ejemplo simple: “En lugar de estar una sola. Se nota. Además una sola no puede estar porque te pones malo, tienes que ir al médico a cualquier cosa y tienes que cerrar. En cambio si una está de viaje me quedo yo. Está de baja y me quedo yo”.
En la familia hay una tercera pieza que no entra en la ecuación del negocio. Ana tiene otra hija, Lidia, que “se dedica a otras cosas”, es fisioterapeuta y tiene su trabajo. “Es impensable que esté con nosotras”, señalan. En casa, añaden, el entorno lo ve como una ventaja: “El marido (Carlos) también está contento que trabajemos juntas. Además estamos en el pueblo y no nos desplazamos. Hay que ir día a día y tirar para delante”.
Cuando miran al futuro, su visión es directa, sin adornos. “No creo, ni quiero. El pequeño comercio está destinado a desaparecer”, afirman al hablar de relevo. Y lo enlazan con lo que ven alrededor: “Ya ves que ha cerrado una carnicería, otra pescadería, y no se abre. Poco a poco lo pequeño va cerrando todo”.
La otra pescadería que quedaba en Mendavia cerró “hace dos meses”. Ellas notaron algo de movimiento, pero no una avalancha. “La gente que iba allí se va a las grandes superficies o compra congelados. Nos vino algún cliente pero tampoco todos los que tenía”, concluyen.