La brasa que se huele al llegar: la mítica posada a un paso de Pamplona que estrena menús de sidrería y asador
A solo 8 kilómetros de Pamplona, a menos de 10 minutos en coche, hay un lugar al que se llega con una sensación muy concreta: la de estar a punto de comer bien. No hace falta ni bajarse del coche para notarlo. En La Posada de Sorauren el aire ya anuncia lo que viene, porque cuando uno se acerca, huele a brasa. Y ese olor, que se queda prendido en la ropa como un recuerdo, suele ser el primer aviso de que aquí se viene a disfrutar sin prisa.
El restaurante se ha ganado su fama en la cuenca de Pamplona por una especialidad que no falla: los asados a la brasa. Pero la experiencia va más allá del plato. La posada se ha convertido en un sitio de “bienestar”, de esos en los que se está bien por dentro y por fuera. Acogedor en invierno, con ese punto “calentito” que invita a alargar la sobremesa. Y fresco en verano, cuando la ribera del río Ulzama regala sombra y aire limpio.
Sorauren es, además, un escenario perfecto para esa pausa. Un pueblo pequeño y pintoresco, de unos 190 habitantes, con casas de piedra y una iglesia de principios del siglo XX. Y con una joya que siempre sorprende: un puente medieval sobre el Ulzama que parece sacado de otra época. No es raro que muchos senderistas lo tengan marcado como parada obligatoria. Se sale a pasear por la zona y, casi sin darse cuenta, se termina entrando a la posada con hambre de verdad.
Dentro, el plan está pensado para ir en compañía. La Posada de Sorauren dispone de un comedor preparado para comidas y cenas de cuadrillas, grupos y empresas. La capacidad es amplia y el ambiente acompaña: es un sitio fácil para reunirse con familia o amigos, sentarse, pedir y dejar que el servicio haga lo suyo con profesionalidad. La cocina se apoya en una idea sencilla: tradición navarra, producto de mercado y un criterio claro por la calidad.
“Ofrecemos una gran variedad de delicias, realizadas con ingredientes de excelentísima calidad y en su mayoría de origen navarro”, trasladan desde el restaurante. Y añaden su filosofía sin rodeos: “Nuestra misión es simple, servir comida deliciosa que hará volver a nuestros clientes semana tras semana”. En ese mensaje está el corazón del sitio: aquí importa que el plato llegue bien hecho, que el producto se note y que la brasa no sea un adorno, sino el hilo conductor.
En esa línea, La Posada de Sorauren ha renovado su carta y ha reforzado una propuesta que encaja con su identidad: un completo menú de sidrería, pensado para compartir y salir con esa satisfacción que solo deja una comida “de las de verdad”.
El Menú Sidrería está fijado en 46,60€ y se sirve “para todos los comensales”. En los primeros, la mesa arranca con ensalada verde con cebolla, choricicos a la sidra, padrón con virutas de jamón y tortilla de bacalao. Después llega el turno de los segundos, donde la brasa manda: chuletón de vaca a la brasa (aproximadamente 500 gramos, con guarnición) o lomo de bacalao a la brasa.
Los postres rematan con un repertorio clásico y apetecible: tarta de queso al horno, cuajada con miel y nueces, torrija con helado, queso de oveja con membrillo y nueces y sorbete de limón. Y para acompañar, la bebida incluida mantiene el espíritu sidrero: sidra, vino tinto crianza, rosado, blanco, agua o refresco.
Junto a esa opción, La Posada de Sorauren ofrece también un Menú Asador por 35,80€, que empieza con un “aperitivo degustación para toda la mesa” donde aparece la chistorica de la casa como bienvenida. A partir de ahí, el ritmo es el de una comida de cuadrilla, con platos para abrir boca y entrar en materia: ensalada Posada, padrón con virutas de jamón, jamón ibérico con tostas y tumaca, risotto de hongos y espárragos con vinagreta de verduras y huevo duro.
En los segundos, el menú se despliega con opciones para distintos gustos, sin perder el sello de cocina tradicional y brasa: carrilleras al amontillado, manitas de cerdo deshuesadas en su jugo, escalopines de ternera con salsa roquefort, piquillo y fritas y el chuletón de vaca seleccionada a la brasa (con suplemento). También hay platos muy de casa, como el chilindrón estilo tradicional, y opciones de parrilla y mar: lagartito a la brasa con pimientos y patatas fritas, anchoas fritas estilo Orio, bacalao a la brasa con verduritas y rodaballo a la brasa para dos comensales (con suplemento por comensal). De postre, vuelven los finales que funcionan: cuajada con miel y nueces, torrija con helado, helados y coulant de chocolate. La bebida incluida contempla tinto crianza, rosado, blanco, agua o refresco.
Para quien busca una opción más ajustada, el restaurante presenta un Menú Semanal por 24,90€, que también arranca con aperitivo para la mesa y la chistorica de la casa. Entre los primeros aparecen propuestas pensadas para comer bien sin complicaciones: ensalada fresca, revuelto de morcilla y pimiento, pasta salteada con verduritas y pimientos al ajillo con papada ibérica.
En los segundos, el menú combina cuchara, guiso y pescado: higaditos de vaca encebollados, estofado de carne ibérica, callos y morros, lacón a la plancha con pimiento verde y crema de boniato, merluza rebozada y anchoas estilo Orio. En los postres, continúan los sabores de siempre: cuajada con miel y nueces, arroz con leche casero, helados y natilla casera. Y en bebida, se incluye copa de vino, caña, agua o refresco.
La casa recuerda, además, que cuenta con carta de picoteo, dentro de una especialidad clara: brasa, carnes y pescados. Es una forma de entender la cocina que no necesita demasiados adornos: buen producto, punto de fuego y platos reconocibles que apetece repetir.
Quizá por eso La Posada de Sorauren funciona como esos lugares que se recomiendan casi en voz baja, como un secreto compartido. Se va por la comida, sí. Pero también por el entorno, por el descanso de la ribera, por el pueblo de piedra y por esa sensación de estar en el sitio correcto. Un comedor lleno, una mesa larga, la brasa trabajando y el olor que vuelve a salir a la calle cuando se abre la puerta.