Comercio Local

La librera de Pamplona que sigue leyendo hasta medianoche: “Si no lo hago, no puedo recomendar libros”

Nerea Reta en la librería que lleva su nombre en Pamplona. Navarra.com
Nerea Reta continúa en Iturrama el negocio que abrió su padre en 1977 y defiende un modelo de librería de cercanía, consejo y vínculo con el barrio.

La Librería Nerea ha conseguido mantenerse abierta en Pamplona desde abril de 1977 con una fórmula cada vez menos habitual: trato cercano, consejo personalizado y una relación diaria con el barrio de Iturrama que va mucho más allá de vender libros.

El negocio está en el número 27 de la calle Esquíroz. Primero lo abrió Ignacio Javier Reta Marco y ahora lo mantiene su hija, Nerea Reta Monge, segunda generación de una librería familiar que ha visto cambiar el barrio, los hábitos de compra y también la forma de leer.

“Nos gustan los libros y nos gusta nuestro barrio”, resume Nerea. En esa frase cabe buena parte del espíritu de un comercio que ha resistido a la competencia de las grandes superficies, al cambio de costumbres y a la presión constante que soporta el pequeño comercio.

La historia de Nerea también está ligada al mostrador. Lleva más de dos décadas dentro del negocio familiar, “camino de los 23 años”, y conoce bien lo que supone sostener una librería de barrio en pleno 2026. Sobre una posible tercera generación, por ahora no lo da por hecho. En la familia también está su hermano Iñigo, psicólogo y psicopedagogo.

Lo que más disfruta sigue siendo lo esencial del oficio. A Nerea le gusta que los clientes entren con calma, pregunten, duden y se dejen orientar. La parte que más valora es precisamente esa: recomendar lecturas, hablar de libros y ayudar a encontrar un título que encaje con cada persona.

La Librería Nerea no quiere ser solo un local de venta. También ha ido abriéndose, dentro de sus posibilidades, a pequeñas presentaciones y a ese papel de espacio cultural de proximidad que todavía conservan algunos comercios de barrio.

Pero detrás de esa imagen amable hay también una rutina exigente. Nerea admite que el paso de los años cambia la forma de vivir el trabajo. La vocación sigue ahí, pero el día a día pesa. Y cuando piensa en la parte más dura del oficio, lo tiene claro: las muchas horas de trabajo y el poco descanso.

Su margen para desconectar es pequeño. Los domingos y un par de semanas en verano concentran casi todo el respiro de un negocio que obliga a estar pendiente de lo que entra, lo que se vende y lo que hay que pedir. Aunque cuenta con apoyo por las mañanas y los sábados, la responsabilidad sigue siendo constante.

En esa lucha por sostener la librería apareció hace años una decisión que resultó importante. Su padre optó por incorporar la lotería cuando empezaron a crecer las grandes superficies y el comercio tradicional comenzó a perder terreno en la venta de libros y papelería.

Ese complemento no ha cambiado la identidad del negocio, pero sí le ha dado un pequeño colchón económico. Nerea explica que les asegura unos ingresos modestos, aunque fijos, algo especialmente útil en meses más flojos como noviembre, febrero y marzo. A eso se suma la papelería escolar, centrada sobre todo en el material de colegios e institutos.

La gran pregunta sigue siendo si hoy se puede vivir de una librería. Nerea responde con realismo. Cree que para personas de su generación, muy marcadas por la vocación y acostumbradas a no mirar tanto el reloj, sí ha sido posible. Para generaciones que valoran más el tiempo libre, lo ve bastante más difícil.

Además, el trabajo no termina cuando baja la persiana. Nerea sigue leyendo por la noche porque entiende que esa es una parte imprescindible de su labor. Si no lee, no puede recomendar. Y precisamente ahí está una de las claves que explican la fidelidad de muchos de sus clientes: saben que detrás del consejo hay criterio, horas de lectura y un conocimiento directo del fondo.

En el trato diario percibe de todo. Cree que muchos clientes llegan con cierto descontento general, pero al mismo tiempo observa una fidelidad que considera muy valiosa. Para ella, esa constancia demuestra que existe confianza en el trabajo que hacen desde hace años.

En el mostrador conviven lectores muy distintos. Algunos buscan literatura más comercial y fácil de leer. Otros piden títulos más exigentes o de mayor calidad literaria. La apuesta de la librería pasa por mantener una selección equilibrada, capaz de responder a los dos perfiles.

La historia del negocio guarda además una anécdota muy recordada. En diciembre de 1999, Ignacio Reta selló un boleto de la Bonoloto que resultó premiado con 225 millones de las antiguas pesetas. Aquel boleto, que costó 4.200 pesetas, tuvo cinco aciertos más el complementario y dejó una de esas escenas que permanecen durante años en la memoria de un comercio de barrio.

Casi medio siglo después de su apertura, la Librería Nerea sigue defendiendo en Pamplona una forma de trabajar que parece ir a contracorriente. Más lenta, más cercana y muy apoyada en la conversación. En una ciudad donde casi todo empuja a correr, ese sigue siendo su rasgo más distintivo.