De una fábrica en ERTE a abrir una tienda de chuches en un pueblo de Navarrra: la valiente apuesta de Nacho
José Ignacio Leopoldo Cerreduela, al que casi todo el mundo conoce como Nacho, tiene 20 años y ha decidido dar un paso valiente en un pueblo de Navarra: abrir un negocio propio y ponerse al frente del mostrador cada día. Lo ha hecho después de meses con pocas certezas en el trabajo y con una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza: montar algo suyo, con trato cercano y ambiente de barrio.
Ese proyecto ya tiene nombre y dirección. Se llama Dulces El Potro y ha abierto el 1 de diciembre en Ablitas, en la calle Las Escuelas 1. En el escaparate y en sus redes, Nacho lo resume con un reclamo directo: “Dulces El Potro es tu rincón favorito de golosinas en Ablitas. Endulza tu día con nuestros sabores únicos y la mejor variedad”.
Aunque el nombre invita a pensar solo en chucherías, la tienda funciona como una tienda de alimentación con un surtido amplio para el día a día. En las estanterías y el mostrador se venden dulces, chucherías, bebidas, pan, pastas, bollería, encurtidos, napolitanas y café de cápsula para llevar. En el pueblo existe un kiosko, pero es más pequeño, y por eso Nacho destaca que esta es la única tienda de este tipo en Ablitas.
Hasta hace poco, compaginaba la idea del negocio con su empleo en la fábrica SKF de Tudela, donde llevaba dos años. La empresa está ahora en ERTE y con poco trabajo, y ese cambio terminó de empujarle a dar el salto. “Trabajaba en la fábrica SKF de Tudela desde hace dos años que está en ERTE con poco trabajo y me he decidido a montar mi propia tienda”, explica.
El arranque, eso sí, está siendo realista, sin fuegos artificiales. Nacho admite que los primeros meses suelen ser complicados para cualquier comercio y que ya se lo avisaron antes de abrir. “De momento va flojico porque son malos meses. Ya me lo dijo mi asesor. Son meses duros”, comenta, sin dramatizar, pero con los pies en el suelo.
El horario también está bien definido desde el primer día. Abre de 11 a 14 horas y por la tarde de 17 a 21 horas. Y de lunes a jueves hace una pausa a mitad de la tarde por un motivo muy personal. “Cierro un rato por las tardes para ir a misa, ya que soy evangélico”, relata, mientras organiza la jornada para que el negocio funcione y él pueda mantener esa rutina.
En el pueblo, la tienda ha caído bien. Nacho asegura que los vecinos le están arropando y que nota un buen ambiente desde que levantó la persiana. “Los clientes están muy contentos. Tengo mucho apoyo. Mi familia también me apoya mucho”, cuenta, agradecido por la respuesta de la gente más cercana.
Además, la ubicación le está dando movimiento casi desde el primer día. A apenas 50 metros está el colegio San Babil, y eso se nota. “Vienen muchos chavales a por chuches”, explica. El pico de trabajo llega sobre todo al final de la semana, cuando se animan más los planes y la calle tiene otro ritmo: “Cuando más trabajo tengo es el fin de semana, de viernes a domingo”, señala.
Detrás de esta apertura no hay un capricho improvisado. Nacho cuenta que llevaba tiempo pendiente del local que ha cogido, que estaba cerrado desde hacía tiempo, y que cuando apareció la oportunidad decidió lanzarse “a esta nueva aventura del emprendimiento”. De todo el proceso, se queda con dos cosas: “la buena acogida” de la clientela y la satisfacción de “poder gestionar” su propio negocio.
Si alguien le pregunta qué consejo daría a quien esté pensando en emprender, lo tiene claro y lo dice tal cual. “Que no tenga miedo y que lo intente, hay que luchar por conseguir los sueños que uno tiene”, afirma. Para él, lo importante es que la clientela esté satisfecha y que se mantenga ese ambiente familiar que quiere que tenga la tienda, como un lugar al que se entra a comprar… y también a saludar.