Muchos pasan por este pueblo de Navarra sin saber que inspiró dos leyendas de Bécquer
Hay lugares que se visitan y se olvidan. Y hay otros que se quedan dentro para siempre. Fitero fue uno de esos sitios para Gustavo Adolfo Bécquer, que encontró en este pueblo del sur de Navarra un paisaje lleno de fuerza, misterio y memoria hasta el punto de convertirlo en literatura. Lo que muchos no saben es que aquí, entre cuevas, aguas termales y un monasterio centenario, nacieron dos de sus leyendas más célebres.
El poeta sevillano llegó a Fitero por salud, pero volvió por algo más difícil de explicar. Entre 1861 y 1868 visitó este rincón de la Ribera de Navarra en varias ocasiones y, durante aquellas estancias, el entorno terminó abriéndose paso en su imaginación. El resultado fue extraordinario: dos relatos que siguen formando parte de lo más recordado de la literatura romántica española.
Bécquer arrastraba una enfermedad, una mezcla de sífilis y tuberculosis, que trataba su propio suegro. Fue esa dolencia la que lo llevó hasta el balneario fiterano, cuyas aguas eran conocidas desde antiguo por sus propiedades terapéuticas y se recomendaban para aliviar problemas como el reuma, la artrosis o el asma.
La primera visita llegó después de su boda, en 1861, con Casta Esteban Navarro, hija del médico que le atendía en Madrid. Aquel desplazamiento, pensado como una estancia de reposo, acabó teniendo un efecto inesperado. Fitero no solo le ofreció descanso. Le dio también un escenario, un clima y una colección de historias que terminaron convirtiéndose en materia literaria.
Durante sus estancias, el escritor no se limitó a tomar las aguas. También paseó por los alrededores del balneario, observó el paisaje y escuchó las historias que circulaban entre los vecinos. En esa combinación de tradición oral, naturaleza y sensibilidad romántica se fraguó el origen de dos leyendas que después publicaría en Madrid.
La primera fue El Miserere, publicada el 17 de abril de 1862 en El Contemporáneo, el diario en el que trabajaba como redactor. La segunda, La Cueva de la Mora, apareció el 16 de enero de 1863 en ese mismo periódico. Ambas nacieron de su vínculo con Fitero y de lo que aquel entorno despertó en su imaginación.
La Cueva de la Mora reúne algunos de los grandes ingredientes del universo becqueriano: amor imposible, religión, tragedia y un paisaje cargado de simbolismo. La leyenda cuenta cómo el ánima de una princesa mora baja hasta el río para buscar agua con la que aliviar las heridas de su amado, un caballero cristiano que permanece en la gruta.
La acción se sitúa en tiempos de la Reconquista. Un caballero cristiano se enamora de la hija mora del alcaide del castillo mientras está retenido allí. Después de ser rescatado, decide regresar a por ella. El desenlace es trágico: la joven muere cuando acude en su ayuda y, desde entonces, según la leyenda, su espíritu sigue descendiendo de noche hasta el arroyo.
No se trata de un decorado inventado. Esa historia quedó anclada a un paisaje real que todavía hoy puede recorrerse en Fitero, entre cerros, cuevas y paredes rocosas que mantienen intacta una atmósfera casi irreal. Ahí está una de las claves del magnetismo del lugar: no solo inspiró una leyenda, sino que sigue pareciendo escenario de ella.
La otra gran huella literaria de Bécquer en la localidad fue El Miserere, ambientada en los muros del Monasterio Cisterciense de San Raimundo. En ese relato, el autor construyó una escena sobrecogedora: cada noche de Jueves Santo, los espíritus de los monjes se alzan de sus tumbas para entonar un canto espectral sobre los pecados del hombre.
Que ambos relatos surgieran aquí no fue casualidad. Fitero reunía todo lo que seducía a un escritor romántico: ruinas, silencio, piedra antigua, naturaleza abrupta, ecos religiosos y relatos transmitidos de generación en generación. Era un territorio perfecto para transformar la realidad en misterio.
El lugar donde Bécquer encontró esa inspiración sigue en pie. Las aguas termales de Fitero se utilizan con fines terapéuticos desde época romana, en el siglo II a.C., y brotan de dos manantiales que hoy siguen alimentando uno de los balnearios más conocidos de Navarra.
Esa conexión con el poeta aún se percibe de forma tangible. Uno de los hoteles del complejo lleva el nombre de Bécquer, en homenaje al escritor sevillano que acudía allí para realizar su cura termal. Además, una placa señala la habitación en la que, según la tradición, residió durante sus estancias.
El balneario conserva restos originales de época romana y los combina con instalaciones renovadas orientadas al descanso, la salud y el bienestar. Sus aguas emergen del subsuelo a temperaturas de entre 32 y 52 grados centígrados, un rasgo que ayuda a entender por qué este enclave ha mantenido su prestigio durante siglos.
Uno de los rincones más llamativos del entorno es la Cueva de la Mora, situada en el Macizo de las Roscas. Se trata de una formación geológica compuesta por conglomerados, calizas y areniscas, moldeadas durante siglos por la erosión del sol, el viento y el agua.
Ese modelado natural ha ido creando perfiles extraños, entrantes, salientes y siluetas que recuerdan a enormes lagartos, dragones o guerreros. Es un paisaje áspero, caprichoso y muy visual, uno de esos lugares donde la imaginación necesita muy poco para echar a volar.
El macizo puede recorrerse hoy mediante senderos señalizados, y la cueva que da nombre a la leyenda sigue siendo visitable. Basta caminar por sus cercanías para entender por qué Bécquer no dejó pasar aquel paisaje como uno más y por qué regresó varias veces a este rincón navarro.
Pero Fitero no solo destaca por su vínculo con la literatura. La localidad, situada a 104 kilómetros de Pamplona, en la merindad de Tudela y al suroeste de la Ribera, posee además una gran densidad histórica. Su nombre, de origen romance, significa frontera, por su antigua posición entre Castilla, Navarra y Aragón en el siglo XII.
Entre sus grandes tesoros sobresale el Monasterio de Santa María la Real, una de las joyas del Císter en España. La construcción de su segunda iglesia comenzó hacia 1179 y concluyó hacia 1247, con la ayuda del arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada.
La iglesia, con girola y cinco capillas absidales, se considera una de las más grandes e importantes del Císter español. A su alrededor, el visitante encuentra además otros elementos de interés, como el castillo árabe de Tudején, las antiguas neveras de los frailes y varios senderos que enlazan patrimonio y naturaleza.
Las aguas de Fitero también atrajeron con el paso del tiempo a personajes ilustres. Por este enclave pasaron el papa Benedicto XV, cuando todavía era cardenal, y el diseñador Cristóbal Balenciaga, lo que ayuda a medir la relevancia histórica de un lugar que ha sido refugio, balneario y destino singular durante décadas.
Para quien quiera seguir hoy el rastro del poeta existe además la ruta de Bécquer, un recorrido que une el hotel del balneario que lleva su nombre con el cenobio cisterciense a través del camino conocido como El Soto. Es un trayecto sencillo, tranquilo y muy simbólico, porque reproduce el itinerario que hacía el propio escritor.