El profesor de conservatorio que en verano se convierte en hombre orquesta por los pueblos de Navarra
Vicente Trincado Goicoechea, navarro de 59 años, lleva buena parte de su vida dedicada a la música y ha encontrado en su trabajo como hombre orquesta una forma de seguir disfrutando de su profesión. Durante los meses de verano recorre pueblos de Navarra y otras comunidades cercanas con su furgoneta cargada de instrumentos, vestuario y ganas de hacer participar al público.
Bajo el nombre de ‘Vicente músicas del mundo’, actúa en solitario y ofrece un espectáculo variado en el que mezcla música, humor y caracterizaciones. Natural de Olite, uno de los pueblos más visitados de Navarra, puede interpretar a Joaquín Sabina, aparecer como Javier Gurruchaga, cantar rancheras de Vicente Fernández o animarse con algunas de las jotas navarras más conocidas. «Me encanta tocar y hacer música variada», asegura.
Su relación con la música comenzó muy pronto. «Llevo así toda la vida, desde los 16 años que empecé a salir a tocar por ahí», explica. Antes de trabajar en solitario ha formado parte de orquestas grandes y pequeñas y también de grupos de jazz. La música siempre estuvo presente en su casa, ya que su padre tocaba el saxofón en la banda y su madre era muy aficionada a cantar.
Vicente empezó estudiando guitarra clásica y después se incorporó a la banda de Olite con el trombón. Con el paso de los años convirtió aquella afición en una profesión y terminó cursando dos carreras superiores, guitarra y trombón de varas. Actualmente compagina sus actuaciones con su trabajo en el Conservatorio Pablo Sarasate de Pamplona.
Hace aproximadamente diez años comenzó a actuar en solitario, aunque todavía mantiene alguna formación de jazz junto a compañeros vinculados al conservatorio. Para él, salir al escenario sigue siendo imprescindible. «Si solo me dedicara a la enseñanza es como si estuvieras un poco muerto. Aparte de enseñar hay que tocar para mantenerse vivo y activo», señala.
El verano es su época favorita del año. Vicente suele comenzar las actuaciones en mayo y concentra buena parte de su actividad durante julio y agosto, cuando las fiestas patronales llenan los pueblos. Cada temporada realiza entre 30 y 35 actuaciones, unas diez al mes, aunque reconoce que recibe bastantes más propuestas de las que puede aceptar.
Buena parte de esas actuaciones se desarrollan en Navarra. Este verano ha pasado por localidades como Luquin, Obanos, Murieta, Olite, Ablitas, Arguedas y Fustiñana, además de otros municipios de Soria, Zaragoza, La Rioja Alavesa y el País Vasco. Su especialidad son precisamente los pueblos pequeños, donde asegura encontrar un ambiente especialmente cercano.
Uno de los lugares que más le ha sorprendido ha sido Reznos, un pequeño municipio soriano que, según recuerda, ni siquiera aparecía correctamente en el GPS. «Lo encontré y la sorpresa es que estaba lleno», explica. También recuerda con cariño Castilfrío de la Sierra, una localidad de apenas 15 habitantes que en verano se llena gracias a quienes regresan a sus segundas residencias.
Ese contacto directo con la gente es una de las razones por las que Vicente continúa disfrutando de su trabajo. «Yo me voy feliz porque veo que la gente disfruta mucho y se lo pasa bien», afirma. Para conseguirlo lleva incluso dos micrófonos y anima a los asistentes a cantar con él, convirtiendo muchas actuaciones en una fiesta compartida entre músico y público.
Su espectáculo también destaca por la cantidad de instrumentos que utiliza. Lleva guitarra, mandolina, banjo, laúd en algunas ocasiones y otros instrumentos como el contrabajo, además de aprovechar su formación con el trombón. Procura cambiar de instrumento cada dos canciones para que la actuación resulte dinámica y evitar que el repertorio se vuelva monótono.
Vicente adapta además cada espectáculo al público que tiene delante. Si actúa durante una comida, comienza con canciones más tranquilas mientras los asistentes disfrutan del aperitivo y, cuando llega la sobremesa, aumenta el ritmo y busca la participación. También utiliza pelucas y camisetas para transformarse en diferentes personajes. «Me transformo con cuatro detalles y se hace más ameno», explica.
Después de más de cuatro décadas viviendo de la música, Vicente continúa afrontando cada verano con entusiasmo. Su mujer, Coro, y sus dos hijos, de 29 y 28 años, conocen bien su pasión por los escenarios. Él no piensa todavía en dejarlo: «Estaré hasta que el cuerpo aguante y la salud». Cuando termina el curso está deseando volver a cargar la furgoneta y salir a los pueblos, porque asegura que pocas cosas le hacen tan feliz como tocar, cantar y comprobar que la gente disfruta con su música.