El final de ETA no fue el final del miedo
Quince años después del anuncio del fin de ETA, algunos pretenden que saquemos el champán, aplaudamos los discursos oficiales y demos por cerrada una historia que todavía pesa sobre demasiadas personas. Pues lo siento, pero conmigo que no cuenten. Yo no me trago ese cuento.
ETA dejó de matar, y eso fue una magnífica noticia. Pero una cosa es celebrar que no haya más asesinatos y otra muy distinta vendernos que aquí se ha acabado todo, que el miedo ha desaparecido y que todos podemos vivir en libertad. Porque no, señores, la realidad de determinados pueblos de Navarra y del País Vasco no se arregla con un discurso, una fotografía ni una celebración institucional.
Y sé de lo que hablo. Fui portavoz del Partido Popular en Echarri-Aranaz durante dos legislaturas, entre 2013 y 2019. No me lo han contado. Lo viví. Sé lo que significa defender unas ideas constitucionalistas en un entorno complicado y lo que supone dar la cara cuando otros prefieren mirar hacia otro lado.
Por eso me revienta escuchar determinados discursos de quienes parecen haber descubierto ahora la convivencia, mientras pasan por encima de quienes todavía conocen demasiado bien el precio de defender la libertad. ¿Cuántos de esos políticos que hoy presumen del final de ETA se han sentado a escuchar de verdad a quienes han tenido que plantar cara al miedo? ¿Cuántos han sentido en primera persona lo que significa defender unas siglas constitucionalistas en determinados pueblos del norte de Navarra?
Es muy fácil hablar de convivencia desde un despacho. Lo difícil es defenderla cuando toca dar la cara.
Y aquí hay una pregunta que algunos llevan demasiado tiempo esquivando: ¿cómo vamos a dar por superadas todas las consecuencias del terrorismo mientras se siguen celebrando homenajes a miembros de ETA, mientras faltan condenas claras e inequívocas por parte de representantes de la izquierda abertzale y mientras hay ciudadanos que todavía sienten que es mejor callarse antes que señalarse?
¿De verdad alguien pretende que pasemos página sin exigir que se llame a las cosas por su nombre?
Porque las víctimas no merecen una memoria a la carta. No merecen que se las recuerde un día señalado y se las aparte al siguiente para no incomodar a nadie. No merecen que su sufrimiento se convierta en moneda de cambio político. Y, desde luego, no merecen que se confunda la ausencia de asesinatos con una reconciliación que no puede imponerse por decreto.
Mientras tanto, volvemos a encontrarnos con episodios de hostilidad y violencia política. Expresiones como «tiro al facha» y los incidentes ocurridos recientemente en Pamplona deberían hacernos reflexionar sobre qué clase de convivencia estamos construyendo. ¿Dónde está la tolerancia de quienes tanto presumen de ella cuando el que piensa diferente se convierte en el objetivo?
La libertad no consiste en permitir que hablen quienes piensan como tú. Consiste en garantizar que también pueda hacerlo quien te lleva la contraria. Todo lo demás es propaganda.
Y que nadie se equivoque: reconocer el papel decisivo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en la lucha contra ETA no es un detalle secundario. Durante años, guardias civiles, policías nacionales y otros servidores públicos se jugaron la vida para combatir el terrorismo. Hubo víctimas, familias destrozadas y ciudadanos que resistieron cuando resistir no era precisamente cómodo. A ellos les debemos respeto, memoria y verdad. No que otros se repartan ahora los méritos mientras algunos siguen sin ofrecer la claridad moral que exige aquella historia.
Yo no pienso olvidar lo que viví en Echarri-Aranaz. No pienso olvidar a quienes defendieron la libertad cuando hacerlo resultaba difícil. Y tampoco pienso callarme ahora para que nadie se sienta incómodo.
Porque el problema de algunos no es que se hable del pasado. El problema es que se recuerde el pasado completo, sin filtros, sin maquillaje y sin olvidar quién sufrió, quién resistió y quién todavía tiene que demostrar que puede ejercer sus derechos en libertad.
Quince años después, la pregunta no debería ser cuántas veces celebramos el final de ETA. La pregunta debería ser qué hemos hecho para que nadie tenga que volver a vivir bajo la sombra del miedo. Y también qué exigimos a quienes todavía no han condenado con la claridad necesaria el terror que tanto daño causó.
Yo no pido que nadie viva anclado en el pasado. Exijo que el pasado no se manipule, que las víctimas no sean olvidadas y que la libertad no dependa del pueblo en el que vivas ni de las ideas que defiendas.
Así que sí, celebremos que ETA dejara de matar. Pero que nadie nos pida que confundamos ese hecho con una historia de final feliz. Porque hay heridas que siguen abiertas, silencios que siguen pesando y ciudadanos que todavía merecen una libertad sin apellidos.
Y mientras haya alguien que tenga que callarse por miedo, mientras se homenajee a terroristas y mientras se pretenda blanquear aquella historia, que no me hablen de una página pasada. Yo estuve allí, sé lo que viví y no pienso tragarme el cuento.
Carta de Juan Antonio Extremera Apesteguia