Vivir en euskera en Navarra: el derecho que quiere imponer una obligación

Imagen de archivo de una manifestación en favor del euskera. MIGUEL OSÉS
Artículo enviado por Ignacio Janín

¡Vivir en euskera, qué caprichito más tonto! El pasado día 13 tocaba otra vez. Eran las seis de la tarde de un sábado más propio de agosto que de junio, con 33 grados a la sombra, y una de las columnas de manifestantes, con Ana Ollo y Unai Hualde a la cabeza, echaba a andar desde la Plaza de la Libertad con rumbo a la del Castillo. Esta vez se trajeron hasta una charanga sanferminera para abrir la marcha. Las otras dos columnas debieron de tomar la salida en la Rochapea y en el Parque Antoniutti. En total, y según la Delegación del Gobierno, fueron unos cuatro mil los participantes, que procedían, tal como informaba la prensa al día siguiente, de Zuberoa, Benavarra, Lapurdi, Guipúzcoa, Álava, Vizcaya e incluso algunos de Navarra. ¡Vamos, un bis de la toma de Pamplona por el general Jean-Pierre Robert en febrero de 1808, solo que con euskalerríacos de todas partes en lugar de gabachos!

¿Y qué pedían estos neoinvasores? Pues reclamaban nada más y nada menos que su derecho a vivir en euskera en Navarra, derecho sobre el que Jon Juaristi decía que, si los de Bildu quieren vivir en euskera, pues que vale, pero que otros muchos hubieran querido vivir a secas y que ellos, en su anterior encarnación, no les dejaron hacerlo ni en euskera ni en suajili. Y, a propósito, quizá convenga aclarar qué sea eso del “derecho a vivir en euskera”. Porque así, a primera vista, parece que solo están pidiendo que se les deje hablar y expresarse en vascuence. Bueno, en vascuence batúa, claro, o sea, en euskeranto, que le llaman algunos, porque el otro, el de verdad, con sus distintos dialectos históricos, ya casi se ha perdido, sin que nadie —ni los invasores— haya hecho nada por conservarlo.

Pues, contra lo que pueda parecer, el derecho a vivir en euskera no es solo el de poder emplearlo cuando cada uno quiera —cosa que nadie se lo va a cuestionar—, sino el que ellos, los propios invasores, se atribuyen a sí mismos para imponernos a los demás la obligación de aprenderlo y utilizarlo de forma generalizada y, a poder ser, con exclusión del castellano. Eso es lo que significa. Reclaman SU derecho —otorgado no se sabe bien si por Odín o por Manitú— a imponerNOS una obligación, a exigirNOS a todos los demás que nos euskaldunicemos. Quieren poder preguntarnos la hora en vasco y que nosotros estemos obligados a dársela en vasco. Eso es lo que entienden por vivir en euskera. Eso y que la prensa, la radio y la tele sean en vasco; que la enseñanza en cualquier grado sea en vasco; que la Administración sea en vasco y que nadie pueda aspirar a cubrir una plaza sin dominarlo con soltura. Que en bares y comercios atiendan en vasco, que los chistes se cuenten en vasco y que en las redes se emplee solo el vasco. Y eso, tanto en Olite y en Cabanillas como en Mendavia y en Petilla de Aragón.

Naturalmente, ese empeño por que todos acabemos hablando euskera batúa no es solo un caprichito folclórico, sino que tiene una finalidad concretísima: la de dar un impulso cuasi definitivo a la ansiada “construcción nacional”. En 2000, y según Desolvidar, el concejal socialista de Pamplona Joaquín Pascal decía que “para crear la Nación vasca, el único elemento aglutinante del que pueden disponer [actualmente los nacionalistas] es la lengua”. Y, en consecuencia, lo que pretenden es que “todos, absolutamente todos, debamos ser vascoparlantes. Así quedaría demostrada la existencia de la Nación vasca”.

Todo lo expuesto demuestra una vez más el carácter eminentemente político del euskera batúa, que, perdida toda el aura y todo el interés del vascuence tradicional, resulta en la realidad un idioma prácticamente inútil, como no podía ser de otra forma, ya que no se inventó para facilitar que la gente se comunicara, sino solo para que el mundo supiera que efectivamente existe y que está vivo. El derecho de los invasores a vivir en euskera debe entenderse, en definitiva, como su intento de tratar de culminar la euskadización y la consiguiente desnavarrización de Navarra, tras haber logrado —o casi— cancelar su bandera, su escudo, su himno, su día, el riau-riau, el pañuelo rojo de fiestas, los reyes del Paseo de Sarasate y tantas cosas más, ejecutadas ya o solo aún programadas, como los toros en sanfermines, los Reyes Magos o las cinco merindades.

Nuestros vecinos del norte ya nos conquistaron para Castilla en 1512. Ahora quieren volver a hacerlo, pero en su propio provecho. De momento, solo juegan a invadirnos reclamando su derecho a vivir en euskera. Pero, aunque actualmente apenas un 7% de los navarros lo utiliza habitualmente en su vida diaria, no parece imposible que en las próximas elecciones EH Bildu supere al PSN y la invasión tome otros derroteros. Con este trasfondo, Chivite —que pasa de lo del mapa euskalerrikurriñesco de las camisetas del Athletic— quiere que el Amejoramiento diga que el euskera es una lengua propia de Navarra. No debe de tener nada más urgente ni más importante en que pensar.