La bola negra: los rumores son un poco ciertos

Una imagen del set de La bola negra.
El poderío visual y sonoro de La bola negra, especialmente en su inicio y su final, la convierte en un logro increíble e inclasificable respecto al resto de dramas de la Guerra Civil.

En 1.º de carrera recuerdo escuchar a alguien en la Complutense que quería hacer un corto de la Guerra Civil con un gay de protagonista. A mí me parecía el máximo ejemplo del cliché de cine español que cumple todos los requisitos para que el que odia el cine español siga sin verlo.

12 años después, y estrellato de los Javis mediante, me equivocaba. Es cierto que el talento de estos dos guionistas y directores concede belleza, lírica y emoción a cualquier relato. Elevan cualquier material. Además, no solo han tenido un éxito descomunal, sino que, cuando les escuchas hablar, son dos personas inteligentes, serenas y leídas.


La bola negra es su segunda película tras La llamada, tras la cual se lanzaron a hacer series. Los creadores de la aún vigente Paquita Salas (Netflix no la suelta), Veneno (no la he visto aún) y La Mesías (increíble y cuánto bebe de Mysterious Skin).

Su talento es tal que han hecho una película de la Guerra Civil que escapa a análisis partidistas y no evoca lecturas solo circunscritas a la Guerra Civil española. Sus intereses son mayores: el horror, el capricho y lo azaroso de la guerra y el tema que cruza su filmografía: cuánto hacemos para negar quiénes somos.

El poderío visual y sonoro de La bola negra, especialmente en su inicio y su final, la convierte en un logro increíble e inclasificable respecto al resto de dramas de la Guerra Civil. Ahora, esa misma ambición que nos muestra unos planos totalmente alucinantes también la lleva a un metraje excesivo: 2:40.

La cinta sigue tres relatos, en 1932, 1937 y 2017, unidos por protagonistas homosexuales. En los dos primeros, su condición es lo que les genera conflicto y, en el tercero, vemos las consecuencias de ello. Es el relato de 1937 (un nacional custodia a un prisionero) el que más tiempo consume y el que más arrastra la cinta. Mientras, en 2017 vemos una historia con el protagonista que mueve la acción.

El componente homosexual que se encuentra tan presente nunca distrae de la película ni hace que la tomemos menos en serio. Por si se nos escapa el simbolismo de la estatua de San Sebastián del filme (icono gay), es así como los Javis llaman a su protagonista. No lo sé porque haya leído nada, sino por un vídeo famoso de Jiménez Losantos.


En este drama de hombres gays, son las mujeres las que hacen que me acerque a la pantalla. Desde Penélope Cruz —no hace papeles a su altura y aquí se ve— hasta Lola Dueñas, genial en 2017, con ese hijo con el que discute continuamente y con quien no opina igual sobre los mismos hechos vividos. ¿Nos suena de algo?

Aunque estoy seguro de que sus influencias son de nombres inteligibles, yo, en los momentos más álgidos del filme, muchas veces veía esos videoclips de C. Tangana y Rosalía que exudan ornamentos castizos; la música vibra y cada plano es evocador. La capacidad de este filme para sumergirnos en épocas pasadas sin que nada delate la mentira es increíble. Qué suerte no haber vivido la Guerra Civil ni la posguerra más inmediata.

El filme habla de Lorca, y todo lo que tiene que ver con el poeta es lo que arranca más emoción a la sala y lo que hace de esta película un homenaje sin precedentes. Ninguna biografía de Lorca podría crear más curiosidad que esta película, que solo toca al poeta de lado.

“Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir”. —Lorca