Los aberchándales y el 112: cuando la ideología decide qué patrulla acude a una emergencia
El aberchandalismo es un delirio que nunca se conforma. Podría firmar el relato terrorífico Stephen King. Se expande como una sustancia viscosa por las sociedades, contaminándolas de odio. Tanto que les gusta identificarse con Astérix y Obélix y no pasan de ser un Perfectus Detritus sembrando cizaña a su paso.
Allí donde actúan los aberchándales no vuelve a crecer la concordia. Empiezan ocupando las calles. Más tarde, las escuelas. Luego, la televisión pública. Después, el lenguaje. Después, las fiestas. El deporte. Después, los símbolos. Después, la historia. Después, los mapas. Nunca se detienen. Siempre encuentran una ranura por la que seguir goteando, un espacio en el que levantar una nueva trinchera donde ellos siempre son los buenos y los malos somos el resto. Porque el sectarismo no se conforma con gobernar. Quiere clasificar el mundo entero. Esto es de los nuestros. Esto no. Este sí. Este tampoco. Con un sello en la frente. Todo tiene que estar marcado, como el ganado, para llevarlo de aquí para allá porque su doctrina se lo exige.
Y cuando uno creía que ya no quedaba ningún rincón por colonizar, aparece una nueva frontera: las emergencias. El 112. Un teléfono al que la gente no llama para discutir de política, precisamente. Llama porque alguien se está muriendo. Porque un niño no respira. Porque una mujer está siendo agredida. Porque un coche acaba de estrellarse. Porque el tiempo empieza a correr en contra.
Incluso ahí, los aberchándales han decidido que hay que colocarse las gafas ideológicas antes de mirar. Los aberchándales son incapaces de ver simplemente a una persona. Antes necesitan saber quién eres, de dónde vienes, qué uniforme llevas o qué bandera te representa. Como si la sangre tuviera ideología. Como si un infarto votara o les hiciera la oposición. Como si una hemorragia militara en algún partido. Como si el fuego distinguiera entre aberchándales y gente corriente antes de quemar una casa.
Hasta ahora, las emergencias eran neutras. Pues ya no. Han dejado de respetarse y pasan a ser también campo de batalla político. Desde ahora, una llamada desesperada al 112 también va a tener el sesgo ideológico del aberchandalismo. Lo siento, señora, que se muere. Le podría ayudar un guardia civil, pero nosotros decidimos por usted que no nos sale de los cojones que la ayude.
No se detendrán. Seguirán dando pasos. Pasos como este, delirantes, paranoicos: que no vaya la patrulla policial más cercana para ayudar a una persona que reclama auxilio, sino la que ellos consideran de su cuerda ideológica, aunque esté más lejos, aunque tarde más. ¿Cuál será el siguiente? Llegará el día en que querrán preguntarle al hígado de qué lado está antes de autorizar un trasplante. «¿Este órgano es suficientemente aberchándal?». «No». «Pues búsquenle otro». Se puede morir. Pues que se muera. Lo primero, la ideología. El riñón tendrá que presentar un certificado ideológico. El corazón deberá acreditar su compromiso político. Y un pulmón correcto será declarado incompatible, no con el cuerpo, sino con la doctrina.
Todo es una exageración, claro, hasta que ocurre. Como el meme, siempre transita la misma senda: desde el «eso no va a suceder, no lo pide nadie» al «ven, que yo te lo explico». Tu madre se va a morir porque no vamos a avisar a la patrulla más cercana que podría ayudarle porque es española. ¿Quién iba a pensar hace un año que los aberchándales iban a evitar que la patrulla más cercana acudiera al auxilio de una persona solo porque es española? Pues eso.
¿Qué vas a esperar de un aberchándal? ¿Que respete una vida? Si para levantar su proyecto ideológico, su Euskkkalerría tiránica, se han dedicado a quitarlas a mansalva y de las formas más cafres posibles. Si socializaron el dolor, recuerden, para conseguirlo. Y, si no lo recuerdan, se lo puede explicar Araiz, el que posa junto a los socialistas, sonriente, con cada presupuesto que el partido de ETA le aprueba a Txibite, el mismo que firmó la ponencia que propició aquella salvajada. Y eso es todo.