Las cosas duran más de lo que duran
¿Cuánto dura el tiempo?
Hace unos años corrí unos 1.500 kilómetros. Sin más. Por hacer algo. Un pequeño reto que no llegó a ninguna parte. En círculos. Lo recuerdo como una época en la que estaba todo el día corriendo. Dale que te pego. Zapatillas, cuestas, pulsaciones, kilómetros. Como Forrest Gump, pero sin forrarme después montando una empresa de gambas. No mejoró nada. No cambió nada.
El otro día encontré el resumen de aquel año en la aplicación del pulsómetro: 140 horas. Cinco días y veinte horas. Ni siquiera conseguí gastar una semana de las 52 que tenía aquel año. ¿Qué hice los otros 359 días? Desde siempre he sospechado que las cuentas del tiempo están amañadas.
A los diecisiete años me fui un mes a Bournemouth con unos amigos a estudiar inglés. Estudiar inglés es una manera generosa de explicar aquello. Nos pasaron tantas cosas que treinta años después seguimos hablando del viaje cuando nos juntamos. Las mismas historias. Aquella noche. Aquella chica. Aquellos pubs en los que nos colábamos con el carnet joven falsificado. Aquella movida con la policía. Aquella estupidez que hizo uno y que el interesado sostiene que jamás ocurrió así.
Si sumáramos todas las horas que hemos pasado recordando aquel mes, seguramente ya serían más de las que estuvimos allí. Borges escribió sobre unos cartógrafos obsesionados con la exactitud que acabaron construyendo un mapa del tamaño del territorio. Mis amigos y yo llevamos treinta años levantando un mapa de Bournemouth que probablemente ya es más grande que Bournemouth. Nos fuimos un mes a los diecisiete años y todavía no hemos vuelto del todo.
Pasado mañana veremos un eclipse total de Sol. La oscuridad durará poco más de un minuto y llevamos semanas hablando de ella. Horarios, gafas, lugares desde donde verlo, nubes que pueden llegar justo a tiempo para jodernos el acontecimiento astronómico del siglo. El año que viene hay otro en España, por el sur, por si te lo pierdes. Después emplearemos mucho más de un minuto en recordarlo. ¿Te acuerdas del eclipse?
Hay cosas que empiezan mucho antes de suceder y terminan mucho después de haber terminado. Jep Gambardella llega a viejo y todavía recuerda a una chica con la que apenas estuvo unas horas de su juventud en La gran belleza. Un minuto puede durar cuarenta años. Una noche puede no terminar nunca.
Luego están los veranos. Los de mi infancia tenían provincias. Entre el último día de colegio y el primero del curso siguiente cabía una extensión de tiempo hoy administrativamente imposible. Una tarde después de comer, cuando no ocurría absolutamente nada, podía durar tres semanas. Comíamos pipas en la Vuelta del Castillo y aquellas tardes tenían varias estaciones.
Ahora el verano contiene San Fermín, una visita fugaz a la playa que reservaste meses antes para no quedarte sin el apartamento que te gusta, cuatro cenas, un par de fines de semana y, cuando consigues enterarte de que ha empezado, alguien comenta que los días ya acortan. Hace frío. ¿Qué harás este invierno? Nada. Pasarlo.
Los relojes no mienten. El tiempo sí. Hay tardes de la juventud analógica de las que no tengo una sola fotografía y todavía conservan luz, temperatura y brisa. De algunos años recientes tengo tres mil fotos en el móvil y no recuerdo casi nada. De adulto, los días comunes no dejan huella. Y lo son casi todos.
Miro otra vez la aplicación. 1.500 kilómetros. 140 horas. Cinco días y veinte horas. Ahí están todos los kilómetros, perfectamente contabilizados. Puedo ver incluso por dónde pasé.
De los otros 359 días no encuentro ni el hueco donde deberían estar. Y eso es todo.