Odio eterno al antiturista moderno
Ayer crucé la frontera hasta Biarritz para comprarme el último libro de Frédéric Beigbeder —sigo sin entender por qué Anagrama ha dejado de traducirlo—. Lo encontré y me gustó antes de abrirlo: la portada tenía el mismo azul que el mar y que la tarde, y eso, en agosto, ya es casi toda la crítica literaria que necesito.
Me senté en la terraza del Casino, pedí una cerveza y empecé a leer. Cada pocas páginas levantaba la vista para descansar de las palabras: el francés me exige una concentración excesiva para agosto. Entonces aparecía otra historia, sin diálogos, como una película de cine mudo, pero con el oleaje sonando.
Delante de mí, la playa llena hasta donde alcanzaba la vista. Decenas de sombrillas que parecían la aldea de los Pitufos con sus casas de champiñón. Familias, parejas, jubilados, niños con un helado más grande que ellos, surfistas acarreando tablas. Se mezclaban el francés, el español, el inglés, el alemán, el italiano: mil acentos compartiendo la misma tarde con un único objetivo, tan modesto como difícil de conseguir el resto del año: estar a gusto.
Durante más de una hora no vi una discusión. Tampoco una carrera. Ni un gesto de impaciencia. Solo personas haciendo algo tan revolucionario como disfrutar de un domingo de agosto, fluyendo como un arroyo que no tiene prisa por llegar a ningún océano.
En algún momento de la tarde sonreí pensando en el vinagre antiturista. El vinagre es ese ser que ha decidido que la felicidad ajena es una ofensa personal. El vinagre no está en esa playa —nunca está donde hay gente contenta; el antiturista es, en el fondo, la discordia—. No odia al turista por algo que haya hecho. Lo odia por lo que es: una prueba viviente de que se puede estar bien rodeado de semejantes.
Defendamos, pues, al turista de ese vinagre. Al turista que yo contemplaba desde mi mesa, siendo yo, a su vez, otro turista más. El que viene de vacaciones es, casi siempre, un ser educado y agradecido. No busca líos porque está viviendo la semana en la que llevaba meses pensando.
Donde hay turismo suele haber alegría y una concordia que resulta mucho más difícil de encontrar un miércoles cualquiera de noviembre, cuando todos volvemos a correr de un lado para otro, vinagre incluido, por nuestras ciudades.
Me entristecen las playas vacías, esas playas de chaqueta que llegan cuando agosto se despide y septiembre trae un sol más bajo y cansado. El vinagre, en cambio, prefiere la playa vacía, es decir, muerta.
Yo prefiero la playa llena de vida: de idiomas distintos, de niños nadando, de familias que no volverán a verse nunca y que comparten, durante unas horas, el mismo deseo de estar bien —y eso también es una forma de armonía humana—. Tal como anda el mundo, no me parece poca cosa. Y eso es todo.