El pucherazo de Sánchez
"El vídeo circula como ese olor que se queda pegado en la ropa después de cocinar coles de Bruselas: un hedor rancio, imposible de disimular, porque hay platos que, por mucho que se adornen, siguen sabiendo a podrido"
Se me vino a la cabeza Elena Santonja —mi cabeza va como va; esto ya no lo arregla ni un mes entero de relajo en los baños de Fitero— con su sintonía cantada por Joaquín Sabina, de aquel mítico programa de guisos de los 80: Con las manos en la masa. Metámonos en harina, que este artículo no va a cocinarse solo.
Ya sabíamos que había tomate, pero verlo en vídeo es la guinda que nos faltaba para afirmar que el sanchismo es un fraude permitido por el PSOE: un sofrito recalentado de poder, una reducción espesa de intereses, una receta manoseada hasta el empacho, una cocina de partido donde los fogones nunca se apagan porque siempre hay algo que tapar con pasta.
El pucherazo de Pedro Sánchez no se hizo con pimientos, puerros y patatas, sino metiendo en la olla —que es la urna— votos sin control fitosanitario, papeletas que entran y salen sin trazabilidad, tan podridas como cuando una hortaliza se llena de moho. La llegada de Sánchez al poder fue un caldo turbio, espeso, imposible de colar, un mortero donde la democracia se machaca hasta hacerla puré. Nadie en el PSOE ha dicho nada. En el fondo, nadie ha montado el pollo porque todos están en el ajo, todos han mojado pan en la misma salsa y han decidido no preguntar de qué estaba hecho el guiso.
¿Alguien se acuerda de Susana Díaz, a la que Sánchez le merendó las primarias? Senadora, para que se calle. Estás frita, Susana: si quieres seguir mamando de la teta del Estado, ahí tienes tu trozo del pastel. No molestes: esto es un menú cerrado, y cada cual sabe qué plato le toca y a cambio de qué silencio.
Pero es que ni Juan Lobato. Al que le prepararon una con los correos filtrados —un aliño envenenado— y que, de no haberse ido a un notario a certificar que no había metido mano en ese guiso, habría acabado trinchado como al fiscal general del Estado sanchista. Porque en esta cocina, al que no sigue la receta, se le pasa por la picadora. Lobato también está en el Senado, donde no se hace nada y se cobra muy bien: fuera del foco, a baja temperatura, en un cazo de cocción lenta donde reposan los que no molestan, conservados en su propia grasa.
Aquí quien parte el bacalao es Sánchez, y quien se mueve se queda fuera del banquete. Qué más le da que el PSOE se cueza en su propia salsa y que, después de él, no vaya a quedar ni la raspa de la sardina. Total, cuando la cocina cierre, él ya habrá salido por la puerta de atrás con el pan bajo el brazo. El muerto al hoyo y el socialista al bollo. Por cierto, los del PSN están hasta en la sopa: rondan la cocina, prueban el caldo, vigilan el fuego, meten cuchara hasta rebañar la fuente y, si se quedan con hambre, siempre llevan encima un bocadillo de chorizo de Pamplona.
El vídeo circula como ese olor que se queda pegado en la ropa después de cocinar coles de Bruselas: un hedor rancio, imposible de disimular. Porque hay platos que, por mucho que se adornen, siguen sabiendo a podrido. Y este, por mucha vajilla fina que le pongan, no deja de ser lo que es: un pucherazo indigesto, un asado amargo, un festín donde el que siempre paga es el ciudadano, que nunca decide el menú ni lo cata. Y eso es todo.