Geografía de la intolerancia
Llevamos meses asistiendo a un curso intensivo de lingüística institucional. Los portavoces del PSN y del Gobierno de Navarra se han propuesto un reto casi biológico: pronunciar la palabra "ultraderecha" en cada rueda de prensa para mantener el sectarismo progre bien inoculado. Sin embargo, el inicio de las fiestas de Ansoáin nos ha regalado una maravillosa lección de geografía política: resulta que, para el progresismo gobernante, el radar de los ultras tiene un punto ciego del tamaño de la Cuenca de Pamplona.
Mientras el socialismo navarro estira el cuello buscando a ultraderechistas hasta debajo de las alfombras, en el balcón del Ayuntamiento de Ansoáin se vivió un momento cumbre de la "convivencia". Un joven lanzaba el cohete festivo y coronaba su discurso con un edificante "puta policía", jaleado y aplaudido por la alcaldesa de EH Bildu. Una muestra impecable de tolerancia e inclusión festiva que demuestra que las ratas, por mucho que cambien de siglas para blanquearse, siguen destilando el mismo odio de siempre. Ese odio que durante décadas sufrimos en Navarra con cajeros ardiendo, villavesas calcinadas, cócteles molotov y, hace pocos meses, periodistas apaleados.
Señores del PSN, dejen de tomarnos por idiotas. Tienen ustedes un problema serio de vista o de brújula. Sigan buscando ultraderechistas en Navarra si les resulta cómodo para salvar sus sillones. Pero, cuando quieran hablar de intolerancia y radicalismo real, dejen de mirar al horizonte y miren al socio que tienen sentado al lado dándoles la mano.