Javier, 37 años en su bar de Pamplona que arrasa los domingos con sus fritos y torneos de mus
A Javier se le nota en la forma de mirar el bar. No es una pose ni un discurso aprendido: es la mirada de quien ha pasado media vida entre barras, cafés y mesas llenas en Pamplona. Se llama Javier Sesma Olloki, tiene 59 años, nació en Corella y lleva 37 años sosteniendo el mismo negocio, una cifra que, como él mismo remarca, quedó “cumplida el pasado 19 de diciembre”. Empezó con 22 años y aún hoy habla del día a día con una mezcla de orgullo y cansancio bien entendido.
Ese lugar es el Café bar Javier, en el barrio de la Chantrea, y está en la calle Fermín Daoiz 2. En su puerta han dejado claro el carácter de la casa con un lema que ya es parte del paisaje: “un bar como todos, pero como ninguno. Desde 1988 en la Txantrea”. Y no es solo una frase bonita: el local, antes de ser bar, fue una fontanería. Hicieron obra, levantaron la persiana y, con el tiempo, se convirtió en uno de esos puntos de encuentro que el barrio reconoce como suyo.
Javier lo resume con una sinceridad que engancha: “37 años, casi nada, y aún me queda, salvo que me toque la primitiva. Contento. Unas veces más y otras menos. No sabemos hacer otra cosa y aquí estamos”. Vive en el mismo barrio en el que trabaja, lo que explica por qué tantos clientes no entran “a un bar” sino “donde Javier”, como si fuera una extensión del vecindario.
Si hay una palabra que repite al hablar de estos años es constancia. No presume de grandes inventos. Presume de aguantar. “Llevamos mucho tiempo para lo que se ve por ahí. Hay mucha gente que cambia el bar y nosotros seguimos peleando todos los días”, comenta. Y esa rutina, la de abrir, atender, saludar por el nombre y servir lo de siempre con cariño, es la que ha ido construyendo la historia del Café bar Javier.
Aquí no hay menú del día. Javier lo cuenta sin rodeos: “No hacemos menú del día porque el barrio ya es mayor”. Lo que sí hay es una barra de pinchos que sostiene el pulso del local, y una promesa que se repite cada fin de semana: los friticos de los domingos. “Lo más destacado son los friticos de los domingos, que abrimos al cerrar los sábados, que son los mejores del mundo”, suelta, con esa seguridad que solo te da haberlos visto triunfar durante años.
La colección es casera y sin complicaciones raras: fritos “de pimiento, croquetas y los básicos”. Javier los defiende como “los mejores del entorno” y no se queda ahí: el domingo, para ellos, es casi una palabra sagrada. Se trabaja “muy bien”, admite, y se nota cuando habla del ambiente. Es el día grande, el día en el que el bar se llena y el barrio se despierta con ganas.
En esa historia también está Laura García, su mujer, que le ayuda en el negocio. Ahora está de baja y el bar funciona “un poco bajo mínimos”. “Estamos un poco bajo mínimos porque a mí no me da para más, pero recuperaremos el ritmo normal muy pronto”, explica Javier, que habla del presente con realismo, pero sin dramatismos.
En casi cuatro décadas ha habido de todo. “En 37 años hemos hecho de todo”, recuerda. Y añade que han vuelto a arrancar “de nuevo en noviembre con más brío”. El plan es claro: aguantar el invierno y esperar al buen tiempo para sacar partido a la terraza. “Esperamos el buen tiempo para aprovechar la terraza que tenemos”, cuenta, como quien mira a la primavera con la ilusión intacta.
El futuro, sin embargo, no lo pinta con certezas. Javier tiene tres hijos, de 41, 27 y 26 años, con sus trabajos, aunque “echan una mano” cuando pueden. “Cuando llegue el momento ya se verá lo que se va a hacer”, señala. El que más se deja caer es el pequeño, Carlos: “Es el que más se acerca por aquí. No les quiero meter mucho”.
A la hora de hablar de resistencia, Javier pone sobre la mesa un dato que hoy es casi un salvavidas: el local es suyo desde hace años. No pagar alquiler le da margen para seguir. “A estas alturas ya no podemos reinventarnos en otras cosas. Pelearemos hasta que se pueda”, afirma.
Y luego está el otro motor de los domingos —y también de los jueves—: el mus. Desde hace ocho años, el Café bar Javier organiza un campeonato relámpago con 16 parejas, “porque no hay espacio para más”. Es un torneo que reúne a gente de la Chantrea, sí, pero también atrae a jugadores de fuera del barrio y “de pueblos”. “Llenamos todas las mesas del bar”, cuenta con satisfacción, como quien sabe que el bar late fuerte cuando las cartas empiezan a sonar sobre la mesa.
Curiosamente, todo ese ambiente lo han construido sin una de las grandes muletas de los bares: la tele con fútbol. Javier lo quitó. “Se fue de madre el precio y lo dejamos. Aparte de que el fútbol lo lleva todo el mundo en los móviles. No merece la pena”, razona. Y el bar, lejos de apagarse, encontró otro ritmo: el de los pinchos, el mus y la conversación.
En redes sociales, las reseñas acompañan esa fama. Una clienta lo resume así: “Entré por casualidad y salí muy satisfecha. Buen trato, rápido servicio. Camarera empática, amable, atenta… Gran selección de pinchos”. Otro comentario coincide: “Atención y agrado por parte del profesional. Calidad en pinchos y variedad; buen precio. Acogedor y buen ambiente en el local”. En el fondo, es lo que Javier ha ido construyendo durante 37 años: un bar donde el domingo no es un día más, sino el día grande.