Comercio Local

De limpiar casas en Pamplona a coger el relevo en una frutería: "Conduzco cada mañana desde Larraga"

Camelia Adriana Crisan y su sobrina Micaela en la frutería Cristian de Pamplona. Navarra.com
Los anteriores propietarios, Félix y Angelines, se jubilaron el 31 de diciembre tras 37 años al frente de la tienda.

Camelia Adriana Crisan lleva media vida trabajando donde hiciera falta. Ha limpiado en casas, ha cuidado a personas mayores, ha pasado por lavanderías, por restaurantes y por invernaderos. Y ahora se ha metido en otra rutina igual de exigente: madrugar cada día, subirse al coche en Larraga y plantarse en Pamplona para levantar la persiana de un negocio que estuvo a punto de desaparecer.

Desde el 2 de enero, ella es la nueva dueña de la Frutería Cristian, en la Avenida de Pío XII, 10 trasera, en el barrio de San Juan. Tiene 34 años, es rumana y, si no hubiera dado el paso, lo tiene claro: “De hecho o se vendía la tienda o se cerraba la frutería. Aprovechamos la oportunidad”.

El relevo llegó justo después de una despedida. Los anteriores propietarios, Félix y Angelines, se jubilaron el 31 de diciembre tras 37 años al frente de la tienda. Habían sostenido el negocio durante décadas, y Camelia ha decidido seguir con la misma esencia. “Ahora seguimos la misma línea y a ver qué pasa. Estoy muy contenta”, cuenta con una sonrisa que se le nota incluso en la forma de hablar.

Su historia en Navarra no empezó en una frutería. Lleva 15 años en España y, de ellos, 10 en Pamplona. Ha enlazado trabajos sin parar: limpieza, cuidados, hostelería, lavandería… lo que saliera. Y en los últimos meses se puso el delantal entre cajas de fruta. Desde septiembre ya trabajaba en la tienda “para conocer a la gente” y, a la vez, seguía en unos invernaderos. No era una prueba; era prepararse para un salto real.

Ese salto tiene un peaje diario: carretera y sueño. Vive en Larraga, a media hora de Pamplona, con sus hijos, de 16 y ocho años, y cada mañana repite el mismo plan. “Venimos todos los días desde allí a abrir la tienda”, explica. “No me importa madrugar a las cinco y media de la mañana o a las seis. No importa”. Lo dice como quien habla de un trámite, pero es una vida de reloj y constancia.

Y aun así, se la ve con ganas. A los clientes no les suelta un discurso largo: va al grano. “Les digo que vengan. Tenemos buena calidad, buen precio y les atendemos con toda la amabilidad y una gran sonrisa”, asegura. Su objetivo es que la clientela de siempre no se pierda por el camino… y que, de paso, llegue gente nueva.

En la tienda no está sola. Ha contratado a Julia y, cuando puede, también le echa una mano su sobrina Micaela, que pasa “de visita” y ayuda un poco. Las tres dicen estar contentas, y Camelia nota el empujón del barrio. Los clientes de toda la vida siguen entrando y, además, ya han empezado a aparecer caras nuevas. “Me dicen que todo muy bien, que siga para adelante, que lo hago muy bien. No puedo pedir más”, resume.

También quiere que la frutería se vea más allá del mostrador. Tiene en mente abrir una página en internet y colgar un vídeo para enseñar lo que hacen por dentro. “Vamos a abrir una página en internet con un vídeo de cómo limpiamos la verdura y cómo hacemos las cosas para que la gente se anime más”, explica. “Yo estoy feliz. Lo hago con mucho gusto. Limpio verdura…”.

El vínculo con el negocio, además, venía de antes. El antiguo dueño de la frutería es de Larraga, y allí le conoció porque viven en el mismo pueblo. “Hemos comprado una casa y venimos todos los días desde allí a abrir la tienda. Me dijo que tenía una oferta para mí”, relata.

En casa, su marido Julio, “rumano y húngaro”, trabaja en la construcción desde hace 20 años. Según cuenta Camelia, está cerrando un ciclo y quizá dentro de poco pueda acercarse más por la tienda. “Dentro de poco igual viene a ayudarme… en cuanto termine las obras que tiene”.

Navarra, dice, le enganchó desde el principio. Antes estuvo en Cataluña, y después conoció a su marido “en internet” y se vino a la Comunidad foral. “Navarra me gusta desde que llegué. No tengo problema”, cuenta. Y recuerda que ya sabía que aquí estaban “las fiestas de los toros”. “No me asusté. Me encantó”. En Larraga, añade, “siempre hay vacas”, y esa mezcla de pueblo y ciudad le encaja: “Nos gusta el campo y la ciudad. Tenemos vida con la familia en un pueblo y el trabajo en Pamplona”.

La frutería, por ahora, mantiene un horario práctico para trabajar y también para moverse a por producto. Abre los lunes, miércoles y viernes de 9 a 16 horas, y los martes y jueves de 9 a 14 horas. “Así tenemos tiempo para ver productos y para vivir un poco también”, explica. Y su hoja de ruta es clara: “Tenemos un poco de todo con buena calidad y mejorar lo que había antes”.