Pedro y Marisol, 25 años en su hotel rural de un pueblo de Navarra: “Vine aquí por amor”
Marisol Marrodán García y Pedro Bacáicoa Andoño han levantado a pulso un negocio que no se sostiene solo con encanto rural en un pueblo de Navarra. Detrás hay turnos largos, reformas, temporadas buenas y meses de arreglos, y una rutina que se repite desde hace un cuarto de siglo: abrir, atender, adaptarse y volver a empezar.
Ese esfuerzo se ha traducido en 25 años al frente del Hotel Rural Bidean, en Puente la Reina, un alojamiento en plena calle Mayor 20 que vive pegado al latido del Camino de Santiago. Allí, a medio camino entre Pamplona y Estella, el desfile de peregrinos marca el ritmo de la temporada y obliga a estar siempre con un ojo en el calendario y otro en el estado del edificio.
La historia también tiene un punto de novela, pero contada sin adornos. Marisol, natural de San Sebastián, lo resume con una frase directa que lo explica todo: “Estoy aquí por amor. Llevo 25 años y estoy aquí porque Pedro es de aquí”. Pedro, nacido en Puente la Reina, fue el motivo por el que ella se quedó. Y con esa decisión llegó lo demás: obra, gestión, clientela de medio mundo y una vida a caballo entre dos ciudades.
El hotel abrió en el año 2000 y el aniversario les ha pillado trabajando, como casi siempre. “Abrimos en el año 2000 y ya hemos cumplido los 25 años el año pasado. Contenta porque llegar a esta cifra no es fácil. Casi no me he dado cuenta de lo que supone”, cuenta. No lo dice como una medalla, sino como una mezcla de sorpresa y orgullo tranquilo. También deja claro el secreto, si es que existe: “Hay que estar y hay que adaptarse a los tiempos que van cambiando”. Y, al echar la vista atrás, se le escapa una reflexión que suena a alivio: “De repente piensas que algo hemos hecho bien para llegar hasta hoy”.
El Bidean no nació en una casa lista para abrir la puerta. Todo lo contrario. “Compramos esta casa que se caía y nos echamos la manta a la cabeza”, recuerda Marisol. La reforma fue por etapas y con mucha paciencia: primero llegaron las habitaciones y, más tarde, una segunda obra permitió sumar cafetería y restaurante. “Lo llevamos entre los dos”, insiste, como quien no se imagina otra forma de hacerlo.
El edificio, además, impone respeto. El Hostal Rural Bidean está instalado en un edificio de piedra del siglo XVII de Puente la Reina, a 18 kilómetros de Pamplona, catalogado dentro del patrimonio artístico navarro y restaurado con cuidado para mantener los materiales nobles: madera, piedra y ladrillo antiguo. El resultado es un estilo rústico, acogedor y personal, con un punto de autenticidad que no se compra, se conserva.
En 2003 dieron un paso más: se acondicionó la bodega y la planta baja, respetando la estética inicial, para ofrecer el servicio de restaurante. Y el hotel, hoy, suma 20 habitaciones, todas con baño completo —con bañera, secador de pelo y artículos de tocador—, además de calefacción, TV con canales internacionales, teléfono e hilo musical. Cada habitación tiene también escritorio, y para encajar comodidad actual en una estructura histórica incorporaron un ascensor acristalado con acceso a las seis plantas.
La temporada se vive como una subida progresiva, no como un interruptor. El hotel cierra en Navidad y enero, y ese parón no es descanso total: son semanas de reparaciones, cambios y puesta a punto. Luego vuelven a abrir “a la espera de que mejore el tiempo y lleguen los peregrinos”. Según explica Marisol, a partir de marzo “llega el goteo” y desde Semana Santa arranca “la temporada buena”. El empujón definitivo suele llegar en verano, cuando hay más gente y el Camino se nota en cada mesa, en cada habitación y en cada entrada con mochila.
En ese ir y venir, el Bidean trabaja con clientes de todas partes. “Trabajamos con gente de todo el mundo”, comenta. Y aunque ella se mueve mucho entre Puente la Reina y San Sebastián, reconoce que se ha acostumbrado a este ritmo. “Yo me he hecho a estar aquí”, dice. También comparte un dato personal que retrata esa doble vida: su madre murió “hace dos años aquí” y antes de eso, cuenta, iba “todos los martes a Donosti”.
El día a día también ha tenido su parte de integración lenta, como suele pasar en los pueblos. “Ya me he hecho con la gente de Puente. No me dan el carnet nunca porque si eres de fuera eres de fuera para siempre, pero soy una más”, relata. Y vuelve al origen con una frase que suena a broma y a verdad a la vez: “Me costó, pero el amor es ciego y no ves nada”. Además, estar tan cerca de la capital ayuda: “Estamos al lado de Pamplona, donde voy casi todos los días”.
El futuro, de momento, no tiene relevo asegurado. Tienen dos hijas, Arrate y Oneca, y ambas están centradas en sus estudios y vocaciones. “No sabemos qué haremos”, admite Marisol. Una de ellas ayudó “todo el verano” porque quería comprarse un coche y estuvo en cocina; la otra es “más de sala”. Pero una se dedica a la música y lo tiene claro, y la otra estudia Criminología, así que, como resume su madre, “muy complicado”.
Mientras tanto, el Bidean sigue funcionando con el mismo combustible de siempre: trabajo diario y oficio. Además del alojamiento, ofrece cafetería, bar y una cocina elaborada. Y en los desayunos apuestan por lo casero: cada mañana sirven tartas y bollería elaboradas según “las recetas de antaño”. También preparan menús dietéticos especiales si el cliente los pide.