Abre su tienda el mismo día que el fuego le quema la casa en Pamplona: “Ahora malvivimos con mis padres”
A Sandra Dalila Vivas Morata, de 51 años, la vida le ha cambiado de golpe y sin avisar. Lleva 12 años en Navarra, tiene doble nacionalidad española y argentina, y desde hace dos meses vive como puede tras perder su casa en un incendio en Pamplona. “Nos hemos quedado sin casa. Extraño mi casa y extraño mi cama”, confiesa, con una mezcla de cansancio y rabia.
La llamada le llegó el mismo día que recibía las llaves de la tienda de chucherías Urtxintxa, en Echarri Aranaz. Según cuenta, le avisaron de que “el restaurante chino de la Rochapea se ha quemado y con él mi casa”. Desde entonces, la situación familiar ha quedado patas arriba: “Ahora malvivimos con mis padres (Adolfo y Ana) en la casita de la huerta que no tiene habitabilidad, que aquí le llaman un almacén”, relata.
Esa “casita” es, en realidad, una casita de huerta sin condiciones para vivir. No es un domicilio habitual, ni una vivienda preparada para el día a día. Pero es lo que tienen. Ahí se han instalado mientras intentan recomponer lo perdido, con lo mínimo y tirando de apoyo familiar. Dalila lo resume sin adornos: no solo se quemó una casa, se les rompió la rutina.
En paralelo, el Ayuntamiento de Pamplona ha ayudado a diez familias afectadas por los incendios registrados en los barrios de Buztintxuri y Rochapea. Les ha ofrecido alojamiento, manutención y apoyo social a las unidades familiares que no han podido regresar a sus viviendas. En el caso de Dalila, la herida sigue abierta: el incendio les dejó sin hogar y con la sensación de estar viviendo “de prestado”, incluso dentro de su propia familia.
Aun así, se obliga a seguir. “No me puedo hundir”, dice. Y explica por qué el negocio ha sido un salvavidas en mitad del golpe: “Me hubiera hundido sin la tienda. Lo invertí todo en ella”. La frase no es una metáfora. Su economía dependía de un único sueldo y, de repente, además del incendio, la presión era doble: sin casa y con un proyecto que acababa de arrancar.
En su casa, el ingreso fijo llega por el trabajo de su marido, Walter, que trabaja como vigilante jurado. Tienen tres hijos, Eri, Julián y Ariel, y Dalila llevaba tiempo buscando una salida laboral. A su edad, cuenta, lo tenía complicado; y además arrastra problemas de salud en los brazos. Por eso decidió apostar por lo suyo.
El traspaso de una tienda de chucherías le pareció una oportunidad que no podía dejar pasar. “Vi el cartel del traspaso y me pareció la segunda más bonita”, cuenta, antes de explicar la comparación: “Yo tuve una muy parecida en Pamplona, en la calle Zapatería, pero cerró con el covid”. Esta vez, no se lo pensó dos veces.
Desde que abrió, asegura que el pueblo la ha arropado. “Afortunadamente, nos está ayudando mucho la gente del pueblo”, comenta, agradecida. También destaca que quienes organizan el desfile de Olentzero y la Cabalgata de Reyes en Etxarri han confiado en ella para la entrega de regalos a las chicas y chicos cuando termina el recorrido, pese a que ella acababa de empezar al frente del negocio.
En la tienda vende dulces y golosinas —caramelos, gominolas, piruletas, chocolatinas, chicles y regaliz—, además de snacks como patatas fritas, palomitas, frutos secos y otros picoteos, y bebidas como refrescos, zumos y agua. También prepara encargos para fiestas y celebraciones, con bolsas de chuches, piñatas y pequeñas decoraciones.
Pero su idea va más allá de despachar chucherías. Aspira a vivir de esta actividad que le apasiona y a ofrecer una experiencia “divertida y diferente” para que las chicas y chicos quieran volver. Entre sus planes está organizar talleres y actividades infantiles para complementar el negocio, mientras intenta salir adelante con lo puesto, desde una caseta de huerta y con la casa todavía en la cabeza.