Un paraíso para el que no aporta, un infierno para el que madruga en Navarra
Escribo estas líneas con una mezcla de profunda tristeza, frustración y el agotamiento crónico del que no llega a fin de mes. He leído la noticia de una familia instalada en Navarra que percibe cerca de 4.000 euros mensuales sumando diversas prestaciones y subsidios, a lo que se añaden ayudas de comedor, transporte y vivienda. Todo ello sin trabajar, sin haber cotizado jamás, sin pagar impuestos y sin aportar al sistema.
Al leerlo, algo se me rompió por dentro.
Tengo cuarenta y tres años. Mi mujer y yo nos levantamos cada día a las 6:00 de la mañana. Trabajamos jornadas maratonianas, metiendo muchísimas más horas de las que nos exigen o nos pagan, para poder llevar a casa dos sueldos básicos. Somos trabajadores honrados. Nos hemos esforzado durante toda nuestra vida y, aun así, hacemos auténticos malabares cada mes para pagar la hipoteca, los recibos de la luz y llenar la nevera para dar de comer a nuestros dos hijos, algo que en los últimos años no logramos sin dificultad. Cada día todo es más caro, más complicado y más difícil para los trabajadores.
Pagamos nuestros impuestos religiosamente, hasta el último céntimo. Y lo hacemos a la vez que vemos cómo los servicios en Navarra se caen a pedazos. Nuestra sanidad está saturada (hemos vivido varios episodios desastrosos), la educación necesita recursos y las infraestructuras se deterioran, mientras contemplamos cómo se adjudican obras faraónicas a jefes de partidos políticos.
Falta dinero para lo básico, pero parece sobrar para mantener a quienes no han aportado nada y, lo que es más grave, no demuestran intención de querer hacerlo. No buscan trabajar o aportar a la sociedad, sino recibir lo máximo sin límites y sin contraprestaciones.
Que quede clara una cosa: no escribo desde el odio ni la insolidaridad.
Creo firmemente en ayudar a quien lo necesita, en dar un empujón al que pasa por un mal bache o sufre una desgracia. Navarra es una tierra de gente humanitaria y solidaria, y siempre ha aceptado con cariño y respeto a todo el que llega de fuera con ganas de labrarse un futuro.
Pero una cosa es la solidaridad y otra muy distinta es ser el tonto al que le toman el pelo y le roban cada día el fruto de su trabajo y su sacrificio.
No quiero que Navarra se convierta en un paraíso para quienes vienen a vivir del cuento. No es de recibo que se entregue dinero público sin límites, sin control y sin la exigencia moral y legal de buscar un trabajo y aportar algo a la sociedad que te acoge. No se puede entregar una cantidad obscena del dinero de todos a cambio de nada. El sistema actual nos exprime a los que madrugamos para regalar a manos llenas a quienes no tienen ningún incentivo para esforzarse.
Mi mujer y yo tenemos dos hijos. Nos desvivimos por criarles en valores. Tratamos de inculcarles cada día la cultura del esfuerzo, el valor del trabajo, la importancia de ser buenas personas y de arrimar el hombro por la sociedad. Pero confieso que, en estas ocasiones, se me cae el alma a los pies.
¿Con qué cara miro a mis hijos a los ojos y les digo que estudien y se esfuercen, cuando el ejemplo que ven a su alrededor es que en este país vive mejor el que no hace nada que el que se deja la piel trabajando?
Quiero que los políticos piensen en los ciudadanos que trabajamos y que somos los que merecemos un trato acorde a nuestro esfuerzo. Si no lo hacen, está claro que deberemos encontrar otras ideas que pongan orden y sentido común, porque no estamos dispuestos a soportar y a vivir estas injusticias decididas de manera arbitraria y con un claro objetivo clientelar.
Ojalá los políticos que gestionan nuestro dinero bajen algún día a la calle, pongan el despertador a las seis de la mañana y entiendan el daño irreparable que le están haciendo a la clase trabajadora.
Carta enviada por Javier A. Z., padre de familia y trabajador navarro.