"La normalidad en Ceuta no se recobrará hasta que se expatríe por vía de urgencia a los miles de magrebíes que todavía permanecen en España".
Lo ocurrido en Ceuta el 30 de julio fue una invasión. Un ensayo para la ocupación de una ciudad que, aunque esté al otro lado del Estrecho, lleva más de quinientos años formando parte indisoluble de la Nación española. Recuerdo que cuando era joven escribí un artículo titulado Foralidad para la vanguardia española. Después de exponer las razones históricas de la españolidad de Ceuta y Melilla, defendía la necesidad de dotar a las ciudades de Ceuta y Melilla de un estatus especial. De autonomía.
En 1995 se aprobó el Estatuto de Autonomía de Ceuta para el ejercicio de su autogobierno. Así dice su artículo 1.º: “Ceuta, como parte integrante de la Nación española y dentro de su indisoluble unidad, accede a su régimen de autogobierno y goza de autonomía para la gestión de sus intereses y de plena capacidad para el cumplimiento de sus fines, de conformidad con la Constitución, en los términos del presente Estatuto y en el marco de la solidaridad entre todos los territorios de España”.
Con motivo de esta brutal violación de la soberanía nacional, organizada sin lugar a dudas por Marruecos, que sueña con conseguir el Gran Magreb, que, además de Ceuta y Melilla, incluiría a las Islas Canarias, se ha hecho un paralelismo con la Marcha Verde de 1975, ordenada por el rey Mohamed V. Es un gran error. El Sahara Occidental era una provincia española, pero no dejaba de ser una colonia incluida por las Naciones Unidas en la lista de países a descolonizar.
Pero Hasan II, rey de Marruecos, tenía otros planes. El 6 de noviembre de 1975 —cuando Franco agonizaba y Don Juan Carlos había asumido las funciones de jefe del Estado—, unos 350.000 civiles marroquíes, desarmados, portando banderas de su país y ejemplares del Corán, cruzaron la frontera norte del Sahara Occidental, cerca del puesto de Tah. El 5 de noviembre de 1975, España, Marruecos y Mauritania. Don Juan Carlos dio la orden de retirada.
Por los Acuerdos de Madrid, de 14 de noviembre de 1975, España cedió a Marruecos y Mauritania la administración temporal del Sahara. Y, a principios de enero de 1976, España se retiró definitivamente. Hay que hacer notar que el Ejército español estaba muy preparado para la defensa del territorio y era muy superior al Ejército marroquí.
Los Acuerdos de Madrid violaban radicalmente las decisiones de la ONU, que los declaró nulos. Pero Marruecos no ha hecho marcha atrás. Los partidos de la oposición en la clandestinidad (PSOE, Partido Comunista y los demás partidos de izquierda) acusaron a Don Juan Carlos de “traición” por haber abandonado a los saharauis. Al mismo tiempo, condenaban a Marruecos por haber organizado la Marcha Verde.
Asimismo, llegaron a decir que no estaban dispuestos a permitir que jóvenes españoles de reemplazo murieran por ese territorio. Algo que pensábamos la mayoría de los españoles, que vivimos con gran preocupación los acontecimientos. Eso es precisamente lo que evitó Don Juan Carlos. En un momento especialmente delicado ante la inminente muerte de Franco.
Nada de lo que acabo de escribir tiene que ver con lo sucedido el pasado 30 de julio. Ni Ceuta ni Melilla son colonias españolas, sino una parte entrañable del territorio español.
Otra cosa es que el rey Hassan II, al igual que su padre, organizó una Marcha Azul, a sabiendas de que no serían rechazados a tiro limpio, so pena de provocar una gran masacre, incompatible con un país que respeta los derechos humanos y es amante de la paz, lo que no significa que renuncie a la defensa de su integridad territorial. Y, cuando había conseguido su objetivo, dio orden de retirada.
Y otra cosa es que el Gobierno español, a pesar de que el CNI había informado de lo que preparaba Marruecos, no hubiera tomado medidas eficaces para blindar la frontera de la ciudad. La mayoría de los españoles estamos escandalizados por la incompetencia de nuestro Gobierno.
Sánchez y unos cuantos ministros visitaron Ceuta y negaban la evidencia. Todo estaba controlado, no había ningún problema de sanidad y los hospitales funcionaban con normalidad. Todo eran exageraciones del PP, que ha arropado desde el primer momento y de una forma constructiva al héroe de Ceuta, Juan Jesús Vivas.
La normalidad en Ceuta no se recobrará hasta que se expatríe por vía de urgencia a los miles de magrebíes que todavía permanecen en España, cada vez más agresivos con los militares, guardias civiles y policías, sin que al ministro Marlaska se le caiga la cara de vergüenza por el estado lamentable en el que prestan su servicio.
Y hay otro asunto que afecta personalmente a Pedro Sánchez y que demuestra el estado de deterioro en que se encuentra. La Marcha Azul se produjo mientras el presidente estaba en el palacio de lujo de La Mareta disfrutando de sus vacaciones. Es verdad que al día siguiente estuvo un par de horas en Ceuta, pero, a renglón seguido, regresó a La Mareta, desde donde nos recomendó canciones y libros para el verano, como si no pasara nada.
Eso fue una afrenta a los ceutíes y demuestra una gran bajeza moral. Ahora lo pretende compensar con el anuncio de una batería de medidas, muy necesarias y, al parecer, acertadas, si se cumplen. Sánchez ha agradecido al pueblo ceutí “la serenidad, solidaridad y la responsabilidad que ha demostrado durante estas semanas”.
¿Puede el pueblo ceutí agradecer su incapacidad, su indiferencia y su falta de solidaridad? Si pudieran, le exigirían su responsabilidad política.