Chivite, el triunfo del odio, Ceuta y el negocio de las ONGs
Por la mañana, María Txibite fue a la peluquería a quitarse la permanente y nos enseñó en Instagram el tatuaje que lleva en el brazo: «Mejor pedir perdón que pedir permiso». Tenemos una presidenta que se ha cosido a la piel una de aquellas frases horteras y cursis de El Muro de la Super Pop. De esas que la gente copiaba después en las carpetas clasificadoras de primero de BUP. «El amor es ciego, pero los vecinos no». Chorradas así. Nivelazo.
Por cierto, niños, no le hagáis ni puto caso a la presidenta: vosotros pedid permiso siempre. Muchas agresiones sexuales empiezan precisamente cuando alguien decide que es mejor pedir perdón que pedir permiso.
Por la tarde, descansada ya de su agotadora jornada en la peluquería, Txibite cogió el móvil —o se lo cogió alguien de su equipo, porque esta no publica ni un «buenos días» que no aparezca en el argumentario diario de Ferraz— y puso un tuit. Se acordó de que había sido educada «en valores humanos y cristianos» y llamó «triunfo del odio» a la protesta desesperada de los ceutíes.
Esa gente vive con miedo después de la invasión que ha sufrido y siente que el Gobierno de Sánchez la ha dejado tirada. Y Txibite concluye que los odiosos son ellos. Lo hace a mil kilómetros de distancia. Anda que no se puso digno su Gobierno cuando unos tractores tocaron la bocina cerca de su casa en Gorraiz. Entonces sí había familias, menores y entornos personales que proteger.
Yo no sé qué esperaba el PSOE que sucediera. Pierdes el control de la frontera, dejas a miles de personas tiradas en playas, polígonos y barrios, permites que se sucedan las agresiones y las violaciones, abandonas a los vecinos durante semanas y, cuando finalmente se cabrean, para lo único que te pones a los mandos es para acusarlos de odio.
Qué mala suerte tiene siempre el PSOE con los ciudadanos corrientes. Si no somos fascistas, somos racistas.
Los ceutíes llevan semanas poniendo sus casas, sus calles, sus comercios, su seguridad y sus hijos. El Gobierno ha puesto algunas ruedas de prensa y sus ministros han acabado tirándose los trastos entre ellos. Ahora llega Txibite y les pide que pongan también la otra mejilla. Ella no pone ninguna, naturalmente. Ella pone un tuit.
El problema para la izquierda que vive del negocio negrero es que los ceutíes, que están en el fango, han descubierto en sus propias carnes el pastel de las ONG. Las ven como parte del problema. Normal. Las ONG cobran por cada problema que atienden, no por cada problema que solucionan. Sin inmigrantes no hay centros. Sin centros no hay contratos ni subvenciones. Puedes llamarte entidad sin ánimo de lucro y tener muchísimo ánimo de facturar. No es incompatible. Han montado una industria prodigiosa: cuanto peor funciona, más dinero público necesita para seguir funcionando.
Pero Txibite ha encontrado el odio en los ceutíes. Tiene buen ojo para localizarlo cuando no afecta a sus socios. Hace un mes, un grupo de encapuchados entró con barras y porras en una terraza de Berriozar y dejó seis heridos entre quienes veían la final del Mundial. El PSN empezó queriendo «condenarlo» y terminó dejándolo en «rechazo», una palabra mucho más cómoda para el partido de la ETA que le aprueba los presupuestos. Para rebajar la condena, rebuscaron hasta encontrar una coartada ideológica entre los agredidos.
Así funciona la violencia en la España del sanchismo: no te pegan por ser fascista o racista; te llaman fascista o racista para poder pegarte. Para las agresiones aberchándales, hilemos fino; para los pobres ciudadanos de Ceuta, volquetes de mierda desde la Presidencia del Gobierno de Navarra.
Al final va a resultar que la lucha por los derechos humanos que nos ha tocado librar a nosotros es parar el negocio negrero con el que la izquierda se está forrando. Porque no hay nada humanitario en desproteger las fronteras, dejar que entren miles de personas, abandonarlas en una playa y pagar después cientos de millones a una industria para que administre el desastre.
El cristianismo de Txibite consiste en poner la otra mejilla: la nuestra, naturalmente. La de quien paga y padece el negocio, nunca la de quien cobra. Y eso es todo.