• miércoles, 26 de agosto de 2026
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Opinión / A mí no me líe

El alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, ya no escucha a las piedras

Por Javier Ancín

"Ahora han aparecido otras piedras, bajo una obra de quienes antes se encadenaban a ellas. Y ahí están, sobre sus palés, sin que nadie las llore. Nadie se encadena".

Joseba Asiron y Joxe Abaurrea sobre una foto de las ruinas de la Plaza del Castillo.
Joseba Asiron y Joxe Abaurrea sobre una foto de las ruinas de la Plaza del Castillo.

Circula una foto de cuerpo presente. Los sillares de una antigua muralla de Pamplona descansan sobre unos palés de madera. Al fondo espera una excavadora. Lo extraño de la fotografía no son los muertos. Lo extraño es que han desaparecido las plañideras.

Pamplona estaba llena de plañideras cuando las excavadoras no eran las suyas.

Durante veinticinco años nos dieron la murga los aberchándales con la memoria de las piedras. Las piedras tenían dignidad, antepasados, casi biografía. Moverlas era un expolio; construir sobre ellas, una profanación. La historia entera de Pamplona parecía caber en un sillar siempre que hubiera alguien de UPN intentando moverlo.

Por si queda algún ingenuo: no amaban las piedras. Amaban llorarlas cuando podían echarle la culpa a otro.

La Plaza del Castillo fue su gran velatorio. Bajo las obras del aparcamiento aparecieron restos y durante años nos explicaron que aquella infraestructura se había levantado sobre el cadáver de Pamplona. Hubo pancartas, indignación y toneladas de sensibilidad arqueológica.

Al menos de aquello quedó algo para los vivos. Más de veinte años después, el aparcamiento de la Plaza del Castillo sigue lleno. Sirvió para que el Casco Viejo pudiera seguir siendo una parte de la ciudad y no un museo. Porque conservar una ciudad no consiste en embalsamarla. Consiste en conseguir que la vida siga ocurriendo dentro.

Los principios absolutos se conservan mucho mejor en la oposición. No hay presupuestos, plazos ni obras capaces de estropearlos. Todo puede salvarse, nada debe tocarse y cualquier renuncia pertenece siempre a la maldad del que gobierna. El problema empieza cuando llegas al sillón y descubres que la realidad también tiene derecho a voto.

El poder tiene también sus propias palabras. Lo que desde la pancarta era expolio, desde el despacho aberchándal se convierte en actuación. La profanación, obra pública. No hace falta cambiar de principios cuando basta con cambiarles el nombre. Y las piedras, que tienen memoria según quién las desentierre, tampoco pueden protestar por el cambio de vocabulario.

Ahora han aparecido otras piedras, bajo una obra de quienes antes se encadenaban a ellas. Y ahí están, sobre sus palés, sin que nadie las llore. Nadie se encadena. Nadie escucha el lamento de los siglos. Las plañideras que tanto lloraron en la Plaza del Castillo pasan ahora junto al cadáver sin detenerse.

Este muerto ha tenido la mala suerte de aparecer bajo una obra suya.

La muralla que defendió Pamplona no ha podido defenderse de los aberchándales. La han dejado de cuerpo presente y nadie ha venido a llorarla.

Las plañideras ya tienen la alcaldía. Y eso es todo.

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