La desidia política vuelve a quemar San Cristóbal
Por si no tuviéramos bastante con el calor de este final de curso, ayer volvió el espectáculo habitual: una humareda elevándose sobre Pamplona, olor a quemado colándose por las ventanas y esa atmósfera de ceniza que convierte la ciudad durante unas horas en un decorado casi fantasmal. Ya está aquí el tradicional incendio de San Cristóbal, señora. Pasen y vean. Disfruten de nuestro folclore milenario.
Mientras escribo estas líneas desde mi atalaya de Iturrama, todavía veo pasar un helicóptero con la bolsa colgando camino del monte para cargar agua una y otra vez. Hay tradiciones en Pamplona que parecen milenarias y, sin embargo, llevan menos repeticiones que ese helicóptero subiendo y bajando San Cristóbal cada verano. Es una imagen que, por desgracia, ya casi no sorprende a nadie.
Y ahí está la movida: la falta de sorpresa. Cuando algo deja de sorprendernos es cuando empezamos a asumirlo como inevitable. Nos acostumbramos. Un incendio más. Otro verano. Otra columna de humo. Otra vez San Cristóbal.
Entonces llega la explicación de siempre, el comodín de las explicaciones, el as de bastos que gana cualquier discusión y sepulta cualquier pregunta adicional, cualquier duda: el cambio climático.
Claro que hace más calor. Pero, por lo que sea —y ese “lo que sea” es precisamente la pregunta que los que gobiernan no responden—, el cambio climático parece tener una querencia particular por San Cristóbal. Porque el mismo cambio climático afecta a cualquiera de los montes que rodean la comarca de Pamplona. Sin embargo, el que vuelve recurrentemente a las noticias es casi siempre el mismo. ¿Por qué?
Si un mismo monte arde repetidamente, ¿no convendría investigar qué ocurre exactamente en ese lugar? ¿Se conocen las causas concretas de los incendios anteriores? ¿Se ha reforzado la vigilancia? ¿Se han mejorado los accesos? ¿Se limpia suficiente monte? ¿Existen puntos especialmente vulnerables? ¿Se han corregido si esos puntos ya fueron detectados hace años? Resolver un problema exige gestión. Buscar un culpable abstracto exige únicamente un tuit. Y a vivir, es decir, cobrar el sueldo y colocar a la parienta y al pariente en la Servinabar de turno para que ganen el suyo, que requiere bastante menos esfuerzo que prevenir el siguiente incendio.
No son preguntas extravagantes. Son las preguntas normales que cualquiera haría cuando un problema se repite.
Pero vivimos tiempos en los que formular determinadas preguntas parece casi una provocación. Si preguntas demasiado, enseguida aparece alguien dispuesto a señalarte. Cualquier duda te convierte en un negacionista, un negacionista facha, es decir, en un facha a secas, que es de lo que vive esta peña: de llamar facha a todo el que no se conforma con la versión oficial. Tú llamas facha y ya no tienes que responder de tu gestión. Jugada maestra.
El cambio climático se ha convertido en una explicación comodín. Me recuerda a mi abuela, que encontraba la causa de cualquier mal en las lombrices. Te dolía la cabeza: lombrices. Te dolía la tripa: lombrices. Te torcías un tobillo jugando al fútbol: lombrices. ¿El rasponazo de la caída de la bici? También las lombrices.
Los gobernantes de Navarra viven más cómodos administrando los problemas que resolviéndolos. Porque investigar, prevenir y corregir exige trabajo, planificación y dinero. Repetir un eslogan cuesta infinitamente menos.
Ojalá el próximo verano el humo sobre Pamplona no vuelva a salir, una vez más, exactamente del mismo sitio. Y eso es todo.