Javier Remírez es una ruina

Javier Remírez, junto con Santos Cerdán.
"El Gobierno de Navarra ha descubierto el secreto definitivo para que una obra pública jamás vaya con retraso: no dar fecha y negar que esté parada."

Cada vez que leo al vice Remírez explicar que la obra parada en Velate en realidad se está moviendo, regreso a mis grandes referentes culturales y filosóficos: las películas ochenteras de risa de mi infancia. ¿Cuándo acabará el túnel? Ni idea.

En Esta casa es una ruina, Tom Hanks compra una mansión estupenda que empieza a caerse a pedazos en cuanto entra a vivir. Contrata a unos albañiles y, cada vez que pregunta cuánto falta para terminar la obra, recibe la misma respuesta: dos semanas. Pasan cuatro meses, la casa sigue patas arriba y continúan faltando dos semanas.

Aquellos albañiles eran unos profesionales comparados con Javier Remírez. Al menos daban un plazo. Remírez te da la chapa hasta que empiezas a dudar de que el túnel exista.

En Velate ya no sabemos cuándo acabarán las obras. Tampoco cuánto van a costar. La adjudicación rondaba los 76 millones, apareció un modificado con 7,6 millones de sobrecostes y las empresas y el Gobierno mantienen discrepancias económicas por trabajos ya realizados.

Por medio estaba Servinabar, la empresa del amigo socialista Cerdán, aquel órgano común permanente entre aberchándales y socialistas para practicar el viva el mal, viva el capital con las adjudicaciones públicas. La Oficina Anticorrupción acabó declarando nula la adjudicación por fraude y graves irregularidades administrativas. La realidad tiene esas cosas: por mucho que Remírez la explique, termina ocurriendo.

Ahora la obra está prácticamente paralizada.

Bueno, eso lo sabemos ustedes, amados lectores, y yo.

El vice Remírez sabe otra cosa.

"No hay una paralización, sino una secuencia de actuación de la obra".

Este hombre es maravilloso.

La obra está parada pero, según Remírez, está parada porque quiere. Como esos novios a los que dejan y durante tres meses cuentan que la ruptura fue de mutuo acuerdo. De mutuo acuerdo mis cojones. Te han dejado. Y Velate está parado.

Hay que reconocer que Remírez es buenísimo en lo suyo. Como buen sanchista, ha conseguido emanciparse completamente de los hechos. Le entregan un argumentario y puede avanzar con él hasta el fin del mundo, aunque por el camino tenga que sostener que el fuego moja, que la lluvia quema o que una excavadora inmóvil está avanzando. Tú paras una tuneladora y Remírez pone en marcha el diccionario.

Una "secuencia de actuación" es, además, un hallazgo formidable. Si mañana los obreros se marchan definitivamente a casa, Velate entrará en una secuencia de descanso. Si el túnel se llena de agua, tendremos una secuencia hídrica. Y si acaba costando el doble, será una secuencia presupuestaria.

El Gobierno de Txibite lleva tanto tiempo explicándonos que las cosas que vemos no son las cosas que vemos que ya dispone de un idioma propio. Ante las discrepancias económicas de Velate sostiene incluso que su existencia demuestra que "los procedimientos y los mecanismos de control funcionan".

Cuantos más problemas aparecen, mejor funciona el Gobierno.

Han construido un sistema político en el que resulta matemáticamente imposible fracasar. Si no aparecen irregularidades, los controles funcionan porque no las hay. Si aparecen, los controles funcionan porque las han encontrado. Si la obra avanza, avanza. Si se para, también avanza, pero en forma de secuencia de actuación.

Remírez podría caerse por un barranco y llegar abajo satisfecho con la secuencia de descenso.

En junio, Txibite se fue a Velate a celebrar que las excavaciones realizadas desde los dos extremos del túnel por fin se habían encontrado. Hubo fotos, cascos y esa felicidad institucional que producen las obras cuando todavía pueden inaugurarse por fascículos. Desde entonces, apenas se ha avanzado.

Tom Hanks habría preguntado cuánto falta.

Dos semanas.

Remírez ha mejorado incluso aquella respuesta. Cuarenta años después de Esta casa es una ruina, el Gobierno de Navarra ha descubierto el secreto definitivo para que una obra pública jamás vaya con retraso: no dar fecha y negar que esté parada.

Dos semanas. Y eso es todo.