“Si el centro-derecha gana en el Estado, Navarra se convertirá en un bastión de resistencia institucional “progresista”. El Gobierno foral utilizará el autogobierno y los derechos históricos como escudo frente a las políticas de Madrid”.
“Si el centro-derecha gana en el Estado, Navarra se convertirá en un bastión de resistencia institucional “progresista”. El Gobierno foral utilizará el autogobierno y los derechos históricos como escudo frente a las políticas de Madrid”.
Navarra mantiene un régimen foral histórico reconocido en la Constitución, que suele funcionar siempre con un ritmo político propio, independiente de las olas o mayorías que se forman en Madrid. Junto a Cataluña y el País Vasco, la Comunidad Foral se ha consolidado como una “anomalía” política para el centro-derecha español, donde la fragmentación y la fuerza del bloque progresista y soberanista hacen casi imposible un vuelco electoral a su favor.
Tradicionalmente, UPN ha defendido la “navarridad” y ha gobernado en Navarra durante seis legislaturas, coincidiendo solamente con otro gobierno del mismo signo en el Estado en dos períodos de la historia democrática actual, ya que habitualmente el PSN facilitaba su investidura para frenar al nacionalismo vasco.
En 1996, tras la crisis del Gobierno foral, el regionalista Miguel Sanz coincidió durante dos legislaturas seguidas (1996-2004) con un Gobierno de la nación de centro-derecha liderado por José María Aznar, siendo este quizás uno de los periodos más fructíferos y estables de Navarra. Posteriormente, entre 2004 y 2011 —durante las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero—, UPN retuvo el poder apoyándose de forma externa o mediante pactos presupuestarios con el PSN. Por el contrario, cuando gobernó Mariano Rajoy en Madrid, se produjo el cambio “progresista” en Navarra de 2015 a 2018.
Este primer autodenominado bloque “progresista”, liderado por Geroa Bai, se formó tras la errónea opción de UPN con la sucesora en el Gobierno foral para el periodo 2011-2015 (una “sombría etapa”, la calificaba el presidente de la Cámara de Comercio), que provocó la abrupta ruptura con el PSN a los dos años de legislatura. Esto propició que, desde el año 2015, sea el bloque progresista quien gobierne en Navarra, acumulando UPN ya tres mandatos en la oposición.
El PSN ha encontrado una fórmula de poder estable liderando el bloque progresista, manteniendo una dinámica muy asentada que complica un posible vuelco electoral a corto plazo. Las manifestaciones de su lideresa ratifican que “este modelo de ejecutivo funciona y tiene un largo recorrido de futuro”, calificando su gestión como “un baluarte de estabilidad, progreso y normalidad democrática”.
Esta postura cierra la única vía tradicional que podría tener el centro-derecha para gobernar. Además, un portavoz de EH Bildu, socio fundamental del Ejecutivo, ha sido tajante: “Si es por EH Bildu, UPN no va a gobernar”. Por lo tanto, salvo la siempre ambigua e histórica postura del PNV, o su franquicia navarra, de alinearse con el ganador, la situación está clara, aunque todo es posible en política.
La polarización de la ciudadanía navarra es evidente y apenas admite consenso, moderación ni diálogo. Respecto a la polarización, traigo a colación un artículo titulado La orfandad del voto, escrito por la doctora en Historia Belén Moncada, en el que, como “ciudadana preocupada”, se preguntaba: ¿A quién votamos si todos los partidos de este país defienden un pack ideológico monolítico, estanco a cualquier diálogo?
Igualmente, resultan interesantes las declaraciones del profesor Vincent Pons en Semanal XL: “La animosidad hacia los votantes del otro partido es grave. Si odiamos al otro, apoyaremos a quien diga que hará lo que sea, para que ellos no lleguen nunca al poder”. Gobernar “a la contra” es la forma “progresista” de gobernar obviando el PROGRESO.
Las últimas encuestas de ámbito nacional otorgan la mayoría a las fuerzas de derecha y centro-derecha para el Gobierno de la nación, especialmente tras la vergonzosa y sospechosa desidia del Ejecutivo nacional ante la invasión de la ciudad autónoma de Ceuta. Sin embargo, las encuestas en clave foral ofrecen una gran similitud con los resultados de las elecciones de 2023.
Esto indicaría el escaso impacto que los acontecimientos nacionales tienen sobre el voto navarro, a pesar de los escándalos de corrupción a escala estatal o de la situación de la sanidad, la vivienda y la seguridad a escala local. Tampoco se aprecia ningún castigo electoral por la trama corrupta local de Servinavar y sus “socios”.
El porcentaje de voto de las fuerzas del bloque progresista supera con diferencia a la posible suma de las formaciones de derecha y centro-derecha, las cuales se ven penalizadas con la pérdida de algún escaño debido a su separación electoral. Podría existir, asimismo, una pequeña influencia que varíe algo los resultados debido al incremento del censo por los miles de nacionalizaciones otorgadas en los últimos meses.
Si el centro-derecha gana en el Estado, Navarra se convertirá en un bastión de resistencia institucional “progresista”. El Gobierno foral utilizará el autogobierno y los derechos históricos como escudo frente a las políticas de Madrid. Navarra —a pesar de lo que proclama el artículo 1 de la LORAFNA— corre peligro y está en el alero. Si la derecha ocupa el poder en la Moncloa, por tradición histórica parece que no toca que haya un gobierno del mismo signo en Navarra.
No pretendo alarmar ni desanimar; es una predicción basada en encuestas, que ojalá no se cumpla en lo que concierne a Navarra, pero es la realidad. No obstante, todavía hay tiempo para abandonar la “orfandad del voto”.