El PSOE levanta fronteras en Ceuta contra las mujeres violadas
Detrás del ruido que monta el PSOE con cada asunto para pirarse de rositas suele quedarse lo importante. Arman la bulla, levantan polvo y, cuando se asienta, resulta que debajo sigue esperando el problema que solo ellos, como Gobierno, podían solucionar.
Desde la invasión de Ceuta a finales de julio, según fuentes de la Guardia Civil que leímos en la prensa esta última semana, se han registrado quince agresiones sexuales. Quince. Más de una al día. Entre las víctimas hay menores. Una niña de diez años aparece en uno de los últimos casos investigados. En España tenemos hasta un ministerio dedicado a proteger la libertad de las mujeres, pero estos días, lejos de su estruendo propagandístico habitual, se han quedado muditos, como uno de los siete trabajadores de talla no normativa de Blancanieves.
Y sabemos cómo suena el estruendo. Sobre todo cuando no hace falta.
El feminismo oficial ha desarrollado durante años un instrumental de precisión extraordinario. Una especie de nanotecnología contrapatriarcal capaz de encontrar machismo en partículas que el ojo humano no alcanzaba a distinguir. Abrir demasiado las piernas en el metro mereció un nombre en inglés rimbombante, manspreading, campañas públicas y hasta señalamientos a inofensivos ciudadanos en los transportes públicos. Llegamos a medir la opresión machista por la distancia que había entre las rodillas de un señor sentado en un vagón. Quince agresiones sexuales después, el instrumental se ha averiado. No opera con muestras tan evidentes. Se atasca, se empacha de realidad.
España es uno de esos países tan administrativamente desarrollados que hasta la indignación tiene ministerio. Hay presupuesto, altos cargos, asesores, observatorios, campañas, protocolos y un vocabulario completo para cada milímetro de la opresión. Sánchez dispone de toda una maquinaria estatal para defender la libertad de las mujeres. Lo extraordinario es que la maquinaria solo arranca cuando el combustible electoral tiene el octanaje correcto.
España aprendió con La Manada que una agresión sexual podía convertirse en un asunto de Estado. Ahora estamos aprendiendo que no todas pueden.
El feminismo oficial administra la indignación como una aduana ideológica. Antes de dejar pasar a una víctima, inspecciona al agresor. En la ventanilla de Igualdad piden documentación, pero no la de ella. La de él. No importa el pasaporte de la víctima. Importa el del violador.
Si te violan, ahí sí hay fronteras. Y esas la izquierda las defiende con toda su potencia de fuego.
Mujer, procura que te viole el tío correcto. Blanco, español, católico y de derechas. Ese es el violador perfecto para el feminismo oficial. Con él tienes asegurados pancartas, comunicados, minutos de televisión, declaraciones solemnes y toda la artillería moral del Estado. Si tu agresor pertenece a alguno de los colectivos que su relato necesita proteger, te conviertes en una víctima incómoda. Una de esas desgracias que cotizan a la baja en el mercado de la indignación.
El feminismo que prometió colocar a la mujer en el centro ha terminado colocando allí al hombre. Necesita conocer su origen, su religión y su casilla ideológica antes de decidir cuánto vale políticamente el sufrimiento de ella. Castiga con entusiasmo conductas diminutas y pierde la voz ante delitos gravísimos cuando condenarlos estropea sus relatos.
Ese es el verdadero fracaso del feminismo oficial. No haber exagerado tantas veces el machismo, sino haber terminado relativizándolo cuando no le conviene. Una causa empieza a pudrirse cuando necesita que algunas víctimas hagan menos ruido para que sus ideas puedan seguir teniendo razón.
En Ceuta ya son quince. Pero no todas las víctimas consiguen cruzar la frontera. Y eso es todo.