“El japonés llega desde Tokio, duerme cuatro noches en un hotel, desayuna, come, cena, bebe sin meterse con nadie, compra un pañuelo rojo, deja aquí sus euros y se vuelve a Japón”.
La xenofobia está fatal salvo cuando el extranjero es una persona inofensiva que lleva una maleta con ruedas. Entonces puedes señalarlo, cobrarle más por estar aquí y explicarle que su presencia molesta. Si además camina despacio, con la mirada hacia arriba, contemplando balcones, fachadas o torres de iglesias y cometiendo la osadía de sacarse alguna foto, puto provocador, ya tenemos culpable al que mirar con asco.
Tourists go home.
El Ayuntamiento de Irroña está empeñado en cobrar una entrada para venir a los Sanfermines. Leña al que venga de fuera. Doble castigo al migrante lúdico, que tiene que salir de su país para encontrar una vida de ocio mejor y encima quieres cobrársela.
¿Por qué odias al japonés, Asirón? ¿Qué te ha hecho? Cuéntanos tus traumitas.
El japonés llega desde Tokio, duerme cuatro noches en un hotel, desayuna, come, cena, bebe sin meterse con nadie, compra un pañuelo rojo, a veces hasta una bota de vino o una boina, deja aquí sus euros y se vuelve a Japón. No exige una subvención ni sanidad gratis. Ni siquiera quiere quedarse. El turista tiene una virtud extraordinaria como enemigo político: no te cuesta un duro, no crea problemas y viene con fecha de salida. Y, aun así, va y esos migrantes no te gustan.
Quieres disuadirlos de venir. Insensible. Inhumano.
Durante años hemos escuchado que desconfiar del que viene de fuera era de ultraderecha. Que ninguna persona es ilegal, que las fronteras eran cicatrices sobre los mapas, que la diversidad nos enriquecía y que había que combatir el rechazo al diferente.
Estupendo.
¿Qué te ha hecho el japonés, Asirón?
Pamplona está hermanada con Yamaguchi desde 1980. Hasta tenemos un parque que lleva su nombre, con un jardín diseñado por paisajistas japoneses como símbolo de aquella amistad. Hace poco más de un año Asirón recibió aquí al alcalde de Yamaguchi, celebraron 45 años de hermandad y plantaron seis cerezos juntos. A los poderosos, alfombra; al vecino de Yamaguchi, paga y calla.
No sé en qué momento los Sanfermines dejaron de ser universales. A mí siempre me habían contado que aquí bastaba con ponerse un pañuelo rojo para que se diluyera la diferencia entre el de casa y el de fuera. Ahora empezamos a distinguir entre residentes y visitantes. No descartes que Asirón quiera incluso cambiarle la letra al Pobre de mí: ya falta menos para que os vayáis.
Pamplona tiene problemas de convivencia bastante menos imaginarios. En la antigua Ikastola Jaso hubo hace dos días una reyerta con armas blancas que dejó a un hombre muy grave. En agosto hubo otra y cuatro implicados acabaron en prisión. Pero, entre una navaja y una cámara de fotos, Asirón ha decidido preocuparse por el que lleva la cámara.
Luego estos de izquierda son los mismos que nos levantan el dedito cuando nos quejamos de los extranjeros problemáticos.
¿Qué coño te ha hecho el japonés, Asirón, para que lo odies así?
Y eso es todo.