Institución Futuro acaba de poner números a lo que los navarros llevamos años sintiendo en el culo: el 49 % de las carreteras convencionales presenta deterioros graves o muy graves.
Conducir por Navarra es recitar, bache a bache, el soneto de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía». Últimamente, en todo lo público solo se encuentran recuerdos de la muerte.
Si Quevedo volviera a nacer en esta Navarra decadente, compondría de nuevo los mejores sonetos de la historia. Inspiración no le faltaría. Bastaría con coger el coche.
Saldría de Pamplona con su gola, su mala hostia y un perolo cualquiera. Antes de encontrar un endecasílabo encontraría un socavón. Y un socabrón, claro, mirando hacia la Diputación. Después otro. El poeta del Siglo de Oro descubriría que hemos perfeccionado la ruina: ahora viene con señalización horizontal, carteles de «Cuidado, firme en mal estado», balizas luminosas para cuando revientes una rueda… y una consejería. Solo tenemos ruina, pero con toda la pompa que se quiera.
Institución Futuro acaba de poner números a lo que los navarros llevamos años sintiendo en el culo: el 49 % de las carreteras convencionales presenta deterioros graves o muy graves. Hay 1.204 kilómetros que necesitan actuación urgente. Para dejar la red en un estado aceptable harían falta 461 millones de euros.
Cuatrocientos sesenta y un millones. CDLXI. Así ha dejado morir el socialismo la red de carreteras de Navarra.
Quevedo volvió a casa y hasta el bastón se le había hecho viejo: «más corvo y menos fuerte». Nosotros hemos conseguido que envejezcan hasta las carreteras. Y mira que una carretera no pide mucho: alquitrán de vez en cuando y que no la gobierne un imbécil. Pero ahí siguen, más corvas y menos fuertes, mientras nosotros pagamos más impuestos para saltar más baches.
Y si el paso del tiempo no bastara, ahí está el político para acelerar la destrucción. Asiron revienta avenidas nuevas con un asfalto que daba gloria verlo —el otro día casi me da un parraque al contemplar cómo sus máquinas mordían un firme perfecto en Monasterio de Urdax, donde Iturrama Nuevo—, mientras las carreteras de Txibite se mueren esperando que alguien les eche alquitrán.
Unos destrozan el asfalto nuevo. Otros dejan envejecer el viejo. Entre todos han convertido Navarra en un despojo.
Txibite se justificará como quiera, pero un bache tiene una cualidad política admirable en estos tiempos de propaganda: no admite relato. Puedes inaugurar estrategias, presentar planes, convocar ruedas de prensa y llenar Navarra de palabras como sostenible, resiliente, inclusiva o transformadora. El bache seguirá ahí, reventando neumáticos y causando accidentes.
Hay otro soneto de Quevedo que dice: «Todo soy ruinas, todo soy destrozos». Cuatro siglos después, uno conduce por Navarra y comprende que no hace falta explicar mucho más.
Y eso es todo.