• viernes, 02 de octubre de 2026
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Opinión / Tribuna

El casero también es pueblo

Por José Luis Díez Díaz

El verdadero drama de este texto normativo de casi 100 páginas reside en su impacto directo sobre la economía de las familias trabajadoras y en confundir al gran fondo internacional con el pequeño ahorrador de clase media.

Acampada en la Puerta del Sol de la Plataforma de Inquilinas. EUROPA PRESS
Acampada en la Puerta del Sol de la Plataforma de Inquilinas. EUROPA PRESS

Desde una perspectiva de estricta técnica jurídica, el preámbulo del Real Decreto-ley 26/2026, de 29 de septiembre, publicado en el BOE, resulta insólito en nuestra democracia. La extensa exposición de motivos —casi al estilo del diario Granma de los tiempos de Fidel— abandona la sobriedad técnica exigida históricamente por el Consejo de Estado para abrazar una narrativa fuertemente ideológica, trufada de alusiones históricas a la dictadura y particularizada en casos mediáticos concretos.

El texto ha encendido todas las alarmas en el sector inmobiliario y, sobre todo, en los hogares de miles de ciudadanos de a pie ante su inminente debate de convalidación en el Congreso de los Diputados. Bajo la retórica de combatir la especulación de las grandes corporaciones, la norma introduce un agresivo marco de intervención que comete un error de diagnóstico flagrante: confundir al gran fondo internacional con el pequeño ahorrador de clase media.

El verdadero drama de este texto normativo de casi 100 páginas reside en su impacto directo sobre la economía de las familias trabajadoras. El grueso del mercado del alquiler en España no está en manos de multinacionales, sino de pequeños propietarios: el trabajador que compró un piso pensando en complementar su futura jubilación, el hijo que mantiene con esfuerzo la casa heredada en su pueblo de origen o la familia que posee un pequeño apartamento en la costa para las vacaciones.

Para este perfil de ciudadano, el alquiler de temporada o por habitaciones representaba la última red de seguridad jurídica frente al temor a la okupación o al impago crónico. Al estrangular la flexibilidad de estos contratos —obligando a justificaciones burocráticas asfixiantes bajo amenaza de sanción y topando los precios de los dormitorios—, el decreto elimina cualquier incentivo al arrendamiento.

A esto se suma la decisión del Ejecutivo de prorrogar de forma generalizada los contratos y blindar los desahucios hasta el año 2030, trasladando por la fuerza la responsabilidad de la asistencia social del Estado al ciudadano particular. La incapacidad de las administraciones públicas para edificar un parque de vivienda social eficiente no puede solventarse expropiando, de facto, la tranquilidad de las familias que han ahorrado toda su vida.

El resultado de legislar desde el dogma y el miedo ya es previsible. Ante un escenario legal tan hostil y técnicamente aberrante, el pequeño propietario no bajará los precios: simplemente cerrará las puertas de su inmueble y lo retirará del mercado. Con este decreto, el Gobierno no protege al vulnerable; desprotege el tráfico jurídico y condena al desabastecimiento a un mercado donde, muy pronto, nadie se va a atrever a alquilar.

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