La receta de Chivite: menos alquileres y más caros

Mientras desaparecen los pisos destinados al alquiler permanente, los propietarios trasladan sus viviendas al alquiler de temporada, menos expuesto a las restricciones. No han desaparecido los pisos. Han desaparecido del mercado que el Gobierno pretendía proteger.

El socialismo solo tiene un problema: que nunca funciona.

La última prueba la tenemos aquí mismo, por si alguno necesitaba nuevas evidencias. Hace unos meses, el Gobierno de Txibite prometió a bomboak y platilloak que declarar zonas tensionadas y aumentar la intervención en el mercado de la vivienda servirían para abaratar los alquileres. Acabamos de conocer el resultado en Pamplona: la oferta de alquiler permanente se ha desplomado un 39 % en solo un año, la oferta de alquiler de temporada ha aumentado un 50 % y el precio de la vivienda usada en Navarra es ya un 12,5 % más alto que hace un año. Justo lo contrario de lo prometido por el socialismo. Braboak. Aplausoak.

¿Por qué algunos no somos socialistas? Pues porque eso de las regulaciones que no funcionan no es un accidente. Es un patrón.

Cada vez que el socialismo intenta arreglar un problema mediante una nueva regulación, consigue crear otro. Entonces aprueba otra regulación para corregir los efectos de la primera. Y así, hasta el infinito.

Es una especie de carrera entre el BOE y la realidad. Pero la realidad siempre gana.

Se justifican diciendo que son buena gente y tienen buenas intenciones. Como si los que nos oponemos al socialismo lo hiciéramos por algo diferente. No te jode. Como si quienes criticamos esas políticas prefiriéramos que los jóvenes no pudieran alquilar una vivienda. Precisamente nos oponemos porque sabemos que esas recetas terminan perjudicando a quienes dicen querer proteger.

La vivienda es un ejemplo perfecto. Un piso no aparece porque un político firme un decreto. Aparece cuando a un propietario le compensa alquilarlo. Si cada vez hay más límites, más inseguridad jurídica, más obligaciones y menos libertad para fijar las condiciones del contrato, muchos propietarios hacen exactamente lo que cualquier persona haría: venden el piso, lo destinan a otro uso o, sencillamente, dejan de alquilarlo.

Eso es exactamente lo que muestran ahora los datos. Mientras desaparecen los pisos destinados al alquiler permanente, los propietarios trasladan sus viviendas al alquiler de temporada, menos expuesto a las restricciones. En Pamplona, esa modalidad ha crecido un 50 % en apenas un año. No han desaparecido los pisos. Han desaparecido del mercado que el Gobierno pretendía proteger.

Y cuando hay menos oferta para la misma demanda, los precios suben.

No hace falta ser economista. Basta con haber comprado alguna vez un kilo de cerezas en un año de mala cosecha.

Lo curioso es que, mientras aquí seguimos convencidos de que el Estado puede derogar las leyes de la oferta y la demanda, hay países que han decidido recorrer el camino contrario. El actual Gobierno argentino eliminó buena parte de las restricciones sobre el mercado del alquiler. Muchos pronosticaron un desastre. Ocurrió exactamente lo contrario: aumentó la oferta de viviendas disponibles.

¡Quién nos lo iba a decir hace unos años! Resulta que Argentina ya no puede enseñarnos a jugar al fútbol, pero sí puede darnos lecciones sobre cómo conseguir que haya más pisos en alquiler.

Después de décadas dándose de bruces contra el socialismo, han comprendido algo muy sencillo: cuando un bien escasea, perseguir a quien lo ofrece no hace que aparezca más. Hace que desaparezca. Puedes prohibir que un termómetro marque cuarenta grados, pero el calor seguirá ahí. Puedes decretar que los alquileres tienen que ser más baratos. Si consigues que desaparezcan miles de viviendas del mercado, habrás logrado exactamente lo contrario de lo que pretendías.

Y eso es, precisamente, lo que vuelve tan desesperante al socialismo. No aprende de sus propios errores. Cuando una regulación fracasa, nunca concluye que sobraba regulación. Concluye que faltaba otra más. Y después otra. Y otra.

Y volvemos al principio. El socialismo solo tiene un problema: que nunca funciona.

A ver cómo se lo haces entender a miles de políticos que profesan esa fe. Admitir que su mejor servicio a la sociedad sería no hacer nada. Pero eso equivaldría a reconocer que sobran. Y entonces perderían el sueldo, claro. Y entre tu bienestar y su sueldo siempre eligen su sueldo.

¿Realmente tienen, entonces, tan buenas intenciones? Y eso es todo.