Comercio Local

Jesús y Nieves, en la última pescadería de un barrio de Pamplona: “Cuando nos jubilemos se cerrará y adiós"

Jesús Martínez y Nieves Arce en la pescadería Esther de Pamplona. Navarra.com
“Antes hubo en el barrio hasta cinco pescaderías y se han cerrado todas menos la nuestra”, recuerdan. 

Cada mañana, Jesús Martínez Aramendía y Nieves Arce Ochoa vuelven a hacer lo mismo que llevan haciendo media vida en Pamplona: levantar la persiana, preparar el género y atender a una clientela que, en muchos casos, entra en la tienda casi como quien entra en casa. Los dos tienen 62 años y siguen al frente de un negocio que ya forma parte de la memoria cotidiana del barrio. Saben, sin embargo, que la historia no durará mucho más: cuando llegue la jubilación, bajarán la persiana para siempre.

La escena se repite desde hace décadas en Pescadería Esther, en la calle Doctor Gortari, en pleno barrio de San Jorge, en Pamplona. Muy cerca del histórico restaurante la Bella Época y del bar Payvi que ha cumplido una década. El establecimiento abrió en 1970 y ahora se cumplen 56 años desde su puesta en marcha. Desde hace tiempo, además, ya no compite con ninguna otra pescadería del entorno: es la última que sigue abierta en el barrio.

Jesús lo explica con claridad y sin rodeos. “Somos la última pescadería del barrio. Empezó con mi suegra Esther Ochoa, por eso se llama Esther. Nosotros la cogimos en 1988 y hasta ahora”, relata. El nombre del negocio, por tanto, no es casual, sino el reflejo de una historia familiar que ha ido pasando de una generación a otra hasta detenerse en ellos.

Y ahí está precisamente una de las claves de esta pequeña tienda de barrio: no habrá relevo. “Cuando nos jubilemos se cerrará y adiós. No hay relevo”, advierte Jesús. Lo dice con una mezcla de resignación y realismo, después de muchos años detrás del mostrador. A su juicio, continuar con una pescadería así no consiste solo en abrir la puerta y vender pescado. “Nosotros salimos adelante luchando mucho. Si lo coge otro no sabe cómo funciona y le desaparece la mitad de las clientas. Hay que cuidarlas mucho, si no se van”, comenta con una sonrisa.

Porque si algo han construido en todos estos años, además del negocio, ha sido una relación estrecha con sus compradoras de siempre. La fidelidad, en un comercio de estas características, pesa tanto como el producto. Y eso se nota en un barrio donde el pequeño comercio ha ido perdiendo terreno frente a otros hábitos de compra mucho más rápidos y cómodos.

Aun así, Jesús reconoce que sigue encontrando motivos para continuar. “Pero contentos. Me gusta el trabajo. No me importa madrugar. Aguanto bien el frío y ya está”, cuenta con esa naturalidad de quien lleva toda la vida acostumbrado a horarios tempranos y jornadas largas. En su mostrador siguen saliendo sobre todo el gallo, la merluza, el bonito, el bacalao, la lubina, el salmón y las truchas. Antes, recuerda, había más variedad en la demanda. “Antes se vendía más variado y ahora ya no traigo cosas raras”.

Eso no significa que no note el desgaste del tiempo. De hecho, se muestra muy sincero cuando habla del momento en el que se encuentra. “Tengo que seguir porque no queda otra, pero ganas no tengo. Con la edad que tenemos, ¿a dónde vamos a ir?”. En esa frase se resume buena parte de la realidad de muchos pequeños negocios: seguir no siempre responde a la ilusión de los primeros años, sino a la necesidad y al compromiso con una clientela de toda la vida.

Además, Jesús ha visto cómo el mapa comercial de San Jorge ha cambiado por completo. “Antes hubo en el barrio hasta cinco pescaderías y se han cerrado todas menos la nuestra”, recuerda. La comparación sirve para entender mejor lo excepcional de su caso: donde antes había varias opciones, ahora solo queda una persiana levantada.

También han cambiado los compradores. “Aquí seguimos. La gente joven y la de fuera ya no compra en comercios pequeños. Van a la comodidad, a las superficies grandes. Los que entran aquí tienen de 65 años para arriba todas, aunque también viene alguna joven”, explica. La frase retrata no solo a su clientela actual, sino también una forma de consumir que se ha ido apagando poco a poco en muchos barrios.

Pese a todo, cuando mira atrás, el balance no es malo. Más bien al contrario. “He estado muy a gusto. Muy bien con la gente. Tenemos muy buena clientela. Gente muy fiel, pero mucha gente mayor se va a las residencias o fallece y vas perdiendo contacto”, lamenta. En pocas palabras, resume el lado más humano del negocio: detrás de cada venta hay relaciones mantenidas durante años y despedidas silenciosas que también forman parte de la rutina.

La pescadería abre de martes a sábado, de 9 a 14 horas, y ya no abre por las tardes. Aunque el matrimonio vive en Zizur Mayor desde que se casó, en el caso de Nieves el vínculo con el barrio es todavía más directo. “Yo he vivido aquí hasta que me he casado y soy de San Jorge”, subraya.

Ella aporta además la otra mitad de la historia familiar del negocio. “La pescatera oficial es mi madre Esther Ochoa Zúñiga y le ayudaba también mi padre cuando empezaron. La llevaron hasta que nos casamos nosotros y luego tomamos el relevo. Estamos contentos pero con ganas de descansar”, explica. Su testimonio completa el recorrido de una tienda que nació en el seno de la familia y que se ha mantenido viva durante décadas gracias a ese relevo doméstico que ahora, sencillamente, se acaba.

Nieves también deja claro por qué no habrá continuidad. Por un lado, por el cansancio lógico de tantos años de trabajo. Por otro, por las dificultades que arrastra el propio local. “Estamos muy bien y lo único malo de nuestras clientas es que algunas las vamos perdiendo, pero es lo que hay. Por eso cuando nos jubilemos no habrá relevo. De entrada porque estamos fuera de ordenamiento de lo que hoy exige Sanidad”. Según detalla, a ellos les permiten seguir “porque llevamos muchos años”, pero quien quisiera ponerse al frente del negocio tendría que afrontar una reforma de gran envergadura.

Y ahí aparece otro de los problemas que denuncia. “Si lo coge alguien tendría que hacer una reforma terrible y no merece la pena porque tampoco nos ayudan”. A eso suma una queja concreta sobre las condiciones del barrio para el pequeño comercio. “Primero lo de la zona azul, que nos ha hecho polvo. No nos facilitan nada”, protesta.

Así siguen Jesús y Nieves, al frente de la última pescadería de San Jorge, manteniendo abierto un negocio que empezó en 1970, que ellos asumieron en 1988 y que hoy resiste apoyado en la costumbre, el trato cercano y una clientela fiel. El día que ellos se retiren, Pescadería Esther también desaparecerá.