El vecino de más de dos metros que asombró a un pueblo de Navarra y acabó convertido en gigante festivo
Bernabé de Zelaya ha pasado de la memoria oral de Miranda de Arga a convertirse en una de las figuras más singulares del imaginario festivo de Navarra. No ha sido un personaje inventado para la comparsa, ni un rey de cartón piedra, ni una figura mitológica. Ha sido, según la tradición local, un vecino real cuya estatura extraordinaria ha terminado dando forma al conocido Capitán Zelaya.
La historia ha llamado la atención por un motivo evidente: en la Navarra del siglo XIX, cuando la estatura media masculina rondaba aproximadamente entre 1,60 y 1,63 metros, Zelaya habría superado ampliamente los dos metros. Esa diferencia lo convirtió en una presencia difícil de olvidar en las calles, en el ejército y en el recuerdo de su pueblo.
El vecino de Miranda de Arga no ha quedado asociado a una rareza de feria, sino a una figura de autoridad. La tradición lo sitúa como capitán del Ejército, con uniforme militar, porte severo y una presencia que habría provocado respeto y asombro en una época marcada por las Guerras Carlistas.
Su caso resulta especialmente curioso porque otros gigantes históricos, como el famoso Gigante de Alzo, fueron recordados por su exhibición pública como fenómeno físico. En el caso de Zelaya, la memoria popular ha seguido otro camino: el de un militar que ha acabado convertido en símbolo festivo de su localidad.
La comparsa de Miranda de Arga ha mantenido vivo ese recuerdo con una figura que los vecinos conocen como el Capitán Zelaya. El gigante conserva los rasgos asociados al personaje: el uniforme decimonónico, el sable, la actitud castrense y una mirada que remite a ese hombre que, según las crónicas orales, destacaba de forma imponente entre sus contemporáneos.
Lo más llamativo de esta historia no es solo la altura atribuida a Bernabé de Zelaya, sino el modo en que el pueblo ha decidido recordarlo. En muchas localidades navarras, los gigantes representan reyes, personajes moros, figuras cristianas o símbolos de la tradición. En Miranda de Arga, en cambio, uno de sus gigantes remite a un vecino de carne y hueso.
Ese paso de la vida real al cartón piedra ha convertido a Zelaya en un caso singular dentro del folclore navarro. Su figura no nace de una leyenda lejana, sino de una memoria local que ha querido conservar la imagen de un hombre que, por su tamaño y por su oficio, no pasó desapercibido.
La tradición oral ha rodeado al personaje de anécdotas. Se ha dicho que su fuerza era extraordinaria, que podía levantar carros y que su voz imponía en el campo de batalla. Son relatos transmitidos de generación en generación, más cercanos al asombro popular que al documento histórico, pero ayudan a entender por qué su recuerdo ha sobrevivido.
La vida cotidiana de un hombre de más de dos metros en la Navarra rural del siglo XIX también invita a imaginar las dificultades de su día a día. Las puertas, el calzado, la ropa o los espacios comunes estaban pensados para personas mucho más bajas. En ese mundo, Zelaya debió de vivir adaptándose continuamente a medidas que no eran las suyas.
La figura del Capitán Zelaya comparte protagonismo festivo con La Enriqueta, la giganta que acompaña la comparsa local. Su origen aparece como más incierto, pero dentro del imaginario de Miranda de Arga equilibra la presencia del capitán y completa una pareja que sigue formando parte de las fiestas patronales.
Cada vez que el gigante sale a la calle, el pueblo no solo contempla una figura festiva. También revive una historia que conecta el presente con el siglo XIX, con las calles empedradas, con la memoria de las guerras y con un vecino que ha acabado ocupando un lugar propio en la identidad local.
Por eso, la historia de Bernabé de Zelaya sigue despertando fascinación. No habla únicamente de un hombre muy alto. Habla de cómo una comunidad ha convertido a uno de sus vecinos más extraordinarios en símbolo colectivo, hasta lograr que la realidad de Miranda de Arga parezca, todavía hoy, más grande que la ficción.