Carta de Miguel Javier Guelbenzu
La tarde del último lunes de junio, un amigo al que le cedimos nuestra segunda vivienda, un pequeño apartamento ubicado en una conocida localidad mediterránea que dicen que está plagada de navarros, tuvo la desgracia de encontrarse a un personaje instalado en ella. No debía tener mucho espíritu de okupa y sí bastante de cobarde, ya que, en cuanto le vio llegar, huyó despavorido. No le dio tiempo a robar demasiado, pero tuvimos que cambiar la puerta.
Las operaciones para sustituirla fueron una nimiedad si las comparamos con todas las visitas a los diferentes cuerpos policiales, navarros y catalanes, que nos vimos obligados a realizar con el objetivo de poner la correspondiente denuncia.
A primera hora del martes, solo unas horas después del encontronazo con el caco, en la Policía Foral nos enviaron a la Guardia Civil, en la avenida de Galicia, alegando que era el cuerpo apropiado para encargarse de una inspección ocular en nuestro piso. Pero no era el momento apropiado: una agente uniformada nos emplazó a volver al mediodía; en ese momento tenían «un caso muy fuerte».
Solo para que, en una segunda visita, transcurridas un par de horas, la misma guardiesa nos informara de que donde nos deberían atender era en el puesto de Salou, ya que tendrían que enviar a alguien a nuestro domicilio para realizar el atestado.
Obedeciendo sus instrucciones, a las cuatro de la madrugada del miércoles ya estábamos en ruta para llegar pronto a reunirnos con un número en el cuartelillo salouense. Tampoco pudo ser. El asunto de los robos está transferido y lo llevan los Mossos d’Esquadra.
Suponíamos que ya habíamos dado con el cuerpo policial indicado. Pero los Mossos no atienden sin cita previa y, sin ella, no podían dedicarnos unos minutos hasta cinco horas más tarde. Por lo visto, en Cataluña es necesario prever que te van a robar para poder poner una denuncia.
Nos dirigimos a nuestro apartamento para preparar un inventario de lo robado y, tozudos, regresamos a la sede de la policía de la Generalidad. En esta ocasión nos recibió una mossa que nos recordó que hasta dos o tres horas después no podríamos tramitar nada, ya que no teníamos cita previa.
No obstante, esta era mucho más perspicaz que su compañero y nos preguntó si habíamos encontrado huellas dejadas por el delincuente. Como no llevábamos encima el kit de CSI, le ofrecimos todo tipo de residuos, pruebas que el allanador había dejado —botellas, platos de cartón, colillas, etc.—, pero, curiosamente, no le servían para nada.
Las evidencias a la basura y vuelta a Pamplona.
Por fin, el jueves pudimos terminar nuestro periplo. No sin antes pasar por la Policía Foral, donde, pese a que no piden cita previa, no podían ayudarnos, ya que estaban muy ocupados.
Fue en la Policía Nacional, en la calle General Chinchilla, sin esperar un minuto y con un trato exquisito, donde pudimos formalizar la denuncia y concluir nuestra gincana por los diferentes cuerpos de seguridad del Estado. Eso sí, sin que ninguno de ellos se dignara a acudir a nuestro apartamento para atestiguar los hechos.
Qué razón tenía Mariano José de Larra cuando, en 1833, satirizaba la burocracia y la ineficiencia del sistema administrativo de nuestro país con el famoso Vuelva usted mañana: «Y cuando por fin el dichoso mañana llega, nos repiten rotundamente que vuelva usted mañana».
Carta de Miguel Javier Guelbenzu