"El verano no es solo una estación. Es la forma que tiene la vida de recordarnos que, alguna vez, ay, fuimos felices antes de llegar".
Me comentaba ayer un amigo, durante la absurda pausa de hidratación del partido de España, la felicidad que siente cada vez que toma la autopista y empieza a bajar por Navarra. No sabía explicar exactamente el motivo. Con lo que cuesta el peaje, decía, debería darle más bien una mezcla de rabia y ruina. Era entrar en la AP-15, dejar atrás Pamplona, ver abrirse el paisaje hacia el sur, pasado el Carrascal, y notar una alegría física, casi infantil, como si alguien le hubiera encendido las barracas de San Fermín por dentro.
Al final llegamos a la conclusión de que no era ni la carretera ni el paisaje. Era la memoria, una impronta de la infancia que compartimos la mayoría de los pamploneses. Esa autopista fue durante años el camino que todos recorrimos en verano hacia las playas del Mediterráneo. Cada familia tenía su destino, su apartamento, su camping, su hotel de media pensión, su nevera azul, sus bocatas de tortilla de patata envueltos en papel de aluminio y su padre empeñado en salir de madrugada para evitar el calor, como si estuviéramos cruzando España en un horno con ruedas. Muchos coches aún no tenían aire acondicionado. ¿Para qué, si durante el invierno, en el norte, no se usaba?
Yo aún hilé más fino. Para mí el verano no empezaba al cerrar la puerta de casa, ni al terminar el colegio, ni siquiera al ver las maletas en el pasillo antes de que mi padre hiciera el Tetris en el maletero. El verano empezaba más tarde, cuando, pasada la AP-15 y ya dentro de la AP-68, las ruedas del coche pisaban las líneas discontinuas de la carretera y sonaba aquel golpeteo rítmico, seco, hipnótico, como un metrónomo anunciando la libertad. Tac, tac, tac. Ahí empezaban las vacaciones. Antes de Zaragoza ya olía a mar, aunque el mar estuviera todavía lejísimos y lo único que hubiera alrededor fueran secanos, gasolineras, camiones y un sol blanco cayendo sobre los cristales hasta casi derretirlos.
El toro de Osborne de Alfajarín anunciaba la entrada en otra dimensión: el desierto de los Monegros, que en nuestra imaginación infantil era una travesía casi bíblica. Buscábamos, como caravanas de camellos conducidas por tuaregs modernos, el oasis del área de servicio de Lérida. Allí caía el primer granizado de las vacaciones, quizá el mejor del año, porque no sabía solo a limón, a naranja o a hielo, sino a promesa. «Mamá, ¿alquilaremos este año un pedalín en la playa?». Mientras lo bebíamos, veíamos pasar, suspendidos en aquel edificio sobre la autopista como si fuera una nave espacial, coches con familias enteras rumbo a alguna felicidad modesta y perfecta.
No recuerdo un solo verano triste. La tristeza siempre llegaba el último día, cuando había que decir adiós a esos amigos de la playa que parecían destinados a durar para siempre y nunca volvíamos a ver.
Para mí el calor es alegría. Por eso no me sumaré nunca a la campaña anual contra el calor. Ya sé que dormimos peor, que los informativos se llenan de alertas rojas, negras y apocalípticas y que los cansalmas nos anuncian el fin del mundo. Me da igual. El frío mata más. El calor eleva el alma.
El verano tiene algo que ninguna otra estación conserva con tanta fuerza: nos devuelve a la niñez. Nos cambia los horarios, la ropa, la comida, la conversación y hasta la manera de caminar. Durante unas semanas dejamos de ser empleados, contribuyentes y adultos responsables. Volvemos a ser aquel amor de verano que creíamos eterno mientras el sol se dormía despacio sobre el mar. No había móviles ni redes sociales. Aquellas historias terminaban donde acababa la playa. Se quedaron jóvenes para siempre.
El verano no es solo una estación. Es la forma que tiene la vida de recordarnos que, alguna vez, ay, fuimos felices antes de llegar. Y eso es todo.