Cuando el Mundial terminó, la corrupción del PSOE seguía allí
Bueno, toca volver, con la melancolía de cuando se acababa un campamento juvenil y te despedías de los amigos para toda la vida que habías hecho y que ya no ibas a volver a ver nunca.
Volvemos y, cuando despertamos de ganar un Mundial, la corrupción socialista todavía estaba allí.
Durante unos días nos hemos permitido el lujo de olvidar. O de descansar, más bien. Cinco minutos más, por favor, en esta burbuja buena. En esta cama con los sueños infantiles intactos, con una sonrisa. España jugó un fútbol deslumbrante, el mejor del campeonato. Millones de personas —esa mayoría silenciosa que estaba ahí— salieron y salimos a la calle a celebrarlo con una alegría contagiosa y un civismo para presumir. Fuimos un ejemplo dentro y fuera del campo. El mundo nos mira y se ha quedado asombrado de nuestros jugadores y de una afición cantando a Nino Bravo.
Durante unas horas dio gusto mirar el país. Al país se le dio la vuelta, como a una camiseta, y la mayoría silenciosa, la invisible, por una vez tomó el mando. Fue el rostro y el cuerpo desnudo de España, sin trampa.
Parecía que los que mandan habitualmente, esa masa de políticos, sindicatos y organizaciones que viven del cuento, se hubieran tomado unas vacaciones, dejando aparecer una España mejor.
Pero los Mundiales terminan. Se apaga la televisión, se guardan las banderas, uno vuelve al curro y entra en la web del periódico, ya no empezando por la sección de Deportes. Entonces descubre que la realidad ha seguido haciendo su trabajo, como larvas multiplicándose en silencio, mientras nosotros celebrábamos.
No pidieron una tregua porque veintiséis futbolistas estuvieran haciendo felices a millones de personas. Siguieron allí. Al acecho. Camufladas.
Tienen algo de moho. Uno puede marcharse unos días creyendo que la casa queda igual, pero, cuando regresa, descubre que la mancha ha avanzado unos centímetros más por la pared.
Eso es lo verdaderamente desesperante de la corrupción. No solo el dinero que se pierde, ni la confianza que destruye, ni las instituciones que degrada. Lo peor es su capacidad para convertirse en paisaje. Para dejar de escandalizar. Para que terminemos aceptando como normal que cada semana aparezca un nuevo informe, una nueva comparecencia o una nueva explicación que pretende convencernos de que todo es una casualidad. Una nueva sentencia, como la condena del hermano de Sánchez.
Mientras el país celebraba un campeonato inolvidable, aquí seguíamos pendientes de las explicaciones sobre la trama que gira alrededor del PSOE de Santos Cerdán y de las comparecencias obligadas que vuelven a situar al PSN ante preguntas sobre los túneles de Velate, sobre Servinabar…, que no desaparecen porque dejemos de formularlas.
Hay dos Españas muy distintas.
La de quienes trabajan durante años para levantar una copa y la de quienes entienden el poder como un chanchullo, como un atajo para hacerse millonario sin pegar golpe.
La de quienes celebran una victoria sin romper nada y la de quienes rompen la confianza de los ciudadanos cada vez que convierten una institución en una agencia de colocación o una caja registradora.
Quizá por eso este Mundial nos ha emocionado tanto. Porque durante estos días uno ha tenido la sensación de que el mérito todavía importa. Que el marcador no admite enchufes. Que el esfuerzo acaba teniendo recompensa, aunque el árbitro —siempre hay un Conde-Pumpido remando a favor de la causa— anule dos goles en la final de forma muy sospechosa.
Después despertamos.
Los dirigentes que viven de sembrar la discordia entre los ciudadanos todavía estaban allí. Esperándonos. Como si nada hubiera ocurrido.
Pero durante unos días sucedió algo incómodo para ellos. Millones de españoles descubrieron que se puede salir a la calle para abrazarse en vez de para odiarse. Que un país puede reconocerse en una camiseta, en una canción de Nino Bravo y en una bandera sin que nadie tenga que dar consignas.
Nosotros ya hemos visto que España también sabe unirse. Quizá sea lo que más miedo les da. Y eso es todo.